Categoría: La fina matraca

  • La doncella de Alcabón

    Camino de Torrijos, me detengo en Alcabón. Es el último pueblo de la comarca que aún desconozco. Quizá me trajeran de niño alguna vez, pero no guardo ningún recuerdo. Aparco en la plaza del Ayuntamiento, atraído por la imponente parroquial que se destaca al fondo, en la varga de la calle mayor. Me da tiempo a sacar una sola foto con el paraguas abierto, porque un capote de nubes plomizas ha comenzado a descargar fuerte tromba de agua. Cae un rayo y después suena un trueno seco, con fragor de pedruscos que chocaran de repente. Siento los pies calados, así que busco refugio en el bar más concurrido de la plaza. Le pido un café con leche al tabernero, un café caliente que me va entonando poco a poco, mientras departo con él a intervalos, cuando sus tareas le dejan un respiro.

    —Buena fábrica tienen ustedes en la iglesia —le digo.

    —La pena es que ahora no va usted a poder verla por dentro. Hasta la tarde no abre el sacristán.

    —¿Cuál es el santo titular del pueblo?

    —Santo Tomás de Cantuariense —dice con orgullo, y pone dos botellines a dos lugareños que acaban de llegar, todavía más empapados que yo.

    —No conozco a ese santo.

    —Sí, hombre, sí. Ese que era de Cantérbury.

    —Ah, ¿santo Tomás Becket?

    —El mismo. ¡Hay que verlo en su retablo!

    —¿Y sabe usted si la iglesia se salvó de los rojos, en el treinta y seis?

    —Aquí no hubo desmanes ni sacrilegios, porque don Jesús Alía, un cura muy santo que murió un poco antes de la guerra, aplacó la lucha de clases.

    Julián, el tabernero, entra en la trastienda y vuelve con dos raciones de pinchos morunos, grasientos y humeantes, que coloca al lado de los dos botellines. Su señora sale de la cocina y echa un vistazo al panorama, con los brazos en jarra. Luego retorna adentro y el marido me dice, mirando de reojo al quicio de la puerta, como si temiera verla de nuevo aparecer:

    —Lo más notable de Alcabón es la historia de Petra Corral.

    —¿Y quién es ella?

    —Una muchacha que vivió en el pueblo, de cuando los franceses fueron derrotados en Talavera.

    —¿Una labradora? —pregunto lleno de interés— . ¿O una noble doncella?

    —Era hija de un humilde paisano. Decían que muy guapa, rubia y lustrosa como un lucero del cielo.

    —¿Y qué pasó con ella?

    —¿Pues qué va a pasar? Que algunos de la tropa entraron a buscarla para llevarla al huerto. La moza tenía fama en toda la comarca, aunque era muy honesta, eso sí. En el pueblo no quedaba nadie después de un saqueo general. La gente tenía mucho miedo de los fusileros, ¿sabe usted? ¡Hacían todo tipo de barbaridades!

    Julián es un tabernero muy íntegro, amable y servicial; se vuelca con su clientela. Le gusta la gente y disfruta conversando. No es hombre de profundas lecturas, él mismo presume de pocas letras; pero habla un ejemplar castellano y al término de tantos años acodado en esta barra, asistiendo cada día a una rica comedia humana, su mente ha forjado unos resortes de hábil narrador que ya quisiera uno para sí.

    —La chica huyó con sus padres —sigue contando— a una finca que había en Villaseca, cerca de Maqueda. Pero los soldados dieron con ella y trataron de forzarla.

    —¿Y hubo resistencia?

    —Hasta la muerte, sí señor. Su padre la enterró unos días después, en pleno campo, y colocó unas azucenas en sus manos. Y la tierra se llenaba de flores blancas cada primavera.

    —Así que Alcabón tiene dos buenos patronos. El Cantuariense, que murió defendiendo el honor de Dios, y Petra Corral, que hizo lo mismo con el honor de su cuerpo, templo del Espíritu divino.

    —Será lo que usted diga, señor.

    Me despido de Julián y, al salir, habiendo escampado el cielo, un arco iridiscente anuncia sus presagios. Y viene después, cuando retomo el camino, un olor a tierra fértil y a campo verdecido que me hace vislumbrar la primera sepultura de Petra Corral, en el corazón de este llano, repleta de blancas azucenas milagrosas.

  • El cisma (II)

    La Misa católica se salvó gracias a Monseñor Marcel Lefebvre. Decimos católica en contraposición al rito impuesto por Pablo VI a comienzos de 1970. Un nuevo misal que hacía todo nuevo: desde la organización de los muebles del presbiterio hasta la creación de dudosas plegarias eucarísticas, sacadas de la manga. El Novus Ordo se planifició cuidadosamente, con el propósito de eliminar de la Misa todo aquello que pudiera ofender a los cismáticos protestantes (ahora llamados «hermanos» por aquiescencia de la nueva teología, esa que emanó del Concilio Vaticano II intentando adaptar la Iglesia al mundo). Como se ve, todo nuevo, muy nuevo, hasta el extremo de desatar en la base misma de los fieles una desconfianza —a veces rayana en el odio— hacia todo aquello que entronque con el depósito de la Tradición.

    Monseñor Lefebvre no era un don nadie, mucho menos un tarado o un ególatra ávido de protagonismo. Vivió pobremente toda su vida, y el papel de portavoz de las escasas huestes que resistieron la revolución modernista detro de la Iglesia; dicha actuación le fue del todo sobrevenida. Llegó a ser delegado apostólico de Pío XII para el África francesa. Juan XXIII restringió sus funciones diplomáticas y lo nombró obispo de la pequeña diócesis de Tulle en Francia. En este tiempo, fue elegido Superior general de la Congregación del Espíritu Santo, a la que pertenecía desde sus primeros años de sacerdocio. Con el Concilio en perspectiva —un acontecimiento que, de primeras, fue bien recibido por el prelado francés—, el Papa lo nombró asistente al Trono pontificio y miembro de la Comisión Central preparatoria. Lefebvre tuvo una activa participación como padre conciliar, acaudillando el grupo más combativo contra el avance de los teólogos erráticos. Con la nueva misa ya creada, fundó el seminario de Friburgo y la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X a petición de muchos aspirantes al sacerdocio que huían de las cátedras donde se enseñaba una filosofía contraria al ser y una teología sin Dios, que minaba los principios mismos de la Revelación. Viendo que su vida se acababa, en 1988 hubo de consagrar cuatro obispos sin el permiso de Roma. Era la única manera de presevar su obra. Las consagraciones le valieron una injusta excomunión, levantada décadas después por Benedicto XVI. Y todo parece indicar que este mes de julio, al cabo de treinta y cinco años de su muerte, la misma situación volverá a repetirse.

    La Fraternidad Sacerdotal de San Pío X no es sedevacantista. Los lefebvrianos tratan por todos lo medios de ser fieles a la autoridad del Papa, aunque no puedan obedecerlo. Esta imposibilidad aporta un dramatismo muy atrayente a su apostolado por todo el mundo (la Fraternidad cuenta hoy con más de setecientos sacerdotes y es, por ello, la fuerza más numerosa dentro de las filas de la Tradición). «Quisiéramos obedecer —suelen repetir—, pero no podemos hacerlo».

    Ante la avanzada edad de dos de los cuatro obispos de 1988 que aún siguen vivos, la Fraternidad ha decidido consagrar nuevamente. Don Davide Pagliarani, el superior general, ha venido solicitando audiencia con el Papa León desde su elección hace más de un año, pero no ha sido atendido. Quien sí les recibió el pasado 12 de febrero fue el cardenal Tucho Fernández, sin proponer ninguna solución. Y es que Roma ha colocado la pistola encima de la mesa: no habrá acuerdo práctico (regularización canónica) si antes no se llega a un acuerdo doctrinal. Esto significa que la Fraternidad debe aceptar las insólitas orientaciones que la Iglesia ha adoptado desde el Concilio. Debe asumir el falso ecumenismo, en su versión más tóxica, formulada por Bergoglio, según la cual el pluralismo de religiones es algo querido por la Sabiduría de Dios. Y debe admitir la validez y legitimidad de la misa nueva.

    Los mentideros han aireado recientemente que el Santo Oficio (hoy DDF) ya tiene preparada la excomunión Latae Sententiae, un hecho que ahondaría la brecha abierta hace cuarenta años y confirmaría el cisma de las autoridades romanas respecto de la legítima línea sucesoria de los prelados Lefebvre y Castro Mayer. Mientras tanto, el pasado lunes, León XIV recibió en los salones del Palacio Apostólico a una señora vestida de obispo que dice ser cabeza de la Iglesia Anglicana. Hubo regalitos, cortesía, mutuas bendiciones, sueños de unidad y ni una sola mención al pecado del rey Enrique.

  • Los días y sus libros

    El Día del Libro, para un irredento bibliómano, no significa nada, pues todos sus días están llenos de libros, todas sus hora se pasan entre libros y todos sus sueños desembocan en una biblioteca repleta, colmada, abarrotada de libros.

    Otra cosa es la efeméride, la fecha, el aciago 23 de abril de 1616. Una conmemoración cada vez más devaluada, por mor de lo poco que Cervantes interesa al común de los españoles. Si el Príncipe de los ingenios hubiera podido vivir diez años más, habría tenido tiempo de acabar Las semanas del jardín y la segunda parte de La Galatea, así como el Bernardo, obras todas ellas prometidas en su dedicatoria del Persiles al conde de Lemos, que escribiera «puesto ya el pie en el estribo», tres días antes de su fallecimiento. Pero pocos somos quienes lamentamos el paso al otro mundo del autor del Quijote, y menos aún quienes celebran el fruto de sus sesenta y nueve primaveras. ¿Dónde están sus comedias en los teatros nacionales? ¿Dónde los entremeses en los tablados populares? A excepción de reducidos círculos académicos, a Cervantes ni se le lee ni se le estudia y apenas si se le conoce. Y esta fecha del 23 de abril —tildada con el apelativo más general de Día del Libro— es nada más que un día cualquiera de la larga lista de días conmemorativos, al mismo nivel que el Día de los Pingüinos o el de la Madre Tierra.

    Volvamos, no obstante, a los libros, porque el mayo madrileño trae aparejada la Feria del libro antiguo y de ocasión, que se inaugura el próximo 30 de abril y va a durar hasta el 17 de mayo. Evento que tiene su prolongación en la Feria del Retiro, ya más convencional, pero igual de tentadora.

    El amante de los libros dispone, pues, de mes y medio para merodear a su antojo entre casetas y casetas colmadas de volúmenes ¿Existe mayor felicidad? Y sin embargo, estos libreros que salen a las ferias y montan su tinglado no son el auténtico «bouquiniste», que llaman los franceses. El genuino librero de puesto es aquel que pasa el año entero a la intemperie, como hacen los vendedores de los quioscos verdes a la orilla del Sena. Una librería estable tiene algo de cueva geológica, con sus nichos y corredores; mientras que un puesto de libros semeja más bien un carromato de buhonero.

    Para conocer a esta rara especie de los libreros de puesto, no hace falta viajar hasta la capital de Francia. Basta con darse un garbeo por la Cuesta de Moyano de Madrid. Las casetas de la Cuesta, que el año pasado cumplieron un siglo, son las más peculiares del mundo. Tienen su parte de cueva y su lado de libresca quincallería. Y luego está ese realce que da la pendiente, ese privilegio de empinada costanera al amparo de las grandes copas del Botánico, que retarda el paso del merodeador cuando se coge desde el Prado, imantando sus pisadas, imprimiendo un ritmo dulcemente pesado. El esfuerzo de subir acelera todavía más el corazón del visitante, y añade un júbilo exaltado al placer intrínseco de buscar entre pilas y ristras de libros.

    No posee el castellano un término equivalente al «bouquineur» francés. El curioso, el paseante, el buquinista… Prefiero llamarlo el «hurgón», el fisgador que deambula de puesto en puesto, el que revuelve los libros que colman los cajones, repasando los lomos multiformes, abriendo este ejemplar, dejándose embriagar por el aroma a papel cetrino. Rancios grabados y legajos, volúmenes singulares, obras completas, ediciones príncipe, ejemplares intonsos: el cuerpo del bibliómano produce una chispa especial en este ambiente, una energía que moviliza todo su sistema sensitivo. Tocar, mirar, oler los libros; incluso escuchar —leyendo ya— el sonido de las palabras que bullen entre las páginas.

    El placer de rondar los puestos, en fin, está entre los más costosos de esta vida, pues el que ama desea poseer y entonces llega el momento de atender a la pecunia. El verdadero librero de caseta está abierto al regateo, y este otro aspecto no forma parte del placer; es más bien un arte que hay que saber desempeñar. Y de sobra conoce el hurgón que a un chamarilero de los libros nadie lo engaña. Porque tampoco él estafa al personal.

    —¿Quiere usted estos tres?

    —Los quiero, pero sólo llevo veinte.

    —Pues venga.

    Y se cierra el trato de común acuerdo. Así compró Cervantes, más o menos, el cartapacio de Cide Hamete Benengeli, con el que pudo completar su famosa historia.

  • El viaje a la Luna

    La misión Artemisa II ha ido a la Luna, ha dado la vuelta por su cara oculta y ha regresado a la Tierra. Nunca antes ningún ser humano se había alejado tanto del planeta (que sepamos). Y todo ello en el módico tiempo de diez días. Teniendo en cuenta que Elcano regresó de la primera vuelta al mundo al cabo de tres años, parece que nuestra exploración de los cielos progresa a buen ritmo.

    Reconozco que de niño se me atrevasaba un poco la lectura de Julio Verne, así es que, al desconocer su obra profética, estaba yo convencido de que el primero en pisar la Luna había sido Tintín. Entonces mis hermanas pusieron a mi alcance un libro divulgativo sobre el Apolo XI. Las fotografías me enseñaron una realidad menos atractiva que las viñetas de mi gran héroe: la nave, los tripulantes o el paisaje lunar me decepcionaron por completo. Entendía que el cohete inventado por el profesor Tornasol era un artilugio más bello y poderoso que aquel amasijo de planchas metálicas y papel de plata. Y no acababa de comprender muy bien por qué tuvo que ir deshaciéndose el invento hasta quedar reducido al módulo de pilotaje. El cohete tintinesco, con su elegante cromado rojiblanco, se posaba en la Luna tal cual había salido de la Tierra, y regresaba intacto habiendo cobijado en su interior a la cuadrilla entera de personajes (incluidos los dos ineptos agentes de la Interpol).

    Tintín no encontró vida extraterrestre en su aventura, pero quien sí se topó con seres numinosos fue Cyrano de Bergerac en su Historia cómica de los Estados e imperios de la Luna. Cyrano trata de demostrar que «la Luna es un mundo» e imagina un satélite muy distinto al que nos han mostrado las fotografías tomadas por la Artemisa. El paisaje lunar, en la franja que el autor llega a conocer, está formado por un gran bosque de naturaleza maravillosa, atravesado por cuatro ríos que nutren un apacible lago en su centro. El lugar resulta tan ameno y placentero, que el autor no duda en situar allí el Paraíso original. Por sus sendas transitan seres grotescos de doce pies, incapaces de erguir la cabeza; pero también criaturas de belleza turbadora. Cyrano se cruza con un demonio que proviene del Sol, cuya inteligencia superior ha servido de enseñanza a ilustres pensadores como Sócrates o Catón, en periódicas epifanías dentro de la Tierra.

    Estos fantásticos viajes y los más reales que inauguró el Apolo XI responden al viejo sueño humano de acariciar la piel de la hermosa Diana. Y es que el satélite tiene algo de femenino y su luz plateada nos atrae con el encanto de una mujer fatal. ¿Pero acaso el salto a la Luna no supone una audacia cercana al sacrilegio? ¿No seremos como ese niño impulsivo que, fascinado por la ilusión de un precioso guiñol, quebranta la barrera del escenario, alza las manos y agarra las marionetas para darse de bruces contra el armatoste de trapo y cartón piedra?

    La Luna ha sido objeto del amor de los poetas durante siglos y siglos. La Luna es también señora de los flujos, dominadora de las mareas. El que se acerca a ella y pisa su piel de pergamino rompe, de alguna manera, el hechizo de la reina de los cielos. Ella es una virgen soberbia y recelosa, taimada en sus ocultamientos, pues crece cuando dibuja la panza de la D y decrece cuando adopta el arco de la C. Por eso no existe peor fechoría que la de brincar en un cohete y acabar por sacarle un ojo de la cara —como imaginó, con poética ironía, Georges Méliès, otro de esos grandes profetas selenitas—.

    El viaje a la Luna es una invitación a conocer el trampantojo de los cielos. Y lo cierto es que el astro tiene su mejor aspecto cuando lo contemplamos desde las moradas terrestres «De noche la redonda luna dícenos / de cómo alienta el sol bajo la tierra, / y así tu luz: pues eres testimonio / Tú el único de Dios, y en esta noche / sólo por Ti se llega al Padre Eterno», le canta Miguel de Unamuno al Cristo de Velázquez.

  • La implosión de los museos nacionales

    La vicepresidente de las regiones vascas ha vuelto a pedir el Guernica. Acercar el cuadro a la villa de los fueros es un viejo sueño del separatismo, varias veces denegado por el gobierno central. Ahora que se avecinan los aniversarios del Estatuto vasco y del bombardeo de abril del 37, batasunos y peneuvistas aumentan su presión. La dirección del Museo Reina Sofía ha justificado la negativa alegando razones técnicas. Un aspecto que resulta crucial, cuando recordamos los problemas de conservación que ha presentado la obra desde los tiempos del MOMA neoyorquino. La debilidad del gobierno de Pedro Sánchez apoyado, entre otros muchos enemigos de la patria española, por los herederos de la ETA y los hijos de Sabino Arana augura una probable cesión que dejaría abierta la posibilidad de que el Guernica se guardara, por los siglos de los siglos, en tierras vizcaínas.

    Pero la colección permanente del Museo Reina Sofía de Madrid tiene al Guernica como obra estelar. Sustraerlo de este emplazamiento, al que fue destinado por voluntad del pintor, mermaría significativamente la más valiosa colección de arte moderno y contemporáneo español, que tan bien complementa al Museo del Prado y que, junto al Thyssen Bornemisza y al Museo de Bellas Artes de la Academia de San Fernando, situado en la calle Alcalá, convierten a la capital de España en un foco de referencia internacional para el conocimiento del arte de la Pintura.

    El sanchismo, sin embargo, está empeñado en dividir y disgregar, y no hay nada más dañino para un museo que la dispersión de su tesoro. El ministro Urtasun impulsa, en primer lugar, las devoluciones. Usa como pretexto las leyes de Memoria y se centra en las obras incautadas durante la Guerra Civil. El año pasado, Cultura devolvió siete cuadros (dos de ellos catalogados en el Prado) a la familia de Pedro Rico, el primer alcalde republicano de Madrid. La expropiación fue llevada a cabo en 1938 por la Agrupación Socialista Madrileña, siguiendo instrucciones de la Junta del Tesoro Artístico de la República.

    Este tipo de dinámicas resultan peligrosas porque pueden acabar arruinando los grandes museos nacionales, siendo el Prado el más querido por nosotros, los españoles. ¿Y acaso no se trata de eso? Existe también un proyecto aún más ambicioso. Se titula «Prado extendido» y consiste en practicar una política de préstamos y depósitos por toda la geografía española.

    Desatomizar el Museo del Prado, dispersar sus colecciones, regalando o prestando pinturas de valor incalculable, arriesgando en los traslados tan frágiles objetos; todo ello se nos antoja perverso e interesado. El tesón por restituir, no obstante, viene de antes. En 2011 el Prado devolvió al Monasterio de El Paular la serie completa de las escenas cartujanas de Vicente Carducho. Los cincuenta y dos lienzos fueron arrancados del claustro durante la desamortización y acabaron en el Museo de la Trinidad, que surtió al Prado de la mayor parte de su pintura religiosa del Siglo de Oro. Con lo cual, si esta práctica prospera y continúa la reposición de retablos en su emplazamiento originario, el Museo del Prado corre el riesgo de vaciarse.

    Los grandes museos nacionales han atesorado sus fondos por medio, muchas veces, del espolio y la rapiña. Basta con que uno se asome al Louvre de Napoleón o al British Museum del general Wellington. Está en la esencia del coleccionismo el afán de acumular, el deseo de nutrir las cámaras, de llenar vitrinas y cubrir paredes. El ansia de incrementar ciega, con frecuencia, al coleccionista: ya se trate de reyes, prelados o gerifaltes, que no dudan en abusar de su poder cuando hace falta. El coleccionista es siempre un fetichista y adolece de extrañas patologías. Una vez completado el museo, empero, poco le importa al visitante la licitud de aquel tesoro que tanto placer le suministra.

    Una sala de museo tiene algo de bazar (el arte es mercancía) y mucho de templo (la distancia entre la obra y su contemplador confiere el aura a los objetos y hace posible la experiencia estética). Los principios de acumulación y heterogeneidad están en la base de la institución museística. Quien busque adelgazar sus colecciones estará atentando contra dicho principio. Amontonar, ordenar y preservar ha de ser la norma. Nunca disgregar. Y menos todavía ir regalando.

  • El cisma (I)

    Que en la Iglesia Católica existe un cisma tácito es una realidad que pocas personas quieren reconocer. Los que denunciamos este hecho somos acusados de cismáticos, precisamente, por aquellos que vienen promoviendo la escisión desde hace la tira de años. La situación es tan compleja, el ambiente tan insano e irrespirable, que entran ganas de marcharse propinando un sonoro portazo. La Iglesia Católica vive, a día de hoy, un caos absoluto. Basta con asomarse al tenderete que ha montado el padre Ángel (Mensajeros de la Paz) en el templo de San Antón del antiguo colegio de los escolapios, en la calle Hortaleza de Madrid. Mucho humanitarismo, mucho ecologismo, mucho activismo social; y nada que eleve al visitante al conocimiento de Dios. Allí todo parece hacerse a ras de tierra, con un lamentable desprecio hacia los bienes celestiales, con una total desatención a la salvación de las almas. Si san José de Calasanz viera cómo han dejado la capilla de su colegio, demolería a garrotazos todo ese tinglado de máquinas expendedoras, mesas camilla, soflamas y cartelones.

    En la Iglesia Sinodal, uno puede hacer cualquier cosa que siempre será acogido y entendido. Puedes decir una barrabasada contra la Madre de Dios, negándole el título de Correndetora (total, si el Tucho lo ha ratificado desde el mismo Dicasterio para la Doctrina de la Fe). Puedes ir a la parroquia con tu pareja gay, después de casarte en el Ayuntamiento, a que el cura te dé la bendición matrimonial. Puedes comulgar siendo un abortista belicoso o viviendo en mancebía con una mujer tan divorciada como tú. Lo que de ninguna manera va a permitirte tu obispo, faltaría más, es que te arrodilles para recibir la comunión, que combatas los errores pronunciados por los catequistas en sus moniciones del domingo o que pongas en entredicho las últimas declaraciones del Santo Padre en las que felicita el Saka Dawa al Dalai Lama. ¿Qué puede hacerse, entonces, ante esto que se ha dado en llamar «estado de necesidad»?

    La opción más racional es el sedevacantismo; también la más terrible, como terrible es este trance por el que pasa la Iglesia. Un sedevacantista viene a decir, básicamente, que el Vicario de Cristo en la tierra no puede predicar el error so pena inmediata de excomunión y pérdida de la sede petrina. Sustenta este argumento en la autoridad de Paulo IV, que en 1559 hizo pública una bula en la que afirmaba eso mismo, es decir, que toda dignidad eclesiástica superior será privada ipso facto de su oficio en caso de proferir error doctrinal o alentar a los herejes. Y como la heterodoxia ha sido la tónica en todos los papas después del Vaticano II (incluido Benedicto XVI, fiel discípulo de Karl Rahner, el teólogo que inspiró los errores del Concilio), resulta que llevamos setenta años de sedevacancia sin que nadie se haya enterado de ello.

    Que un fiel se declare sedevacantista lo aboca a la soledad más absoluta y hace de él un incomprendido de por vida. Que se lo digan a las monjas de Belorado, que han terminado arrojadas de su propia casa. Lo mismo ocurrió con las salesas del Tercer Monasterio de la Visitación de Madrid, aunque este caso no fue tan ventilado por la prensa. Luego están los delirios del Palmar de Troya o las supercherías de Pablo de Rojas. Y es que proclamar el vacío perpetuo de la silla de Pedro implica un imposible eclesiológico, al detener la sucesión apostólica y dar rienda suelta al combate entre los diferentes linajes. Para prevenir esto, los teólogos de alto copete advierten de la diferencia entre magisterio ordinario y extraordinario, pero a nadie se le escapa que lo que dice un Papa urbi et orbi ya esté en el pasillo de un avión o en un estadio de fútbol; lo que dice un Sumo Pontífice de cara al pueblo de Dios, eso va a misa y queda grabado en el magín de las gentes, por mucho que intenten limarle las aristas.

    La Iglesia Católica no estaba preparada para la aparición de un antipapa. Hubo en el pasado papas pecadores o guerreros, pero nunca atentaron contra la doctrina. Y si alguna vez incurrieron en error, enseguida rectificaron, como hizo Juan XXII en su lecho de muerte. Bergoglio, sin embargo, ha dañado la fe de muchos. Su magisterio no fue herético, sino apóstata, pues introdujo la contradicción en aquello que habían enseñado sus predecesores. ¿Será León XIV, como dicen algunos, un prudente restaurador? Lo veremos, aunque ya está tardando en ponerse a ello.

  • La censura

    El Estado ha ejercido siempre la censura. Ahora nos quieren hacer creer que en democracia la libertad de expresión no tiene otro límite que el honor ajeno; que las personas pueden manifestar sus opiniones sin coacción ninguna. Esto es así en el ámbito privado, nunca en el espacio público, como por otra parte ha ocurrido desde antiguo. En su casa uno dice lo que piensa y lo único que puede pasarle es que su cónyuge o algún otro pariente le monte una diatriba. Pero atreverse a formular ideas contrarias al pensamiento dominante en la calle, en el trabajo, en el seno de las instituciones, puede acarrear serias consecuencias a todos los niveles.

    La zarpa de la censura ha herido las carnes de muchos escritores. Decir que se lo tenían merecido por bocazas implica bailarle el agua al poder; es la réplica habitual de los pelotas, de los lameculos, de los parásitos que vegetan en la charca de la cultura subvencionada. Convoca el poderoso en torno suyo a una Academia de dóciles plumíferos, a los que premia, promociona y agasaja, y ya tiene garantizado el brillo de su propia gloria. El escritor de cepa, por el contrario, cuando observa o padece una injusticia, tiende a denunciarla, a vocearla en el libelo, a relatarla en su columna. El escritor que asume tales riesgos viene a ser consecuente con la naturaleza de su oficio, que ha hecho de él un «obrero de la inteligencia», como afirmaba Díaz-Plaja.

    Recordemos la cárcel y el largo destierro del joven Lope de Vega. Había lanzado su agudo verbo en la denuncia de los matrimonios convenidos, una práctica que le birló el amor de Elena Osorio la Filis de sus poemas, al aceptar ésta el lucrativo cortejo de Francisco Perrenot, sobrino del cardenal Granvela. Lope cargó contra la familia de Elena, por haber favorecido al nuevo amante, con aquellos inolvidables versos: «Una dama se vende a quien la quiera. / En almoneda está, ¿quieren compralla? / Su padre es quien la vende, que aunque calla / su madre la sirvió de pregonera.»

    Lope rehizo su vida después de tan doloroso trance (que evocaría años después en La Dorotea) y pudo volver a Madrid, cuyo pueblo olvidó pronto aquel suceso y siguió disfrutando con sus comedias. Más desgraciado fue el caso de Oscar Wilde, dramaturgo muy querido también por el público londinense. Wilde creyó que su ingenio podría derribar y hacer sucumbir el puritanismo de la sociedad victoriana; trató de poner en evidencia la doble moral, la hipocresía de una plutocracia que, por otro lado, había ensalzado su teatro hasta la cumbre. El pérfido marqués de Queensberry lo derrotó en el juicio. Desde el estrado, ventiló el contenido de sus cartas íntimas y animó a los chaperos de los bajos fondos a declarar todo tipo de calumnias. La cárcel de Reading acabó de aniquilarlo. El amor de Wilde hacia el joven Bosie, tercer hijo del marqués, fue casto y recatado platónico podríamos decir, pero la sentencia de sodomía recayó sobre el escritor haciendo trizas su reputación e invalidando su obra.

    En la España sanchista, los códigos morales han sido dados la vuelta como un calcetín que salga de la lavadora, pero nada ha cambiado respecto a la reprobación de quienes se atrevan a poner en solfa la ideología instalada hoy en el poder. Si tu verbo proclama que existen las mujeres con pene, que matar al niño en el vientre es un derecho de la madre, que Franco fue un exterminador o que el cambio climático es el culpable del desbordamiento de los ríos, recibirás el beneplácito de los grupos de presión, tu camocha quedará tocada con una aureola de escritor comprometido y tu obra será promocionada por las editoriales más influyentes. El que se atreva, en cambio, a cuestionar lo antedicho, que se prepare para el linchamiento.

    Así que la mordaza se impone en todos los ámbitos, con esa variante tan perversa de la autocensura. También en el aula los profesores vemos mermada nuestra libertad de cátedra. La acción tutorial exige del docente enfocar determinados temas polémicos y adoptar una posición ante ciertas coyunturas. ¿Y quiénes son los encargados de velar por el discurso políticamente correcto? No hace falta ningún delegado del partido (el inspector ya se hará presente antes o después). Los padres son los encargados de presentar su queja y denunciar a ese maestro que se atreve a opinar contra la corriente.

  • La visita del Papa

    León XIV llegó a España en la mañana del 6 de junio de 2026, como todo el mundo sabe. Sus citas más urgentes en Madrid incluían reuniones de estado con el rey y el presidente del gobierno. En la primera noche pasada en la nunciatura, sin embargo, el Papa durmió mal. Monseñor Gaetano D’agostino, secretario de prensa en la embajada apostólica, ha declarado recientemente que Prevost tuvo un sueño profético en el que san Miguel arcángel le mostró el futuro de Europa. Los campanarios de las iglesias veíanse trocados en altos minaretes, los partidos islamistas copaban las mayorías parlamentarias y sólo un exánime resto de íntegros cristianos resistía la persecución desde lo hondo de cuevas y catacumbas. Muchos de ellos morían martirizados en las plazas públicas, al negarse a apostatar de su fe, proclamando a Jesucristo como Hijo de Dios.

    Impresionado por las imágenes de caos, abandono y destrucción, el Santo Padre canceló ese día todos los compromisos y, de manera inusitada, dirigió su comitiva a la sierra de Madrid. Tras una parada en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde se encontró con sus hermanos agustinos, el Papa expresó su intención de visitar la basílica del Valle de los Caídos. El cardenal Cobo, principal anfitrión, desaconsejó al pontífice tamaña osadía, advirtiendo de las consecuencias para la Iglesia española. Y así, cuando la comitiva dejó la comarcal M-600 para adentrarse en el bosque de Cuelgamuros, los coches de los miembros de la Conferencia Episcopal retornaron a Madrid. No estaban conformes los obispos españoles con la ruptura del protocolo y, temiendo represalias por parte del gobierno, corrieron a sus despachos con el objeto de aplacar la reacción de la hidra social comunista.

    Todos hemos visto las fotos de la llegada a la explanada. La comunidad benedictina lo esperaba a la puerta de la basílica, en medio del fragor de las taladradoras y excavadoras que ya trajinaban en la obra de reconversión del Valle en museo de la Memoria. Conocemos también las imágenes del momento en el que el Santo Padre se detuvo delante del altar mayor: su postración, sus lágrimas, su profunda zozobra.

    La decisión de hospedarse en la abadía sorprendió a la nación entera. Isabel Celá, egregia embajadora en el Vaticano (muy católica ella, muy socialista también) fue llamada a consultas, al tiempo que se requería al mismo nuncio, monseñor Piero Pioppo, desde la dirección del Ministerio de Exteriores. De nada sirvieron las condenas públicas ni la gestión diplomática. León XIV había decidido establecer la casa pontificia en el Valle de los Caídos por tiempo indefinido. Como respuesta a este valiente gesto, el pueblo de Dios acudió en masa hasta la Cruz de la montaña. Las fuerzas de seguridad trataron de detenerlos, hubo cargas y represión, hasta que los primeros muertos fueron ensalzados como protomártires de un resurgimiento de la fe católica y el gobierno decidió dar marcha atrás. Las obras de resignificación quedaron paralizadas, las máquinas se retiraron, los peones desaparecieron, la guardia de asalto detuvo su actuación.

    El Papa comenzó a celebrar la Misa dominical en el altar mayor. Los monjes cantaban acompañados por el coro de voces blancas. La liturgia pontificia recobró una belleza olvidada. Sus Sermones martiriales, como se los conoce desde entonces, se difundieron por todo el orbe y fortalecieron la fe de millones de católicos. En ellos, el Papa condenaba los errores que, tanto dentro como fuera de la Iglesia, habían producido la decadencia de Occidente. Miles de neófitos eran bautizados diariamente. León XIV predicaba desde la Cruz más alta del mundo, convertida en faro de una humanidad herida. Los confirmó en la fe de Cristo, los animó a la esperanza. Al cabo de un año, el Papa decretó la supresión del misal de 1970 y el retorno al rito romano tradicional. Los enemigos de la Iglesia no lo soportaron más. Después, al publicarse la noticia de la muerte de León, corrió el rumor de su envenenamiento. Tras las exequias y el entierro en su amado Valle, los cardenales reunidos en Roma eligieron a Urbano IX. Han hecho falta siete pontífices más, todos ellos mártires, para que la Iglesia Católica consiga restaurar, finalmente, el esplendor perdido.

  • La zoomorfosis

    Onofre Valle tenía diez años cuando el confinamiento. Los meses de encierro en casa, apartado de los juegos con otros niños Onofre Valle es hijo único, y los dos años y medio que vivió con su rostro tapado por la mascarilla agudizaron su retraimiento y hurañía, sus rarezas, su necesidad de distinguirse. Hicieron falta varios meses de terapia con el doctor Timoneda para superar el síndrome de la cara vacía. El proceso fue doloroso, pero al fin consiguieron retirarle el embozo y dejar sus lindas facciones de niño agraciado a la vista de todos. Acabando la pandemia, recibió un diagnóstico muy ajustado a sus características, para alivio y alegría de sus padres. Ellos esperaban que a partir de entonces, siendo tratado de manera especial, de acuerdo a su condición, desaparecerían todos los problemas.

    Onofre Valle obtuvo su primer teléfono móvil a los once años. Al cabo de seis meses, su perfil de Instagram ya contaba con quinientos seguidores. Entró en contacto con integrantes de la moda Harajuku y comenzó a transformarse en un anime japonés, estilo Cosplay según un avatar Naruto Uzumaki. Volvió a la consulta del doctor Timoneda, el cual alentaba al muchacho en esta apasionante tarea de buscar la diferencia. Tranquilizó a los padres diciendo que, bueno, al fin y al cabo el chico estaba tratando de reforzar una personalidad fuera de lo común. Tiempo después, Onofre Valle alcanzó los cuatro mil seguidores al declarar en un reel su pertenencia al género fluido. Entonces comenzó a percibir la incomprensión de sus compañeros, pero este rechazo, lejos de hundirlo, lo estimuló en su proceso de significación. Onofre Valle estaba destinado a algo que no conseguía definir todavía; algo que haría de él un ser distinto y muy, muy especial; algo que llamaría la atención del mundo entero.

    A los quince años conoció, viendo vídeos en Tik Tok, los primeros casos de chavales convertidos en bestias. Se miró en el espejo y entendió el origen de su sufrimiento. Tantos años soportando un rostro que no era el suyo, tantos años sin querer reconocer que su alma humana no era otra cosa que un instinto de ave lacustre. Por esta razón su cuerpo, al crecer, se había vuelto larguiducho y afilado. Ese apodo que tanto le doliera «patas de alambre» le llamaban, tenía que recibirlo ahora como un alago. Era el momento de tomar las riendas. Adoptaría la forma adecuada, corrigiendo a la cruel naturaleza. Dios había equivocado la carcasa, pero él se encargaría de rectificar su modelado.

    El doctor Timoneda aconsejó a sus padres no impedir esta nueva veleidad. Recurrieron a un taxidermista para la confección de la máscara y demás accesorios. Onofre Valle embutió sus brazos en dos grandes alas de plumas negras, blancas y rosadas. Cubrió su torso con una funda de suaves hilos de cachemira y sus delgadas piernas, ahora denominadas patas con total propiedad, quedaron desnudas para siempre, a la espera de que un tatuador grabara en su piel el dibujo de las estrías. Un cirujano, por último, extirpó el meñique de cada pie e implantó una membrana entre los dedos restantes.

    Su vida de Fenicoptero, vulgo flamenco rosado, no estuvo exenta de dificultades. En casa pasaba las horas muertas metido en la bañera, donde sus padres depositaban boquerones crudos para que Onofre los pescara con su prominente mandíbula inferior. En el colegio no salía de un rincón durante los recreos, sosteniéndose sobre una sola pata. Varios compañeros fueron sancionados por burlarse de él, varios profesores fueron despedidos por contradecir las pautas decretadas por los orientadores. En el aula instalaron una pecera para que el muchacho no echara de menos su natural ecosistema.

    Pero todo fue en vano. Onofre Valle comenzó a añorar a otros miembros de su especie. Los encuentros con chicos de su edad, también bestializados, no eran de su agrado. Sentía pavor hacia cánidos y gatos. Los flamencos, ya se sabe, son aves sociales, y Onofre Valle suspiraba por habitar una extensa colonia en las marismas onubenses.

    Una mañana de principios del otoño, emprendió el vuelo. Buscaba un clima más cálido donde pasar el invierno, en compañía de sus semejantes. Saltó desde un séptimo piso, deseoso de dejarse llevar por la corriente del cierzo.

  • La catedral

    El visitante arriba a la ciudad antigua repleto de emociones. La torre de la catedral se recorta contra un cielo azul profundo en este día soleado de mediados de febrero. Durante un largo rato contempla la portada, con su piedra vieja y desgastada. Conoce los tesoros que se guardan en su interior; ha estudiado cada detalle de sus cinco naves, la composición de todas sus capillas, el portentoso retablo del altar mayor, su rica sacristía, su sala capitular con techo artesonado y friso de murales cuatrocentistas. Quiere dirigir una plegaria a Dios y presenciar alguna secuencia de la liturgia catedralicia. Sabe, no obstante, que su deseo es vano, porque la catedral el templo primado de la Iglesia española ya no alberga el milenario culto para el cual fue creada. La catedral, desde que desapareció la antigua y venerable Misa católica, ha devenido en cascarón vacío. El visitante ha dejado de sentir ese hondo temor que lo sacude por dentro cada vez que ingresa en un espacio sacro. La catedral es ahora nada más que un museo; un portentoso museo de ochocientos años de historia, salvado del saqueo y de la furia de milicianos e iconoclastas. Pero lejos, muy lejos está de aquella exuberante fábrica en la que trajinaba el cabildo en pleno; hervidero de capellanes, racioneros, organistas, niños de coro, niños acólitos, mayordomos, seminaristas, chantres y maestrescuelas.

    Antes de cruzar el pórtico de la fachada sur, debe pagar su entrada en la oficina de Patrimonio. Le ocurre con frecuencia que, al tiempo de realizar el abono, acaba desahogando su indignación, que suele recaer sobre el taquillero, el cual no tiene culpa de nada, el pobre hombre:

    Yo vengo aquí a rezar, y me encuentro con este tinglado.

    Pues si trae usted esas ansias, vaya a la capilla del Santísimo.

    Es que yo quiero hacerlo bajo las bóvedas de piedra, sobre las tumbas de los venerables cardenales, frente a los retablos y reliquias de las viejas capillas.

    Libre es usted de hacerlo entonces durante la visita.

    No, no acaba de entenderme. Yo quisiera participar de la liturgia. Ver salir a un canónigo para decir la Misa en la capilla de Santiago, luego a otro para el altar de San Ildefonso; ver procesionar al cabildo con sus trajes corales y asistir al canto del Oficio divino.

    Todo eso que dice ya no existe. Pero el domingo sí que sube el arzobispo a cantar la misa en el altar mayor. Y si lo que usted desea es un viaje en el tiempo, dentro del Programa Musical puede encontrar una reconstruccion del oficio litúrgico del siglo XIII.

    Sigue sin entenderme, señor, yo no busco figurantes ni recreaciones, sino aprehender el alma viva de nuestra catedral.

    De momento pague usted la entrada, si es tan amable. Mire la cola que se está formando.

    ¿Y por qué, siendo yo católico confirmado, tengo que apoquinar para entrar en el templo donde enseña mi obispo desde su cátedra?

    Son doce euros, caballero, hágame el favor. Voy a tener que avisar a Seguridad.

    Y como el visitante no deja de reclamar sus derechos de católico ultrajado («¡Nos han robado los templos dice en voz alta, nos han usurpado el rito milenario!»), acuden en seguida dos guardias de porra y pinganillo. Al negarse a desembolsar el dinero de la entrada, lo echan a un lado para que el público pueda ser atendido. La oficina de Patrimonio es una torre de Babel donde se habla chino, japonés, bengalí, alemán, sueco, árabe y, por supuesto, la lengua del pirata, en la que están escritas todas las cartelas. Él, por su parte, continúa exponiendo sus razones a los guardias, que no entienden la queja de que el rito mozárabe se diga ahora en castellano ramplón. Le empieza a parecer que esos dos sujetos discurren peor aún que el taquillero, y pide hablar con el caciller de la diócesis. En ese momento lo agarran de las axilas y lo sacan a la calle. «¡Simonía, simonía!», va gritando el visitante. Y unos turistas escoceses sacan fotos con su esmarfon, creyendo reconocer en su prestancia el auténtico rostro de un Quijote revivido. Al poco llega un coche de los nacionales y un agente le pide que se identifique. «¡Mi religión es la Belleza!», se le oye decir cuando ya se lo llevan. «¡Redención al Redentor!», le despiden cantando las bíblicas figuras que ocupan su sitio allí al lado, en las jambas y arquivoltas del Pórtico de los Leones.

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