El viaje a la Luna

La misión Artemisa II ha ido a la Luna, ha dado la vuelta por su cara oculta y ha regresado a la Tierra. Nunca antes ningún ser humano se había alejado tanto del planeta (que sepamos). Y todo ello en el módico tiempo de diez días. Teniendo en cuenta que Elcano regresó de la primera vuelta al mundo al cabo de tres años, parece que nuestra exploración de los cielos progresa a buen ritmo.

Reconozco que de niño se me atrevasaba un poco la lectura de Julio Verne, así es que, al desconocer su obra profética, estaba yo convencido de que el primero en pisar la Luna había sido Tintín. Entonces mis hermanas pusieron a mi alcance un libro divulgativo sobre el Apolo XI. Las fotografías me enseñaron una realidad menos atractiva que las viñetas de mi gran héroe: la nave, los tripulantes o el paisaje lunar me decepcionaron por completo. Entendía que el cohete inventado por el profesor Tornasol era un artilugio más bello y poderoso que aquel amasijo de planchas metálicas y papel de plata. Y no acababa de comprender muy bien por qué tuvo que ir deshaciéndose el invento hasta quedar reducido al módulo de pilotaje. El cohete tintinesco, con su elegante cromado rojiblanco, se posaba en la Luna tal cual había salido de la Tierra, y regresaba intacto habiendo cobijado en su interior a la cuadrilla entera de personajes (incluidos los dos ineptos agentes de la Interpol).

Tintín no encontró vida extraterrestre en su aventura, pero quien sí se topó con seres numinosos fue Cyrano de Bergerac en su Historia cómica de los Estados e imperios de la Luna. Cyrano trata de demostrar que «la Luna es un mundo» e imagina un satélite muy distinto al que nos han mostrado las fotografías tomadas por la Artemisa. El paisaje lunar, en la franja que el autor llega a conocer, está formado por un gran bosque de naturaleza maravillosa, atravesado por cuatro ríos que nutren un apacible lago en su centro. El lugar resulta tan ameno y placentero, que el autor no duda en situar allí el Paraíso original. Por sus sendas transitan seres grotescos de doce pies, incapaces de erguir la cabeza; pero también criaturas de belleza turbadora. Cyrano se cruza con un demonio que proviene del Sol, cuya inteligencia superior ha servido de enseñanza a ilustres pensadores como Sócrates o Catón, en periódicas epifanías dentro de la Tierra.

Estos fantásticos viajes y los más reales que inauguró el Apolo XI responden al viejo sueño humano de acariciar la piel de la hermosa Diana. Y es que el satélite tiene algo de femenino y su luz plateada nos atrae con el encanto de una mujer fatal. ¿Pero acaso el salto a la Luna no supone una audacia cercana al sacrilegio? ¿No seremos como ese niño impulsivo que, fascinado por la ilusión de un precioso guiñol, quebranta la barrera del escenario, alza las manos y agarra las marionetas para darse de bruces contra el armatoste de trapo y cartón piedra?

La Luna ha sido objeto del amor de los poetas durante siglos y siglos. La Luna es también señora de los flujos, dominadora de las mareas. El que se acerca a ella y pisa su piel de pergamino rompe, de alguna manera, el hechizo de la reina de los cielos. Ella es una virgen soberbia y recelosa, taimada en sus ocultamientos, pues crece cuando dibuja la panza de la D y decrece cuando adopta el arco de la C. Por eso no existe peor fechoría que la de brincar en un cohete y acabar por sacarle un ojo de la cara —como imaginó, con poética ironía, Georges Méliès, otro de esos grandes profetas selenitas—.

El viaje a la Luna es una invitación a conocer el trampantojo de los cielos. Y lo cierto es que el astro tiene su mejor aspecto cuando lo contemplamos desde las moradas terrestres «De noche la redonda luna dícenos / de cómo alienta el sol bajo la tierra, / y así tu luz: pues eres testimonio / Tú el único de Dios, y en esta noche / sólo por Ti se llega al Padre Eterno», le canta Miguel de Unamuno al Cristo de Velázquez.

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