La censura

El Estado ha ejercido siempre la censura. Ahora nos quieren hacer creer que en democracia la libertad de expresión no tiene otro límite que el honor ajeno; que las personas pueden manifestar sus opiniones sin coacción ninguna. Esto es así en el ámbito privado, nunca en el espacio público, como por otra parte ha ocurrido desde antiguo. En su casa uno dice lo que piensa y lo único que puede pasarle es que su cónyuge o algún otro pariente le monte una diatriba. Pero atreverse a formular ideas contrarias al pensamiento dominante en la calle, en el trabajo, en el seno de las instituciones, puede acarrear serias consecuencias a todos los niveles.

La zarpa de la censura ha herido las carnes de muchos escritores. Decir que se lo tenían merecido por bocazas implica bailarle el agua al poder; es la réplica habitual de los pelotas, de los lameculos, de los parásitos que vegetan en la charca de la cultura subvencionada. Convoca el poderoso en torno suyo a una Academia de dóciles plumíferos, a los que premia, promociona y agasaja, y ya tiene garantizado el brillo de su propia gloria. El escritor de cepa, por el contrario, cuando observa o padece una injusticia, tiende a denunciarla, a vocearla en el libelo, a relatarla en su columna. El escritor que asume tales riesgos viene a ser consecuente con la naturaleza de su oficio, que ha hecho de él un «obrero de la inteligencia», como afirmaba Díaz-Plaja.

Recordemos la cárcel y el largo destierro del joven Lope de Vega. Había lanzado su agudo verbo en la denuncia de los matrimonios convenidos, una práctica que le birló el amor de Elena Osorio la Filis de sus poemas, al aceptar ésta el lucrativo cortejo de Francisco Perrenot, sobrino del cardenal Granvela. Lope cargó contra la familia de Elena, por haber favorecido al nuevo amante, con aquellos inolvidables versos: «Una dama se vende a quien la quiera. / En almoneda está, ¿quieren compralla? / Su padre es quien la vende, que aunque calla / su madre la sirvió de pregonera.»

Lope rehizo su vida después de tan doloroso trance (que evocaría años después en La Dorotea) y pudo volver a Madrid, cuyo pueblo olvidó pronto aquel suceso y siguió disfrutando con sus comedias. Más desgraciado fue el caso de Oscar Wilde, dramaturgo muy querido también por el público londinense. Wilde creyó que su ingenio podría derribar y hacer sucumbir el puritanismo de la sociedad victoriana; trató de poner en evidencia la doble moral, la hipocresía de una plutocracia que, por otro lado, había ensalzado su teatro hasta la cumbre. El pérfido marqués de Queensberry lo derrotó en el juicio. Desde el estrado, ventiló el contenido de sus cartas íntimas y animó a los chaperos de los bajos fondos a declarar todo tipo de calumnias. La cárcel de Reading acabó de aniquilarlo. El amor de Wilde hacia el joven Bosie, tercer hijo del marqués, fue casto y recatado platónico podríamos decir, pero la sentencia de sodomía recayó sobre el escritor haciendo trizas su reputación e invalidando su obra.

En la España sanchista, los códigos morales han sido dados la vuelta como un calcetín que salga de la lavadora, pero nada ha cambiado respecto a la reprobación de quienes se atrevan a poner en solfa la ideología instalada hoy en el poder. Si tu verbo proclama que existen las mujeres con pene, que matar al niño en el vientre es un derecho de la madre, que Franco fue un exterminador o que el cambio climático es el culpable del desbordamiento de los ríos, recibirás el beneplácito de los grupos de presión, tu camocha quedará tocada con una aureola de escritor comprometido y tu obra será promocionada por las editoriales más influyentes. El que se atreva, en cambio, a cuestionar lo antedicho, que se prepare para el linchamiento.

Así que la mordaza se impone en todos los ámbitos, con esa variante tan perversa de la autocensura. También en el aula los profesores vemos mermada nuestra libertad de cátedra. La acción tutorial exige del docente enfocar determinados temas polémicos y adoptar una posición ante ciertas coyunturas. ¿Y quiénes son los encargados de velar por el discurso políticamente correcto? No hace falta ningún delegado del partido (el inspector ya se hará presente antes o después). Los padres son los encargados de presentar su queja y denunciar a ese maestro que se atreve a opinar contra la corriente.

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