Categoría: La fina matraca

  • Sofonisba

    Como en verano tiene el profesor todo su tiempo para él, se acerca al Museo del Prado siempre que quiere. Allí disfruta de visitas selectivas, dedicando la mañana a contemplar un solo cuadro de tal autor o buscando nada más que cierto detalle —el pliegue de una saya, una cabeza aureolada— de aqueste otro. Hoy ha venido a comprobar una dudosa atribución: el retrato de Felipe II, obra de Alonso Sánchez Coello. Superado el tedioso trámite de entrada, se planta frente al cuadro, pasa un largo rato de pie, sin apenas moverse; de pronto se aleja, lo mira en la distancia, retorna a la posición inicial, se inclina y pega su nariz muy cerca de la capa pictórica. El vigilante de turno, alertado, se levanta de su butaca y lo observa con cierta inquietud, tocándose el pinganillo. La sala está tranquila hasta que irrumpe en ella un grupo de turistas. El profesor se ve rodeado de veinte personas que quieren lo mismo que él, pero no cede su puesto. Por fortuna, la charla del cicerone se hace por medio de un auricular. Es una mujer joven la que va narrando el catálogo, y lo hace en voz baja, casi murmurando. Como se encuentra a su lado, al profesor no le queda otro remedio que escuchar la perorata, que ya le ha sacado, definitivamente, de sus propios pensamientos. Entonces la mujer aborda la cuestión de la autoría, y mete el dedo en la llaga:

    —El cuadro fue atribuido primero a Pantoja de la Cruz y después a Sánchez Coello. Ahora sabemos, por fin, que su verdadera autora fue Sofonisba de Angissola.

    —Disculpe usted, señorita —dice entonces el viejo profesor—, pero esa atribución no está demostrada.

    —¿Y cómo sabe usted eso?

    —Lo sé porque he seguido la pista de esta obra desde que era niño, y a mí nadie me engaña.

    —Pues está usted equivocado. Este retrato fue pintado por una mujer.

    —Váyase a otro con ese cuento.

    —¡Seguridad, seguridad! ¡Esta persona nos está molestando!

    Y el pobre profesor se ve obligado a abandonar la sala, bajo amenaza de salir detenido por la guardia marlaskona. ¡Oh tiempos, oh costumbres, oh triste España, qué poco queda en ti de tu gloria pasada!

    Sofonisba de Anguissola perteneció a la baja nobleza lombarda y vino a la corte madrileña, por capricho del duque de Alba, para servir a Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II. Sofonisba fue una pintora aficionada, incapaz de abordar los grandes géneros en los que se probaba la pericia de un artífice (historia, religión o mitología). Sofonisba nunca regentó un taller profesional, pues los comitentes habituales se hubieran negado a negociar y poner en riesgo sus ducados con una frágil mujer. Eran cosas de la época. Sofonisba de Anguissola, por avatares de la historia, ha devenido en el fetiche de la todopoderosa crítica feminista que, desde hace cuarenta años, ostenta el monopolio de museos, centros de arte, prensa y editoriales. Había que fabricar una figura coetánea que pudiera arrebatar a Teresa de Jesús el rango de mujer culta y luchadora, con los santos ovarios de enfrentarse a los tiránicos poderes varoniles; y ese icono alternativo, humanístico y pagano, adoptó la forma de Sofonisba de Anguissola.

    ¿Por qué razón el retrato de Felipe II fechado en 1573 —la efigie más famosa de nuestro Rey Prudente— fue realizado por Sánchez Coello y no por la azafata de la reina Isabel? La razón es lógica y sencilla; ya que la Imago Regis, esto es, la imagen oficial del monarca, no podía ser confiada a cualquiera. Toda operación de ornato o propaganda estaba en manos del pintor de cámara. Él poseía, digamos, la exclusividad. La tuvo Tiziano con el Emperador, y después Coello con Felipe II, relevado, tras su muerte, por su discípulo Pantoja de la Cruz. Ni siquiera el Greco pudo acceder a la presencia del monarca para retratarlo. Pensemos también que la efigie real estaba destinada a la veneración pública. Su índole era cuasi sacramental. Contenía parte de la esencia inmutable, de origen eterno, de aquel que se sentaba en el trono. El retrato precedía a la aparición del Rey ante la corte, y los súbditos habían de descubrirse frente a la imagen. Su confección, por tanto, no podía encomendarse a una dama de la reina. Se trataba de una trascendental cuestión de Estado.

    El catálogo de Sofonisba ha sido inflado con otras falsas atribuciones, como La dama del armiño, o el Pompeo Leoni del Greco. Pero al viejo profesor nadie lo engaña. Ya es hora de vestir, nuevamente, al Rey desnudo.

  • El fin del bucolismo

    La sierra oeste de Madrid ha sufrido, en los días pasados, un incendio colosal. Los madrileños hemos vivido cinco jornadas de pesadilla, inmersos en el paisaje de El triunfo de la muerte, la famosa tabla pintada por Bruegel el Viejo que se conserva en el Museo del Prado. Una vez sofocadas las llamas, atravesamos ahora una desolación difícil de expresar; nos asomamos a un panorama de campo yermo y arrasado, en el que creemos descubrir las terribles escenas imaginadas por el pintor flamenco. ¿Merecemos los españoles esta danza de la muerte? ¿Merecemos el azote de estos políticos incompetentes, cuyo desgobierno y corruptelas arruinan la nación desde hace décadas? ¿Por qué se repite cada verano la misma catástrofe?

    No existe una única causa que lo explique. El presidente juega con el comodín del cambio climático y anuncia, campanudo, el «pacto por la emergencia climática». Huecos discursos que no van a aportar ninguna solución. Mientras tanto, las distintas administraciones se culpan mutuamente. Los expertos, por su parte, intentan objetivar el problema con algo más de seriedad, y aluden al abandono de una masa arbórea vulnerable, cuyo encendido ha de ocurrir, por accidente o por alguna mala acción, antes o después. Se habla también de un modelo de ocupación del territorio muy distinto del que teníamos hace un siglo. La campiña española ha sufrido un cambio radical que no ha reparado, de Somosierra para abajo, en las condiciones de calor y sequedad extremos que caracterizan nuestro clima en el estío.

    El bosque mediterráneo, en suma, tan distinto de los fabulosos bosques del norte de Europa, ha de ser fiel a su tipología de masa abierta, en forma de dehesa, alternada con claros naturales, zonas de pastizal, cultivos y vías pecuarias (las antiguas cañadas). Los entendidos —ingenieros de monte, geógrafos y geólogos son las voces autorizadas para tratar esta cuestión— han señalado también un factor determinante para la conservación del campo, que las políticas verdes vienen impidiendo en los últimos años: el pastoreo. Una actividad sometida a tan alto grado de control y burocracia que, de manera indefectible, comienza a desaparecer.

    Pues bien: he aquí un elemento que deviene, a mi entender, en clave interpretativa de todo lo que está ocurriendo. Una referencia moral se nos ha quitado de la vista sin darnos cuenta. La figura del pastor ha desaparecido de los alcores castellanos; tampoco lo vemos ya por los cerros levantinos, ni por los oquedales malagueños, ni por los sotos o recuestas asturianos.

    El pastor conduciendo su rebaño fue un icono omnipresente en el paisaje carpetovetónico hasta hace bien poco. Tan importante fue, que alumbró un género literario de gran popularidad durante el Siglo de Oro: la novela pastoril y las églogas garcilasianas. El bucolismo supuso algo más que una moda italianizante, de una artificiosidad tan ajena a nosotros, contemporáneos del metaverso. El bucolismo consiguió dar forma a un mito, el del Pastor, de raigambre platónica, que nos presenta al hombre enamorado, el zagal que se aleja de la vida fingida y engañosa de las ciudades para dedicarse, en estático ensimismamiento, al más puro y desinteresado amor. Suspiran así Elicio y Erastro por la hermosa Galatea (Cervantes pasó toda la vida prometiendo la segunda parte de su primera novela); pero también las Selvagias lamentan el olvido de sus Alanios (La Diana de Jorge de Montemayor fue la más imitada de todas las pastorelas). Junto a estos rasgos ideales del pastor lírico, en nuestra literatura abunda también la figura del rústico cabrero, de trazo más realista y aire cómico, que suele habitar entremeses y sainetes con una gracia sin igual. Y por último, una tercera dimensión del símbolo es aquella de raigambre evangélica, a la que Fray Luis de León dedicó palabras inmortales en Los nombres de Cristo: «Porque si es el oficio del pastor gobernar apacentando, sólo Cristo es pastor verdadero, porque Él solo es, entre todos cuantos gobernaron jamás, el que pudo usar y el que usa de este género de gobierno».

    El fuego destruye nuestros bosques devorando el pasto que se hurta a los rebaños. El pastor, como símbolo del amor más puro, ha desaparecido del paisaje. Y nuestros gobernantes, a diferencia del Divino Pastor, conducen nuestras vidas como lobos encubiertos, sin apacentarnos en las praderas del bien, de la verdad, de la belleza. Y así, los españoles vamos, poco a poco, extinguiéndonos del mapa.

  • El cisma (final)

    El pasado miércoles 1 de julio, una tormenta repentina cubrió de tinieblas el Valle del Ródano, en los Alpes suizos, a las doce del mediodía. Las negras nubes venían cargadas de rayos y truenos, de agua y vientos turbulentos, y todo este conglomerado atmosférico terminó por desplomarse en la pequeña aldea de Écône, allí donde se levanta el seminario fundado por Monseñor Lefebvre.

    Este hecho no tendría nada de particular si no fuera porque, en ese preciso momento, se estaba celebrando una Misa pontifical. Más de quince mil personas abarrotaban la pradera, y una gran carpa cobijaba un precioso altar, en torno al cual se concentraban cientos de sacerdotes, monjas y religiosos. Celebraba Monseñor Galarreta y asistía Fellay, los dos obispos consagrados en 1988 que todavía siguen en la tierra. Todo esto tampoco tendría nada de particular, pero no hace falta explicar lo que estaba ocurriendo allí. Ante la avanzada edad de Galarreta y de Fellay, la Fraternidad de San Pío X necesitaba un relevo. Sin mandato pontificio, cuatro nuevos obispos estaban siendo consagrados en esa mañana del mes de julio.

    Avanzaba la Misa y un espantoso trueno obturó los oídos de los asistentes, cuando el coro entonaba las primeras notas del Sanctus. Su correspondiente rayo extendió un fogonazo de luz cegadora, tan blanca como ningún detergente del mercado podría conseguir. Antes de la comunión, la nube descargó su tromba de agua, mientras la ventisca interfería en los equipos de sonido y el toldo de la carpa amenazaba con rasgarse. Fieles, sacerdotes y religiosos comenzaron entonces a cantar el rosario de la Virgen María, y al cabo de diez minutos la nube se retiró, retornó la luz del sol y un brillante zafiro esmaltó la cúpula celeste de tan bello paisaje alpino.

    En los últimos días, he asistido a todo tipo de interpretaciones de esta teofanía. Voy a reducirlas a tres. Están, en primer lugar, los letrados materialistas que tienen vedada a la divina Providencia su manifestación a través del mundo físico. «¡Cómo va Dios a querer decirnos algo manejando una tormenta, hombre!». Estos enteradillos suelen prolongar su opinión a los relatos evangélicos, entendiendo los milagros de Jesús como preciosas figuras literarias y la resurrección final como una suerte de diacrónica alucinación colectiva. Son los mismos que dicen que Satanás es un símbolo y la sagrada Eucaristía, un mero signo.

    Entre quienes nos atrevemos a dar sentido a esta clase de sucesos —acentuando nuestra cualidad de «visionarios», en la mejor acepción de la palabra—, surgieron en seguida los heraldos de la Iglesia Sinodal, para declarar que aquella nube supuso un castigo de la misma especie que el diluvio del tiempo de Noé. «Lea usted el capítulo siete del Génisis, hombre, y comprenda lo que pasa cuando Dios desata las fuentes del abismo y decide abrir las compuertas del cielo». Pero yo no vi que hicieran falta arcas ni galeras ni balandros para salvar del diluvio a las gentes que llenaban la pradera de Écône. Me parece que esta exégesis adolece de inexactitud. Dios puede hablar a través de cuarenta días y cuarenta noches de lluvia persistente; puede hacerlo por medio de una tormenta ocasional o de una brisa suave y traviesa, como esa de ayer mismo, en el acantilado de Lampedusa, que sustrajo de la coronilla de Prevost el blanco solideo. Sirviéndose de estos elementos naturales, la voz del Señor sabe ser exacta y precisa. Un católico que reza, que se esfuerza cada día por desentrañar la voluntad de Dios, ha de tener despierto el ojo del espíritu para captar al vuelo tales acontecimientos. Hay momentos en la historia —y estamos viviendo uno de ellos— en que Dios decide manifestarse con la intención de avisarnos sobre la gravedad y trascendencia de ciertos hechos.

    ¿Acaso hemos olvidado ya lo que sucedió en Roma el 11 de febrero de 2013? Benedicto XVI acababa de renunciar a su pontificado, y esa noche un rayo quedó impreso en el cielo, prendido de la aguja de la basílica de San Pedro. El posterior reinado de Bergoglio justificó ese gesto tremendo, desmesurado, proverbial, con el que Dios trataba de decirnos algo. Una tercera lectura de la tormenta de Écône —de la que soy partidario— entiende que Dios hizo sonar su voz para avisarnos del grave daño de división causado por el modernismo. Sus errores han creado una confusión tan grande, que la barca de la Iglesia ha terminado de quebrarse. Muchos no se dan cuenta, pero al fin ha sucedido.

  • La corbata

    El presidente del gobierno ha llegado sin corbata a la última sesión de control en el Congreso. Al presidente se le ve más ajado que nunca, con los mofletes hundidos, el arco cigomático sobresaliente y la piel luciendo ese lustre de rana tropical que da repelús verlo. ¿Qué podrá preocupar al señor presidente? Él presume de honradez en la tribuna. Los jueces fachas tienen acorralado a su partido; también a su gobierno y a su entorno. La oposición pone el grito en el cielo. La ultraderecha afila el dardo en la palabra, que diría Lázaro Carreter. Pero el presidente no da crédito a esta encerrona, y así, como si quisiera desahogarse, se ha personado en el hemiciclo con el cuello de la camisa abierto.

    ¿Habrá sido consciente de este gesto? Estoy seguro de que sí, de manera que no se trataría de una acción espontánea sino, más bien, de una estrategia ideada por alguno de sus setecientos consejeros. Un ardid para que, en este preciso instante, estemos hablando de su cuello desabrochado y olvidemos el ajuar de Zapatero, la cátedra de su esposa, el despacho invisible de su hermano, la cárcel de sus secretarios generales, la cárcel de su vicepresidente, la trena de su gorila Koldo, las cloacas de Ferraz y todas las coacciones, todos los chantajes para apartar de su cometido a los agentes de la UCO.

    Nuestra nación es rehén de una organización criminal que ha tomado la Moncloa. A la luz de esta terrible situación, por primera vez en la historia, un presidente del gobierno sube a la tribuna sin corbata. He aquí un signo del final de los tiempos; una señal apocalíptica; una fanfarria que anuncia la hora postrera del Régimen de 1978.

    Pero no nos engañemos: Pedro Sánchez no es un nuevo desharrapado. Sus sueños revolucionarios no coinciden con la masa sudorosa de los «sans-culottes» trabajadores; a él lo que le gusta es la casaca de fina seda de Maximilien Robespierre. Entre las dos figuras existen diferencias y concordancias. Sánchez y Robespierre se asemejan en el fanatismo, en el carácter visionario que los va alejando de la realidad conforme ésta deja de ajustarse a sus deseos y aspiraciones. Comparten también un ramalazo intransigente y una tendencia a la autocracia totalmente incompatibles con la quincalla filantrópica (democrática, diríamos hoy) que van vendiendo a su audiencia. Y siempre, al caer esta máscara —antes o después—, ha de ocurrir que rueden su cabezas. Los dos proceden también de la burguesía revolucionaria, aunque el francés nació en el seno de familia de juristas, de quienes heredó un oficio que supo desempeñar con altura y brillantez; mientras que el español viene del hampa de los prostíbulos, donde aprendió el rudo arte del chantaje, la estafa y la extorsión.

    Al quitarse la corbata, Pedro Sánchez ha acentuado ese aspecto de hombre acorralado que el pueblo viene observando desde hace tiempo; ha evidenciado su derrota de cazador cazado, sin saber cómo sacudirse de encima a su propia víctima que, convertida en depredador, se abalanza sobre él con ansias de justicia. Y ante todo ha traicionado a su modelo. Porque el ciudadano Robespierre nunca hubiera consentido faltar al decoro. El Incorruptible depositó su cuello en el orificio de la guillotina sin renunciar a su peluca empolvada ni, mucho menos aún, a su corbata de rico encaje. Y parece como si, en este tramo final de su peliplo político, nuestro presidente estuviera perdiendo la compostura hasta el extremo de prescindir de ese trozo de tela que distingue a los caballeros de los villanos.

    El presidente del gobierno está sufriendo lo que un mártir de Barrabás, y esto se nota en el lustre de la piel y en la traza de querer despojarse del apéndice de seda, el único elemento del traje masculino que no sirve para nada, si no es para adornar nuestra pechera y añadir una nota de color a la sobriedad del paño. Y ahora pienso yo, para ir dando fin a este monólogo, en lo que hubiera pasado si el Duque de Lerma se presentara un día a despachar con su planetaria Majestad, olvidando en el gabinete su cuello de lechuguilla. Un valido con el jubón abierto —por muy Grande de España que fuera— habría dado con sus huesos en galeras. Entonces eran otros tiempos.

  • El cisma (III)

    La escisión que las autoridades romanas van a protagonizar el próximo 1 de julio, arrastrando a la llamada Iglesia Sinodal hasta el abismo de las tinieblas exteriores, tiene un convidado de piedra, un actor aposentado en palco preferente, que disfruta de la tragedia sin participar en ella, con aire de altivo cortesano y rictus desdeñoso. Me refiero a los institutos tradicionales que antaño fueron agrupados en la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, un corralito creado por Juan Pablo II para controlar a los sacerdotes, seminaristas y comunidades religiosas que, antes de las consagraciones de 1988, se encontraban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por Monseñor Lefebvre. La Comisión fue disuelta por Francisco en 2019, y los susodichos pasaron a depender del Dicasterio para la Defensa de la Fe. Cuando se hizo público el motu Traditionis Custodes en el año 2021, restringiendo con dureza y severidad la práctica del Vetus Ordo y abrogando el otro motu de Benedicto XVI, Summorum Pontificum, que había liberado el rito romano tradicional, estos grupos se inquietaron un tanto, pero cosa de poco. Ellos forman una disidencia perfectamente controlada, que se sirve de la esperanza en Dios para sedar y paralizar al católico perplejo que abre sus ojos a la crisis y se revuelve en su escaño. Por encima de su cabeza, empero, cuelga una espada de Damocles que, tarde o temprano, caerá sobre su cerviz. Ellos semejan no darse cuenta, y se contentan con el disfrute de su áulico privilegio —la celebración de los ritos tradicionales—, al tiempo que cumplen la función para la cual fueron admitidos en la «plena comunión»: servir de obstáculo a una reacción contra los enemigos de la Iglesia que, instalados en lo más alto, tratan de demoler la doctrina católica.

    Cuando uno visita un templo regido por clérigos de estos institutos, experimenta la ilusión de un viaje en el tiempo. Todo es aquí como en la época anterior al Vaticano II. El altar mayor se encuentra unido a algún portentoso retablo, y no falta en él ninguno de los elementos indispensables: gradas, sagrario con su velo, la cruz en el medio, las seis candelas, las tres sacras y un rico antipendio de costoso damasco para las solemnidades. Allí tiene lugar una liturgia tan perfecta como aquella que desempeñan los ángeles del cielo para dar gloria a Dios delante de su trono. Y si algún despistado pide la comunión en la mano, se la niegan con severa cortesía. Desde el ambón se predica la ortodoxia, y el fiel agradece ese remanso de doctrina segura, esas aguas tranquilas donde olvidar las lejanas tempestades que zarandean la nave de la Iglesia. Porque tal realidad no existe en el interior de esta bahía. La borrasca que ha provocado eso que llamamos «estado de necesidad» es nada más que una desviación ocasional —explican ellos—, una mala lectura del Concilio que el paso del tiempo irá corrigiendo.

    Después, cuando uno se acerca a conversar con alguno de estos sacerdotes, los de la otrora Ecclesia Dei, descubre ante sí a un reverendo de alto copete. Sotana de buen paño, fajín con tafetán de delicado moaré, zapatos de piel brillante, gruesa dulleta en los inviernos, esclavina en el estío para ocultar la sudoracion del ala y bonete con que cubrir la testa en las mejores ocasiones. El preste reza su breviario y conoce de memoria muchos artículos de la Suma Teológica. Las próximas consagraciones del 1 de julio, sin embargo, lo entristecen sobremanera, y teme que una situación más evidente de apostasía por parte de las autoridades romanas ponga en peligro sus privilegios y haga tambalear su «plena comunión». No conviene separar el trigo de la cizaña, la Fraternidad de San Pío X debería retornar a la postura sumisa y conciliadora adoptada desde tiempos de Benedicto XVI, cuando se suprimeron las excomuniones. Y si uno le insiste en la necesidad de clarificar el combate contra la secta vaticanosegundista, entonces el clérigo desata su santa ira y carga contra el fiel y contra la obra del obispo Lefebvre (de la cual procede), acusándolos a todos de desobedientes, rebeldes, locos, iluminados y, finalmente, de cismáticos insensatos.

    Los institutos y comunidades religiosas de la antigua Ecclesia Dei enmudecen ante las tropelías que socavan los cimientos de la Iglesia Católica. Su silencio ha sido comprado por los últimos ocupantes de la sede petrina, de la peor manera posible: usando la liturgia, el venerable rito romano tradicional, como moneda de cambio.

  • La doncella de Alcabón

    Camino de Torrijos, me detengo en Alcabón. Es el último pueblo de la comarca que aún desconozco. Quizá me trajeran de niño alguna vez, pero no guardo ningún recuerdo. Aparco en la plaza del Ayuntamiento, atraído por la imponente parroquial que se destaca al fondo, en la varga de la calle mayor. Me da tiempo a sacar una sola foto con el paraguas abierto, porque un capote de nubes plomizas ha comenzado a descargar fuerte tromba de agua. Cae un rayo y después suena un trueno seco, con fragor de pedruscos que chocaran de repente. Siento los pies calados, así que busco refugio en el bar más concurrido de la plaza. Le pido un café con leche al tabernero, un café caliente que me va entonando poco a poco, mientras departo con él a intervalos, cuando sus tareas le dejan un respiro.

    —Buena fábrica tienen ustedes en la iglesia —le digo.

    —La pena es que ahora no va usted a poder verla por dentro. Hasta la tarde no abre el sacristán.

    —¿Cuál es el santo titular del pueblo?

    —Santo Tomás de Cantuariense —dice con orgullo, y pone dos botellines a dos lugareños que acaban de llegar, todavía más empapados que yo.

    —No conozco a ese santo.

    —Sí, hombre, sí. Ese que era de Cantérbury.

    —Ah, ¿santo Tomás Becket?

    —El mismo. ¡Hay que verlo en su retablo!

    —¿Y sabe usted si la iglesia se salvó de los rojos, en el treinta y seis?

    —Aquí no hubo desmanes ni sacrilegios, porque don Jesús Alía, un cura muy santo que murió un poco antes de la guerra, aplacó la lucha de clases.

    Julián, el tabernero, entra en la trastienda y vuelve con dos raciones de pinchos morunos, grasientos y humeantes, que coloca al lado de los dos botellines. Su señora sale de la cocina y echa un vistazo al panorama, con los brazos en jarra. Luego retorna adentro y el marido me dice, mirando de reojo al quicio de la puerta, como si temiera verla de nuevo aparecer:

    —Lo más notable de Alcabón es la historia de Petra Corral.

    —¿Y quién es ella?

    —Una muchacha que vivió en el pueblo, de cuando los franceses fueron derrotados en Talavera.

    —¿Una labradora? —pregunto lleno de interés— . ¿O una noble doncella?

    —Era hija de un humilde paisano. Decían que muy guapa, rubia y lustrosa como un lucero del cielo.

    —¿Y qué pasó con ella?

    —¿Pues qué va a pasar? Que algunos de la tropa entraron a buscarla para llevarla al huerto. La moza tenía fama en toda la comarca, aunque era muy honesta, eso sí. En el pueblo no quedaba nadie después de un saqueo general. La gente tenía mucho miedo de los fusileros, ¿sabe usted? ¡Hacían todo tipo de barbaridades!

    Julián es un tabernero muy íntegro, amable y servicial; se vuelca con su clientela. Le gusta la gente y disfruta conversando. No es hombre de profundas lecturas, él mismo presume de pocas letras; pero habla un ejemplar castellano y al término de tantos años acodado en esta barra, asistiendo cada día a una rica comedia humana, su mente ha forjado unos resortes de hábil narrador que ya quisiera uno para sí.

    —La chica huyó con sus padres —sigue contando— a una finca que había en Villaseca, cerca de Maqueda. Pero los soldados dieron con ella y trataron de forzarla.

    —¿Y hubo resistencia?

    —Hasta la muerte, sí señor. Su padre la enterró unos días después, en pleno campo, y colocó unas azucenas en sus manos. Y la tierra se llenaba de flores blancas cada primavera.

    —Así que Alcabón tiene dos buenos patronos. El Cantuariense, que murió defendiendo el honor de Dios, y Petra Corral, que hizo lo mismo con el honor de su cuerpo, templo del Espíritu divino.

    —Será lo que usted diga, señor.

    Me despido de Julián y, al salir, habiendo escampado el cielo, un arco iridiscente anuncia sus presagios. Y viene después, cuando retomo el camino, un olor a tierra fértil y a campo verdecido que me hace vislumbrar la primera sepultura de Petra Corral, en el corazón de este llano, repleta de blancas azucenas milagrosas.

  • El cisma (II)

    La Misa católica se salvó gracias a Monseñor Marcel Lefebvre. Decimos católica en contraposición al rito impuesto por Pablo VI a comienzos de 1970. Un nuevo misal que hacía todo nuevo: desde la organización de los muebles del presbiterio hasta la creación de dudosas plegarias eucarísticas, sacadas de la manga. El Novus Ordo se planifició cuidadosamente, con el propósito de eliminar de la Misa todo aquello que pudiera ofender a los cismáticos protestantes (ahora llamados «hermanos» por aquiescencia de la nueva teología, esa que emanó del Concilio Vaticano II intentando adaptar la Iglesia al mundo). Como se ve, todo nuevo, muy nuevo, hasta el extremo de desatar en la base misma de los fieles una desconfianza —a veces rayana en el odio— hacia todo aquello que entronque con el depósito de la Tradición.

    Monseñor Lefebvre no era un don nadie, mucho menos un tarado o un ególatra ávido de protagonismo. Vivió pobremente toda su vida, y el papel de portavoz de las escasas huestes que resistieron la revolución modernista detro de la Iglesia; dicha actuación le fue del todo sobrevenida. Llegó a ser delegado apostólico de Pío XII para el África francesa. Juan XXIII restringió sus funciones diplomáticas y lo nombró obispo de la pequeña diócesis de Tulle en Francia. En este tiempo, fue elegido Superior general de la Congregación del Espíritu Santo, a la que pertenecía desde sus primeros años de sacerdocio. Con el Concilio en perspectiva —un acontecimiento que, de primeras, fue bien recibido por el prelado francés—, el Papa lo nombró asistente al Trono pontificio y miembro de la Comisión Central preparatoria. Lefebvre tuvo una activa participación como padre conciliar, acaudillando el grupo más combativo contra el avance de los teólogos erráticos. Con la nueva misa ya creada, fundó el seminario de Friburgo y la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X a petición de muchos aspirantes al sacerdocio que huían de las cátedras donde se enseñaba una filosofía contraria al ser y una teología sin Dios, que minaba los principios mismos de la Revelación. Viendo que su vida se acababa, en 1988 hubo de consagrar cuatro obispos sin el permiso de Roma. Era la única manera de presevar su obra. Las consagraciones le valieron una injusta excomunión, levantada décadas después por Benedicto XVI. Y todo parece indicar que este mes de julio, al cabo de treinta y cinco años de su muerte, la misma situación volverá a repetirse.

    La Fraternidad Sacerdotal de San Pío X no es sedevacantista. Los lefebvrianos tratan por todos lo medios de ser fieles a la autoridad del Papa, aunque no puedan obedecerlo. Esta imposibilidad aporta un dramatismo muy atrayente a su apostolado por todo el mundo (la Fraternidad cuenta hoy con más de setecientos sacerdotes y es, por ello, la fuerza más numerosa dentro de las filas de la Tradición). «Quisiéramos obedecer —suelen repetir—, pero no podemos hacerlo».

    Ante la avanzada edad de dos de los cuatro obispos de 1988 que aún siguen vivos, la Fraternidad ha decidido consagrar nuevamente. Don Davide Pagliarani, el superior general, ha venido solicitando audiencia con el Papa León desde su elección hace más de un año, pero no ha sido atendido. Quien sí les recibió el pasado 12 de febrero fue el cardenal Tucho Fernández, sin proponer ninguna solución. Y es que Roma ha colocado la pistola encima de la mesa: no habrá acuerdo práctico (regularización canónica) si antes no se llega a un acuerdo doctrinal. Esto significa que la Fraternidad debe aceptar las insólitas orientaciones que la Iglesia ha adoptado desde el Concilio. Debe asumir el falso ecumenismo, en su versión más tóxica, formulada por Bergoglio, según la cual el pluralismo de religiones es algo querido por la Sabiduría de Dios. Y debe admitir la validez y legitimidad de la misa nueva.

    Los mentideros han aireado recientemente que el Santo Oficio (hoy DDF) ya tiene preparada la excomunión Latae Sententiae, un hecho que ahondaría la brecha abierta hace cuarenta años y confirmaría el cisma de las autoridades romanas respecto de la legítima línea sucesoria de los prelados Lefebvre y Castro Mayer. Mientras tanto, el pasado lunes, León XIV recibió en los salones del Palacio Apostólico a una señora vestida de obispo que dice ser cabeza de la Iglesia Anglicana. Hubo regalitos, cortesía, mutuas bendiciones, sueños de unidad y ni una sola mención al pecado del rey Enrique.

  • Los días y sus libros

    El Día del Libro, para un irredento bibliómano, no significa nada, pues todos sus días están llenos de libros, todas sus hora se pasan entre libros y todos sus sueños desembocan en una biblioteca repleta, colmada, abarrotada de libros.

    Otra cosa es la efeméride, la fecha, el aciago 23 de abril de 1616. Una conmemoración cada vez más devaluada, por mor de lo poco que Cervantes interesa al común de los españoles. Si el Príncipe de los ingenios hubiera podido vivir diez años más, habría tenido tiempo de acabar Las semanas del jardín y la segunda parte de La Galatea, así como el Bernardo, obras todas ellas prometidas en su dedicatoria del Persiles al conde de Lemos, que escribiera «puesto ya el pie en el estribo», tres días antes de su fallecimiento. Pero pocos somos quienes lamentamos el paso al otro mundo del autor del Quijote, y menos aún quienes celebran el fruto de sus sesenta y nueve primaveras. ¿Dónde están sus comedias en los teatros nacionales? ¿Dónde los entremeses en los tablados populares? A excepción de reducidos círculos académicos, a Cervantes ni se le lee ni se le estudia y apenas si se le conoce. Y esta fecha del 23 de abril —tildada con el apelativo más general de Día del Libro— es nada más que un día cualquiera de la larga lista de días conmemorativos, al mismo nivel que el Día de los Pingüinos o el de la Madre Tierra.

    Volvamos, no obstante, a los libros, porque el mayo madrileño trae aparejada la Feria del libro antiguo y de ocasión, que se inaugura el próximo 30 de abril y va a durar hasta el 17 de mayo. Evento que tiene su prolongación en la Feria del Retiro, ya más convencional, pero igual de tentadora.

    El amante de los libros dispone, pues, de mes y medio para merodear a su antojo entre casetas y casetas colmadas de volúmenes ¿Existe mayor felicidad? Y sin embargo, estos libreros que salen a las ferias y montan su tinglado no son el auténtico «bouquiniste», que llaman los franceses. El genuino librero de puesto es aquel que pasa el año entero a la intemperie, como hacen los vendedores de los quioscos verdes a la orilla del Sena. Una librería estable tiene algo de cueva geológica, con sus nichos y corredores; mientras que un puesto de libros semeja más bien un carromato de buhonero.

    Para conocer a esta rara especie de los libreros de puesto, no hace falta viajar hasta la capital de Francia. Basta con darse un garbeo por la Cuesta de Moyano de Madrid. Las casetas de la Cuesta, que el año pasado cumplieron un siglo, son las más peculiares del mundo. Tienen su parte de cueva y su lado de libresca quincallería. Y luego está ese realce que da la pendiente, ese privilegio de empinada costanera al amparo de las grandes copas del Botánico, que retarda el paso del merodeador cuando se coge desde el Prado, imantando sus pisadas, imprimiendo un ritmo dulcemente pesado. El esfuerzo de subir acelera todavía más el corazón del visitante, y añade un júbilo exaltado al placer intrínseco de buscar entre pilas y ristras de libros.

    No posee el castellano un término equivalente al «bouquineur» francés. El curioso, el paseante, el buquinista… Prefiero llamarlo el «hurgón», el fisgador que deambula de puesto en puesto, el que revuelve los libros que colman los cajones, repasando los lomos multiformes, abriendo este ejemplar, dejándose embriagar por el aroma a papel cetrino. Rancios grabados y legajos, volúmenes singulares, obras completas, ediciones príncipe, ejemplares intonsos: el cuerpo del bibliómano produce una chispa especial en este ambiente, una energía que moviliza todo su sistema sensitivo. Tocar, mirar, oler los libros; incluso escuchar —leyendo ya— el sonido de las palabras que bullen entre las páginas.

    El placer de rondar los puestos, en fin, está entre los más costosos de esta vida, pues el que ama desea poseer y entonces llega el momento de atender a la pecunia. El verdadero librero de caseta está abierto al regateo, y este otro aspecto no forma parte del placer; es más bien un arte que hay que saber desempeñar. Y de sobra conoce el hurgón que a un chamarilero de los libros nadie lo engaña. Porque tampoco él estafa al personal.

    —¿Quiere usted estos tres?

    —Los quiero, pero sólo llevo veinte.

    —Pues venga.

    Y se cierra el trato de común acuerdo. Así compró Cervantes, más o menos, el cartapacio de Cide Hamete Benengeli, con el que pudo completar su famosa historia.

  • El viaje a la Luna

    La misión Artemisa II ha ido a la Luna, ha dado la vuelta por su cara oculta y ha regresado a la Tierra. Nunca antes ningún ser humano se había alejado tanto del planeta (que sepamos). Y todo ello en el módico tiempo de diez días. Teniendo en cuenta que Elcano regresó de la primera vuelta al mundo al cabo de tres años, parece que nuestra exploración de los cielos progresa a buen ritmo.

    Reconozco que de niño se me atrevasaba un poco la lectura de Julio Verne. Al desconocer su obra profética, estaba yo convencido de que el primero en pisar la Luna había sido Tintín. Entonces mis hermanas pusieron a mi alcance un libro divulgativo sobre el Apolo XI. Las fotografías me enseñaron una realidad menos atractiva que las viñetas de mi gran héroe: la nave, los tripulantes o el paisaje lunar me decepcionaron por completo. Entendía que el cohete inventado por el profesor Tornasol era un artilugio más bello y poderoso que aquel amasijo de planchas metálicas y papel de plata. Y no acababa de comprender muy bien por qué tuvo que ir deshaciéndose el invento hasta quedar reducido al módulo de pilotaje. El cohete tintinesco, con su elegante cromado rojiblanco, se posaba en la Luna tal cual había salido de la Tierra, y regresaba intacto habiendo cobijado en su interior a la cuadrilla entera de personajes (incluidos los dos ineptos agentes de la Interpol).

    Tintín no encontró vida extraterrestre en su aventura, pero quien sí se topó con seres numinosos fue Cyrano de Bergerac en su Historia cómica de los Estados e imperios de la Luna. Cyrano trata de demostrar que «la Luna es un mundo» e imagina un satélite muy distinto al que nos han mostrado las fotografías tomadas por la Artemisa. El paisaje lunar, en la franja que el autor llega a conocer, está formado por un gran bosque de naturaleza maravillosa, atravesado por cuatro ríos que nutren un apacible lago en su centro. El lugar resulta tan ameno y placentero, que el autor no duda en situar allí el Paraíso original. Por sus sendas transitan seres grotescos de doce pies, incapaces de erguir la cabeza; pero también criaturas de belleza turbadora. Cyrano se cruza con un demonio que proviene del Sol, cuya inteligencia superior ha servido de enseñanza a ilustres pensadores como Sócrates o Catón, en periódicas epifanías dentro de la Tierra.

    Estos fantásticos viajes y los más reales que inauguró el Apolo XI responden al viejo sueño humano de acariciar la piel de la hermosa Diana. Y es que el satélite tiene algo de femenino y su luz plateada nos atrae con el encanto de una mujer fatal. ¿Pero acaso el salto a la Luna no supone una audacia cercana al sacrilegio? ¿No seremos como ese niño impulsivo que, fascinado por la ilusión de un precioso guiñol, quebranta la barrera del escenario, alza las manos y agarra las marionetas para darse de bruces contra el armatoste de trapo y cartón piedra?

    La Luna ha sido objeto del amor de los poetas durante siglos y siglos. La Luna es también señora de los flujos, dominadora de las mareas. El que se acerca a ella y pisa su piel de pergamino rompe, de alguna manera, el hechizo de la reina de los cielos. Ella es una virgen soberbia y recelosa, taimada en sus ocultamientos, pues crece cuando dibuja la panza de la D y decrece cuando adopta el arco de la C. Por eso no existe peor fechoría que la de brincar en un cohete y acabar por sacarle un ojo de la cara —como imaginó, con poética ironía, Georges Méliès, otro de esos grandes profetas selenitas—.

    El viaje a la Luna es una invitación a conocer el trampantojo de los cielos. Y lo cierto es que el astro tiene su mejor aspecto cuando lo contemplamos desde las moradas terrestres «De noche la redonda luna dícenos / de cómo alienta el sol bajo la tierra, / y así tu luz: pues eres testimonio / Tú el único de Dios, y en esta noche / sólo por Ti se llega al Padre Eterno», le canta Miguel de Unamuno al Cristo de Velázquez.

  • La implosión de los museos nacionales

    La vicepresidente de las regiones vascas ha vuelto a pedir el Guernica. Acercar el cuadro a la villa de los fueros es un viejo sueño del separatismo, varias veces denegado por el gobierno central. Ahora que se avecinan los aniversarios del Estatuto vasco y del bombardeo de abril del 37, batasunos y peneuvistas aumentan su presión. La dirección del Museo Reina Sofía ha justificado la negativa alegando razones técnicas. Un aspecto que resulta crucial, cuando recordamos los problemas de conservación que ha presentado la obra desde los tiempos del MOMA neoyorquino. La debilidad del gobierno de Pedro Sánchez apoyado, entre otros muchos enemigos de la patria española, por los herederos de la ETA y los hijos de Sabino Arana augura una probable cesión que dejaría abierta la posibilidad de que el Guernica se guardara, por los siglos de los siglos, en tierras vizcaínas.

    Pero la colección permanente del Museo Reina Sofía de Madrid tiene al Guernica como obra estelar. Sustraerlo de este emplazamiento, al que fue destinado por voluntad del pintor, mermaría significativamente la más valiosa colección de arte moderno y contemporáneo español, que tan bien complementa al Museo del Prado y que, junto al Thyssen Bornemisza y al Museo de Bellas Artes de la Academia de San Fernando, situado en la calle Alcalá, convierten a la capital de España en un foco de referencia internacional para el conocimiento del arte de la Pintura.

    El sanchismo, sin embargo, está empeñado en dividir y disgregar, y no hay nada más dañino para un museo que la dispersión de su tesoro. El ministro Urtasun impulsa, en primer lugar, las devoluciones. Usa como pretexto las leyes de Memoria y se centra en las obras incautadas durante la Guerra Civil. El año pasado, Cultura devolvió siete cuadros (dos de ellos catalogados en el Prado) a la familia de Pedro Rico, el primer alcalde republicano de Madrid. La expropiación fue llevada a cabo en 1938 por la Agrupación Socialista Madrileña, siguiendo instrucciones de la Junta del Tesoro Artístico de la República.

    Este tipo de dinámicas resultan peligrosas porque pueden acabar arruinando los grandes museos nacionales, siendo el Prado el más querido por nosotros, los españoles. ¿Y acaso no se trata de eso? Existe también un proyecto aún más ambicioso. Se titula «Prado extendido» y consiste en practicar una política de préstamos y depósitos por toda la geografía española.

    Desatomizar el Museo del Prado, dispersar sus colecciones, regalando o prestando pinturas de valor incalculable, arriesgando en los traslados tan frágiles objetos; todo ello se nos antoja perverso e interesado. El tesón por restituir, no obstante, viene de antes. En 2011 el Prado devolvió al Monasterio de El Paular la serie completa de las escenas cartujanas de Vicente Carducho. Los cincuenta y dos lienzos fueron arrancados del claustro durante la desamortización y acabaron en el Museo de la Trinidad, que surtió al Prado de la mayor parte de su pintura religiosa del Siglo de Oro. Con lo cual, si esta práctica prospera y continúa la reposición de retablos en su emplazamiento originario, el Museo del Prado corre el riesgo de vaciarse.

    Los grandes museos nacionales han atesorado sus fondos por medio, muchas veces, del espolio y la rapiña. Basta con que uno se asome al Louvre de Napoleón o al British Museum del general Wellington. Está en la esencia del coleccionismo el afán de acumular, el deseo de nutrir las cámaras, de llenar vitrinas y cubrir paredes. El ansia de incrementar ciega, con frecuencia, al coleccionista: ya se trate de reyes, prelados o gerifaltes, que no dudan en abusar de su poder cuando hace falta. El coleccionista es siempre un fetichista y adolece de extrañas patologías. Una vez completado el museo, empero, poco le importa al visitante la licitud de aquel tesoro que tanto placer le suministra.

    Una sala de museo tiene algo de bazar (el arte es mercancía) y mucho de templo (la distancia entre la obra y su contemplador confiere el aura a los objetos y hace posible la experiencia estética). Los principios de acumulación y heterogeneidad están en la base de la institución museística. Quien busque adelgazar sus colecciones estará atentando contra dicho principio. Amontonar, ordenar y preservar ha de ser la norma. Nunca disgregar. Y menos todavía ir regalando.