Categoría: La fina matraca

  • El cisma (I)

    Que en la Iglesia Católica existe un cisma tácito es una realidad que pocas personas quieren reconocer. Los que denunciamos este hecho somos acusados de cismáticos, precisamente, por aquellos que vienen promoviendo la escisión desde hace la tira de años. La situación es tan compleja, el ambiente tan insano e irrespirable, que entran ganas de marcharse propinando un sonoro portazo. La Iglesia Católica vive, a día de hoy, un caos absoluto. Basta con asomarse al tenderete que ha montado el padre Ángel (Mensajeros de la Paz) en el templo de San Antón del antiguo colegio de los escolapios, en la calle Hortaleza de Madrid. Mucho humanitarismo, mucho ecologismo, mucho activismo social; y nada que eleve al visitante al conocimiento de Dios. Allí todo parece hacerse a ras de tierra, con un lamentable desprecio hacia los bienes celestiales, con una total desatención a la salvación de las almas. Si san José de Calasanz viera cómo han dejado la capilla de su colegio, demolería a garrotazos todo ese tinglado de máquinas expendedoras, mesas camilla, soflamas y cartelones.

    En la Iglesia Sinodal, uno puede hacer cualquier cosa que siempre será acogido y entendido. Puedes decir una barrabasada contra la Madre de Dios, negándole el título de Correndetora (total, si el Tucho lo ha ratificado desde el mismo Dicasterio para la Doctrina de la Fe). Puedes ir a la parroquia con tu pareja gay, después de casarte en el Ayuntamiento, a que el cura te dé la bendición matrimonial. Puedes comulgar siendo un abortista belicoso o viviendo en mancebía con una mujer tan divorciada como tú. Lo que de ninguna manera va a permitirte tu obispo, faltaría más, es que te arrodilles para recibir la comunión, que combatas los errores pronunciados por los catequistas en sus moniciones del domingo o que pongas en entredicho las últimas declaraciones del Santo Padre en las que felicita el Saka Dawa al Dalai Lama. ¿Qué puede hacerse, entonces, ante esto que se ha dado en llamar «estado de necesidad»?

    La opción más racional es el sedevacantismo; también la más terrible, como terrible es este trance por el que pasa la Iglesia. Un sedevacantista viene a decir, básicamente, que el Vicario de Cristo en la tierra no puede predicar el error so pena inmediata de excomunión y pérdida de la sede petrina. Sustenta este argumento en la autoridad de Paulo IV, que en 1559 hizo pública una bula en la que afirmaba eso mismo, es decir, que toda dignidad eclesiástica superior será privada ipso facto de su oficio en caso de proferir error doctrinal o alentar a los herejes. Y como la heterodoxia ha sido la tónica en todos los papas después del Vaticano II (incluido Benedicto XVI, fiel discípulo de Karl Rahner, el teólogo que inspiró los errores del Concilio), resulta que llevamos setenta años de sedevacancia sin que nadie se haya enterado de ello.

    Cuando un fiel se declara sedevacantista, queda abocado a la soledad más absoluta y se convierte en un incomprendido de por vida. Que se lo digan a las monjas de Belorado, que han terminado arrojadas de su propia casa. Lo mismo ocurrió con las salesas del Tercer Monasterio de la Visitación de Madrid, aunque este caso no fue tan ventilado por la prensa. Luego están los delirios del Palmar de Troya o las supercherías de Pablo de Rojas. Y es que proclamar el vacío perpetuo de la silla de Pedro implica un imposible eclesiológico, al detener la sucesión apostólica y dar rienda suelta al combate entre los diferentes linajes. Para prevenir esto, los teólogos de alto copete advierten de la diferencia entre magisterio ordinario y extraordinario, pero a nadie se le escapa que lo que dice un Papa urbi et orbi ya esté en el pasillo de un avión o en un estadio de fútbol; lo que dice un Sumo Pontífice de cara al pueblo de Dios, eso va a misa y queda grabado en el magín de las gentes, por mucho que intenten limarle las aristas.

    La Iglesia Católica no estaba preparada para la aparición de un antipapa. Hubo en el pasado papas pecadores o guerreros, pero nunca atentaron contra la doctrina. Y si alguna vez incurrieron en error, enseguida rectificaron, como hizo Juan XXII en su lecho de muerte. Bergoglio, sin embargo, ha dañado la fe de muchos. Su magisterio no fue herético, sino apóstata, pues introdujo la contradicción en aquello que habían enseñado sus predecesores. ¿Será León XIV, como dicen algunos, un prudente restaurador? Lo veremos, aunque ya está tardando en ponerse a ello.

  • La censura

    El Estado ha ejercido siempre la censura. Ahora nos quieren hacer creer que en democracia la libertad de expresión no tiene otro límite que el honor ajeno; que las personas pueden manifestar sus opiniones sin coacción ninguna. Esto es así en el ámbito privado, nunca en el espacio público, como por otra parte ha ocurrido desde antiguo. En su casa uno dice lo que piensa y lo único que puede pasarle es que su cónyuge o algún otro pariente le monte una diatriba. Pero atreverse a formular ideas contrarias al pensamiento dominante en la calle, en el trabajo, en el seno de las instituciones, puede acarrear serias consecuencias a todos los niveles.

    La zarpa de la censura ha herido las carnes de muchos escritores. Decir que se lo tenían merecido por bocazas implica bailarle el agua al poder; es la réplica habitual de los pelotas, de los lameculos, de los parásitos que vegetan en la charca de la cultura subvencionada. Convoca el poderoso en torno suyo a una Academia de dóciles plumíferos, a los que premia, promociona y agasaja, y ya tiene garantizado el brillo de su propia gloria. El escritor de cepa, por el contrario, cuando observa o padece una injusticia, tiende a denunciarla, a vocearla en el libelo, a relatarla en su columna. El escritor que asume tales riesgos viene a ser consecuente con la naturaleza de su oficio, que ha hecho de él un «obrero de la inteligencia», como afirmaba Díaz-Plaja.

    Recordemos la cárcel y el largo destierro del joven Lope de Vega. Había lanzado su agudo verbo en la denuncia de los matrimonios convenidos, una práctica que le birló el amor de Elena Osorio la Filis de sus poemas, al aceptar ésta el lucrativo cortejo de Francisco Perrenot, sobrino del cardenal Granvela. Lope cargó contra la familia de Elena, por haber favorecido al nuevo amante, con aquellos inolvidables versos: «Una dama se vende a quien la quiera. / En almoneda está, ¿quieren compralla? / Su padre es quien la vende, que aunque calla / su madre la sirvió de pregonera.»

    Lope rehizo su vida después de tan doloroso trance (que evocaría años después en La Dorotea) y pudo volver a Madrid, cuyo pueblo olvidó pronto aquel suceso y siguió disfrutando con sus comedias. Más desgraciado fue el caso de Oscar Wilde, dramaturgo muy querido también por el público londinense. Wilde creyó que su ingenio podría derribar y hacer sucumbir el puritanismo de la sociedad victoriana; trató de poner en evidencia la doble moral, la hipocresía de una plutocracia que, por otro lado, había ensalzado su teatro hasta la cumbre. El pérfido marqués de Queensberry lo derrotó en el juicio. Desde el estrado, ventiló el contenido de sus cartas íntimas y animó a los chaperos de los bajos fondos a declarar todo tipo de calumnias. La cárcel de Reading acabó de aniquilarlo. El amor de Wilde hacia el joven Bosie, tercer hijo del marqués, fue casto y recatado platónico podríamos decir, pero la sentencia de sodomía recayó sobre el escritor haciendo trizas su reputación e invalidando su obra.

    En la España sanchista, los códigos morales han sido dados la vuelta como un calcetín que salga de la lavadora, pero nada ha cambiado respecto a la reprobación de quienes se atrevan a poner en solfa la ideología instalada hoy en el poder. Si tu verbo proclama que existen las mujeres con pene, que matar al niño en el vientre es un derecho de la madre, que Franco fue un exterminador o que el cambio climático es el culpable del desbordamiento de los ríos, recibirás el beneplácito de los grupos de presión, tu camocha quedará tocada con una aureola de escritor comprometido y tu obra será promocionada por las editoriales más influyentes. El que se atreva, en cambio, a cuestionar lo antedicho, que se prepare para el linchamiento.

    Así que la mordaza se impone en todos los ámbitos, con esa variante tan perversa de la autocensura. También en el aula los profesores vemos mermada nuestra libertad de cátedra. La acción tutorial exige del docente enfocar determinados temas polémicos y adoptar una posición ante ciertas coyunturas. ¿Y quiénes son los encargados de velar por el discurso políticamente correcto? No hace falta ningún delegado del partido (el inspector ya se hará presente antes o después). Los padres son los encargados de presentar su queja y denunciar a ese maestro que se atreve a opinar contra la corriente.

  • La visita del Papa

    León XIV llegó a España en la mañana del 6 de junio de 2026, como todo el mundo sabe. Sus citas más urgentes en Madrid incluían reuniones de estado con el rey y el presidente del gobierno. En la primera noche pasada en la nunciatura, sin embargo, el Papa durmió mal. Monseñor Gaetano D’agostino, secretario de prensa en la embajada apostólica, ha declarado recientemente que Prevost tuvo un sueño profético en el que san Miguel arcángel le mostró el futuro de Europa. Los campanarios de las iglesias veíanse trocados en altos minaretes, los partidos islamistas copaban las mayorías parlamentarias y sólo un exánime resto de íntegros cristianos resistía la persecución desde lo hondo de cuevas y catacumbas. Muchos de ellos morían martirizados en las plazas públicas, al negarse a apostatar de su fe, proclamando a Jesucristo como Hijo de Dios.

    Impresionado por las imágenes de caos, abandono y destrucción, el Santo Padre canceló ese día todos los compromisos y, de manera inusitada, dirigió su comitiva a la sierra de Madrid. Tras una parada en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde se encontró con sus hermanos agustinos, el Papa expresó su intención de visitar la basílica del Valle de los Caídos. El cardenal Cobo, principal anfitrión, desaconsejó al pontífice tamaña osadía, advirtiendo de las consecuencias para la Iglesia española. Y así, cuando la comitiva dejó la comarcal M-600 para adentrarse en el bosque de Cuelgamuros, los coches de los miembros de la Conferencia Episcopal retornaron a Madrid. No estaban conformes los obispos españoles con la ruptura del protocolo y, temiendo represalias por parte del gobierno, corrieron a sus despachos con el objeto de aplacar la reacción de la hidra social comunista.

    Todos hemos visto las fotos de la llegada a la explanada. La comunidad benedictina lo esperaba a la puerta de la basílica, en medio del fragor de las taladradoras y excavadoras que ya trajinaban en la obra de reconversión del Valle en museo de la Memoria. Conocemos también las imágenes del momento en el que el Santo Padre se detuvo delante del altar mayor: su postración, sus lágrimas, su profunda zozobra.

    La decisión de hospedarse en la abadía sorprendió a la nación entera. Isabel Celá, egregia embajadora en el Vaticano (muy católica ella, muy socialista también) fue llamada a consultas, al tiempo que se requería al mismo nuncio, monseñor Piero Pioppo, desde la dirección del Ministerio de Exteriores. De nada sirvieron las condenas públicas ni la gestión diplomática. León XIV había decidido establecer la casa pontificia en el Valle de los Caídos por tiempo indefinido. Como respuesta a este valiente gesto, el pueblo de Dios acudió en masa hasta la Cruz de la montaña. Las fuerzas de seguridad trataron de detenerlos, hubo cargas y represión, hasta que los primeros muertos fueron ensalzados como protomártires de un resurgimiento de la fe católica y el gobierno decidió dar marcha atrás. Las obras de resignificación quedaron paralizadas, las máquinas se retiraron, los peones desaparecieron, la guardia de asalto detuvo su actuación.

    El Papa comenzó a celebrar la Misa dominical en el altar mayor. Los monjes cantaban acompañados por el coro de voces blancas. La liturgia pontificia recobró una belleza olvidada. Sus Sermones martiriales, como se los conoce desde entonces, se difundieron por todo el orbe y fortalecieron la fe de millones de católicos. En ellos, el Papa condenaba los errores que, tanto dentro como fuera de la Iglesia, habían producido la decadencia de Occidente. Miles de neófitos eran bautizados diariamente. León XIV predicaba desde la Cruz más alta del mundo, convertida en faro de una humanidad herida. Los confirmó en la fe de Cristo, los animó a la esperanza. Al cabo de un año, el Papa decretó la supresión del misal de 1970 y el retorno al rito romano tradicional. Los enemigos de la Iglesia no lo soportaron más. Después, al publicarse la noticia de la muerte de León, corrió el rumor de su envenenamiento. Tras las exequias y el entierro en su amado Valle, los cardenales reunidos en Roma eligieron a Urbano IX. Han hecho falta siete pontífices más, todos ellos mártires, para que la Iglesia Católica consiga restaurar, finalmente, el esplendor perdido.

  • La zoomorfosis

    Onofre Valle tenía diez años cuando el confinamiento. Los meses de encierro en casa, apartado de los juegos con otros niños Onofre Valle es hijo único, y los dos años y medio que vivió con su rostro tapado por la mascarilla agudizaron su retraimiento y hurañía, sus rarezas, su necesidad de distinguirse. Hicieron falta varios meses de terapia con el doctor Timoneda para superar el síndrome de la cara vacía. El proceso fue doloroso, pero al fin consiguieron retirarle el embozo y dejar sus lindas facciones de niño agraciado a la vista de todos. Acabando la pandemia, recibió un diagnóstico muy ajustado a sus características, para alivio y alegría de sus padres. Ellos esperaban que a partir de entonces, siendo tratado de manera especial, de acuerdo a su condición, desaparecerían todos los problemas.

    Onofre Valle obtuvo su primer teléfono móvil a los once años. Al cabo de seis meses, su perfil de Instagram ya contaba con quinientos seguidores. Entró en contacto con integrantes de la moda Harajuku y comenzó a transformarse en un anime japonés, estilo Cosplay según un avatar Naruto Uzumaki. Volvió a la consulta del doctor Timoneda, el cual alentaba al muchacho en esta apasionante tarea de buscar la diferencia. Tranquilizó a los padres diciendo que, bueno, al fin y al cabo el chico estaba tratando de reforzar una personalidad fuera de lo común. Tiempo después, Onofre Valle alcanzó los cuatro mil seguidores al declarar en un reel su pertenencia al género fluido. Entonces comenzó a percibir la incomprensión de sus compañeros, pero este rechazo, lejos de hundirlo, lo estimuló en su proceso de significación. Onofre Valle estaba destinado a algo que no conseguía definir todavía; algo que haría de él un ser distinto y muy, muy especial; algo que llamaría la atención del mundo entero.

    A los quince años conoció, viendo vídeos en Tik Tok, los primeros casos de chavales convertidos en bestias. Se miró en el espejo y entendió el origen de su sufrimiento. Tantos años soportando un rostro que no era el suyo, tantos años sin querer reconocer que su alma humana no era otra cosa que un instinto de ave lacustre. Por esta razón su cuerpo, al crecer, se había vuelto larguiducho y afilado. Ese apodo que tanto le doliera «patas de alambre» le llamaban, tenía que recibirlo ahora como un alago. Era el momento de tomar las riendas. Adoptaría la forma adecuada, corrigiendo a la cruel naturaleza. Dios había equivocado la carcasa, pero él se encargaría de rectificar su modelado.

    El doctor Timoneda aconsejó a sus padres no impedir esta nueva veleidad. Recurrieron a un taxidermista para la confección de la máscara y demás accesorios. Onofre Valle embutió sus brazos en dos grandes alas de plumas negras, blancas y rosadas. Cubrió su torso con una funda de suaves hilos de cachemira y sus delgadas piernas, ahora denominadas patas con total propiedad, quedaron desnudas para siempre, a la espera de que un tatuador grabara en su piel el dibujo de las estrías. Un cirujano, por último, extirpó el meñique de cada pie e implantó una membrana entre los dedos restantes.

    Su vida de Fenicoptero, vulgo flamenco rosado, no estuvo exenta de dificultades. En casa pasaba las horas muertas metido en la bañera, donde sus padres depositaban boquerones crudos para que Onofre los pescara con su prominente mandíbula inferior. En el colegio no salía de un rincón durante los recreos, sosteniéndose sobre una sola pata. Varios compañeros fueron sancionados por burlarse de él, varios profesores fueron despedidos por contradecir las pautas decretadas por los orientadores. En el aula instalaron una pecera para que el muchacho no echara de menos su natural ecosistema.

    Pero todo fue en vano. Onofre Valle comenzó a añorar a otros miembros de su especie. Los encuentros con chicos de su edad, también bestializados, no eran de su agrado. Sentía pavor hacia cánidos y gatos. Los flamencos, ya se sabe, son aves sociales, y Onofre Valle suspiraba por habitar una extensa colonia en las marismas onubenses.

    Una mañana de principios del otoño, emprendió el vuelo. Buscaba un clima más cálido donde pasar el invierno, en compañía de sus semejantes. Saltó desde un séptimo piso, deseoso de dejarse llevar por la corriente del cierzo.

  • La catedral

    El visitante arriba a la ciudad antigua repleto de emociones. La torre de la catedral se recorta contra un cielo azul profundo en este día soleado de mediados de febrero. Durante un largo rato contempla la portada, con su piedra vieja y desgastada. Conoce los tesoros que se guardan en su interior; ha estudiado cada detalle de sus cinco naves, la composición de todas sus capillas, el portentoso retablo del altar mayor, su rica sacristía, su sala capitular con techo artesonado y friso de murales cuatrocentistas. Quiere dirigir una plegaria a Dios y presenciar alguna secuencia de la liturgia catedralicia. Sabe, no obstante, que su deseo es vano, porque la catedral el templo primado de la Iglesia española ya no alberga el milenario culto para el cual fue creada. La catedral, desde que desapareció la antigua y venerable Misa católica, ha devenido en cascarón vacío. El visitante ha dejado de sentir ese hondo temor que lo sacude por dentro cada vez que ingresa en un espacio sacro. La catedral es ahora nada más que un museo; un portentoso museo de ochocientos años de historia, salvado del saqueo y de la furia de milicianos e iconoclastas. Pero lejos, muy lejos está de aquella exuberante fábrica en la que trajinaba el cabildo en pleno; hervidero de capellanes, racioneros, organistas, niños de coro, niños acólitos, mayordomos, seminaristas, chantres y maestrescuelas.

    Antes de cruzar el pórtico de la fachada sur, debe pagar su entrada en la oficina de Patrimonio. Le ocurre con frecuencia que, al tiempo de realizar el abono, acaba desahogando su indignación, que suele recaer sobre el taquillero, el cual no tiene culpa de nada, el pobre hombre:

    Yo vengo aquí a rezar, y me encuentro con este tinglado.

    Pues si trae usted esas ansias, vaya a la capilla del Santísimo.

    Es que yo quiero hacerlo bajo las bóvedas de piedra, sobre las tumbas de los venerables cardenales, frente a los retablos y reliquias de las viejas capillas.

    Libre es usted de hacerlo entonces durante la visita.

    No, no acaba de entenderme. Yo quisiera participar de la liturgia. Ver salir a un canónigo para decir la Misa en la capilla de Santiago, luego a otro para el altar de San Ildefonso; ver procesionar al cabildo con sus trajes corales y asistir al canto del Oficio divino.

    Todo eso que dice ya no existe. Pero el domingo sí que sube el arzobispo a cantar la misa en el altar mayor. Y si lo que usted desea es un viaje en el tiempo, dentro del Programa Musical puede encontrar una reconstruccion del oficio litúrgico del siglo XIII.

    Sigue sin entenderme, señor, yo no busco figurantes ni recreaciones, sino aprehender el alma viva de nuestra catedral.

    De momento pague usted la entrada, si es tan amable. Mire la cola que se está formando.

    ¿Y por qué, siendo yo católico confirmado, tengo que apoquinar para entrar en el templo donde enseña mi obispo desde su cátedra?

    Son doce euros, caballero, hágame el favor. Voy a tener que avisar a Seguridad.

    Y como el visitante no deja de reclamar sus derechos de católico ultrajado («¡Nos han robado los templos dice en voz alta, nos han usurpado el rito milenario!»), acuden en seguida dos guardias de porra y pinganillo. Al negarse a desembolsar el dinero de la entrada, lo echan a un lado para que el público pueda ser atendido. La oficina de Patrimonio es una torre de Babel donde se habla chino, japonés, bengalí, alemán, sueco, árabe y, por supuesto, la lengua del pirata, en la que están escritas todas las cartelas. Él, por su parte, continúa exponiendo sus razones a los guardias, que no entienden la queja de que el rito mozárabe se diga ahora en castellano ramplón. Le empieza a parecer que esos dos sujetos discurren peor aún que el taquillero, y pide hablar con el caciller de la diócesis. En ese momento lo agarran de las axilas y lo sacan a la calle. «¡Simonía, simonía!», va gritando el visitante. Y unos turistas escoceses sacan fotos con su esmarfon, creyendo reconocer en su prestancia el auténtico rostro de un Quijote revivido. Al poco llega un coche de los nacionales y un agente le pide que se identifique. «¡Mi religión es la Belleza!», se le oye decir cuando ya se lo llevan. «¡Redención al Redentor!», le despiden cantando las bíblicas figuras que ocupan su sitio allí al lado, en las jambas y arquivoltas del Pórtico de los Leones.

  • La patria: su himno y su bandera

    Al hilo de una polémica surgida en X (antiguo Twitter) recientemente, acerca de la pertinencia de hacer visibles los símbolos patrios dentro de las aulas, me he planteado las siguientes reflexiones: ¿A quién molesta la bandera de España colgada en la pared de una clase? ¿Es el aula un espacio adecuado donde pueda volver a aprenderse el amor a la patria? ¿Qué pasa en nuestro país para que estemos haciéndonos este tipo de preguntas?

    La primera de ellas tiene fácil respuesta: la bandera la sacan los alumnos y es repudiada por algunos profesores, que usan de su poder y su influencia para aherrojar ese vuelo rasante, esa tímida manifestación de afecto y orgullo. Los panolis que así actúan, bien los conozco, piensan que en el nuevo orden mundial no caben las naciones históricas. Desplegar la bicolor significa invocar una misión, un ideal colectivo que atenta contra el individualismo ramplero del que ellos presumen, irredentos prosélitos de la cultura de la cancelación. Se abre aquí una brecha generacional. Ante la ruptura de España, ante el triste derrumbe de los muros de la patria, los más jóvenes imploran su restauración, unidad y fortaleza, en tanto que los mayores esbozan sardónica sonrisa, dan media vuelta y celebran la demolición desde la atalaya de una capciosa superioridad moral. Son los títeres de la antiespaña. Las otras dos cuestiones arriba formuladas parecen más complejas, y voy a tratarlas a partir de mi experiencia.

    La fiesta grande del colegio en el que paso todas mis horas era St. Patrick´s Day, por eso del bilingüismo y sus mandangas, hasta que un grupo de profesores nos plantamos y decidimos celebrar la Hispanidad al mismo nivel que San Patricio (una fiesta, por otro lado, muy católica). La dirección nos apoyó incondicionalmente y, al cabo de tres años, el 12 de octubre se convirtió en el día más entrañable del curso. Adoptamos a la Virgen del Pilar como patrona y organizamos una procesión llena de gala y ornato, en la que acabó implicada toda la comunidad escolar y, por extensión, el pueblo entero (pertenecemos a Arroyomolinos, localidad del suroeste de Madrid). Desde entonces, el equipo docente prepara los fastos de la Hispanidad programando tres ámbitos de contenidos transversales: la obra de civilización en América, la advocación del Pilar y el conocimiento de los símbolos nacionales (bandera, escudo e himno). Yo les imparto una lección sobre la historia del pabellón de la Armada ideado por don Antonio de Valdés en 1785. Estudiamos el Real Decreto de 1843 que lo eleva a bandera nacional y, pasando por el paréntesis de la segunda república, llegamos a la actual versión, que tampoco es la mejor de todas. Como consecuencia de este saber, los alumnos adoptan su bandera con total naturalidad, y así ocurre que en muchas clases de ESO y Bachillerato resulta habitual encontrar colgada en el corcho, presidiendo el aula, la bandera constitucional de 1978. El alma de los adolescentes por mal que les pese a los odiadores de la patria suele ser un campo fértil para el cultivo de los mejores sentimientos.

    También canto con ellos el himno nacional. Me lo pidieron una vez que comentamos el triste hecho de no poder canturrearlo en los partidos de fútbol, mientras el resto de países sí lo hacen llevándose la mano al corazón. Les pongo la letra de Eduardo Marquina, la que escribió para las bodas de plata de Alfonso XIII. La de Pemán no la saco por eso de las leyes de memoria. Es lo que tiene vivir en un país socialista. Marco sinalefas y señalo los acentos en la pizarra. Ensayamos un par de veces y a última hora, después de rezar el Ave María, mis alumnos entonan su himno desafinando un poco, eso sí, qué le vamos a hacer; pero henchidos de emoción.

    Hay quien me dice que la Marcha de Granaderos no tiene letra oficial, lo cual es cierto. Existen dos versiones, y ninguna de las dos ha sido ratificada por decreto. Todos sabemos a qué responde esta maquiavélica decisión. La música orquestal está bien para desfiles o salas de concierto. Si lo que se quiere, en cambio, es unir a una comunidad política, la melodía ha de juntarse con la palabra. Porque la Patria es algo más que una circunstancia histórica o una forma constitucional. La tierra que pisamos es sagrada. Y sólo al cantarla, rodeada de un nimbo ineflable, logramos expresar todo el amor que nos inspira.

  • Los cuatro ojos

    He sido un aprensivo oftálmico toda mi vida. Al ser la actividad visual el ámbito predominante de mi cerebro, he sufrido desde niño una escopofilia que ha nutrido gozosamente mi trabajo de pintor, dibujante y escritor. Como consecuencia de esta hipertrofia, la salud de mis ojos me ha obsesionado siempre, y he sobrellevado mi doble cualidad de miope y astígmata sometiendo a los oculistas (tanto en consulta como después, en la óptica, a la hora de calibrar los cristales de mis gafas) a largos y complejos rogatorios con el propósito de paliar mis numerosas dolencias reales o imaginarias y conseguir una visión más que perfecta.

    Ahora que sobrepaso los cincuenta, sonrío al recordar las patologías más tempranas, como aquel trance en el que descubrí, entristecido, las suciedades del humor vítreo y hube de aceptar que esas culebrillas flotando en el campo visual bajo condiciones de luz muy brillante no me abandonarían nunca.

    Convertido, según digo, en un quincuagenario de tomo y lomo, asumo la decadencia sensorial como un desenlace ineludible después de cinco décadas de ancha y deleitosa apertura al mundo, a través de estos canales en los que la vista ha desempeñado una función predominante. La presbicia, como era de esperar, se ha agregado a la lista de mis achaques. Hace tres años comprobé que la lectura se volvía una tarea cada vez más costosa. Unas lentes progresivas solucionaron el problema, si bien tardé tiempo en acostumbrarme. Pero nada es comparable al momento de pasar por el quirófano. Pues no hay zona más sensible en el varón talludo quitando la parte baja que el blanco de los ojos; y a esta membrana ha venido a tocar el hábil cirujano, haciendo realidad un terror primario, presente en mi mollera desde los juegos de la infancia: el que le metan a uno el dedo en el ojo.

    No se me altere el lector con este aviso; pierda cuidado y disculpe mi querencia por la hipérbole. Porque, en verdad, ha sido cosa de poco. Un orzuelo derivado en quiste que me afeaba el párpado derecho; un absceso; una pústula extraña que debía ser extirpada más tarde que pronto (desde el preoperatorio hasta la intervención han pasado tres meses). Enfermeras y auxiliares quitaban hierro al asunto: «Usted no se preocupe, que esto va a ser rápido». Y yo les tomaba la palabra, ufano de mí, pensando que el brete iba a ser un paseíllo.

    Así que arribé al hospital contento y despreocupado. La larga espera en la antesala, sin embargo, me nubló el entendimiento; en dos horas la chaveta acaba dando demasiadas vueltas. Pasaba delante de mí todo tipo de gente: muchos ancianos; algún joven; maduritos como yo. Me sorprendió la abundancia de señoras con pañuelo en la cabeza y túnica de ribetes, y por un momento creí hallarme en alguna ciudad norteafricana. Entro al fin en boxes, me desnudan, me colocan la vía: la cosa se pone seria. A mi diestra hay un señor con desprendimiento de retina, está dilatando pupilas sin conseguirlo del todo; a mi siniestra tengo a un mozo con el pecho y los brazos cuajados de tatuajes, que calma los nervios hablando sin parar. Vienen dos enfermeros a llevárselo primero. Por el camino maldice las hemorroides que lo han traído hasta este extremo. «Oh, paradójica existencia digo en mi interior; que unos seamos operados de nuestro ojo, luminaria de la mente, mientras otros han de serlo del ojete, sumidero de inmundicias y bocina de los ocho vientos». Y comparo el quiste de mi párpado con los forúnculos que han de poblar la zona baja de aquel desdichado. Llega mi turno y soy conducido a la mesa del suplicio en una silla de ruedas. Entonces comienza la carnicería. El cirujano me reprocha haber esperado tanto tiempo en someterme a la extirpación.

    He hablado de los ojos de la cara y del ojal inmundo, pero no he dicho nada del cuarto de los óculos a los que alude el título. El cual no es otro que el ojo del cíclope, asentado en mitad de la frente, órgano ancestral, invisible e inexistente para aquellos que no quieren ver más allá de sus narices. Su designio profético, empero, que en mí es pronunciado, me fue avisando de todo y terminó por darme la respuesta. Con más de tres millones de ilegales convertidos en ciudadanos españoles, en los últimos seis años, por arte de birlibirloque, ¿cómo no va a llegar uno tarde a la mesa de operaciones?

  • Castilla mística

    Domingo Pérez es un pueblo toledano de apenas cuatrocientos habitantes. Pertenece a la comarca del Horcajo de Santa María, un pedazo de llanura comprendido entre el Tajo y el Alberche; villas y lugares en los que abundan el cereal, los olivos y las huertas. Al ser una campiña limpia de pedregales, recibe desde antaño la denominación de Tierra Dulce. La mitad de mi familia procede de allí. Cuando niño, veranos enteros los pasé en la casa de mis abuelos, disfrutando de una libertad que hoy nos resulta inconcebible. Por aquel entonces, la plaza y las callejas eran un hervidero de gentes. La población triplicaba el censo actual.

    Domingo Pérez ha sido siempre una comunidad piadosa. Su parroquia de la Purísima es la joya de la comarca; el único templo del Horcajo que se salvó de la ira de los milicianos, al estallar la guerra en el año treinta y seis. Ricos artesonados cubren la iglesia, cuya traza principal data del siglo XV, y espléndidos retablos colman sus muros blancos, la mayor parte confeccionados en el siglo XVIII, en pleno delirio churrigueresco. El amor a la Virgen María se concreta allí en la advocación del Prado, con una imagen sedente de Nuestra Señora que nada tiene que envidiar a las tallas de Talavera o de Ciudad Real. Al ser Domingo Pérez un villazgo agrícola, sus labradores han rendido culto a san Isidro desde antiguo, orgullosos además de haber acogido a su hijo san Illán, que trabajó en las tierras de Julián de Vargas, asomadas ya a la vega del Tajo, antes de hacerse ermitaño en la cueva de Bolobras, junto al fuerte Villalba. La otra gran devoción del pueblo es la que rinden a san Blas. Su cofradía ha cumplido este año tres siglos y medio de andadura. Efeméride que han celebrado por todo lo alto, editando un cronicón a cargo de Félix Martín Verdejo, historiador local. También han recibido el pasado domingo la visita apostólica de don Francisco Cerro, arzobispo de Toledo.

    No tiene otro modo de supervivencia este pueblo castellano epítome de todos los que conforman el Horcajo, que el de conservar sus fecundas tradiciones. A san Blas lo festejan con una gran hoguera nocturna, con sabrosas roscas de anisete (debidamente bendecidas) y con una procesión en la que los cofrades lucen capa, medalla y cirio como mandan los cánones de sus centenarios estatutos. Pero Domingo Pérez y todos los pueblos de la comarca están heridos de muerte. Apenas unos pocos paisanos cultivan ya la campiña, que languidece. El ganado lanar ha desaparecido. Una decena de pastores salían de careo diariamente cuando yo era niño. Las familias autóctonas que permanecen en el pueblo son cada vez menos, en tanto que nuevos pobladores comienzan a llegar atraídos por el bajo precio de las casas que malvenden los legatarios de la ciudad, presurosos de romper las últimas ataduras.

    Creen los habitantes de Domingo Pérez, los descendientes de aquellos labriegos que fundaron la Hermandad de San Blas, que su supervivencia pasa por modernizar las tradiciones. Disfrutan con la liturgia nueva, dicha en lengua vernácula; tienen olvidado el latín de san Jerónimo y no quieren saber nada de cuando el cura les daba la espalda al celebrar. Están orgullosos de haber admitido a mujeres en una cofradía masculina; esperan con ansia la llegada de las diaconisas y el momento en que una mujer sacerdote consagre el Cuerpo de Cristo en el altar mayor. Hay que adaptarse a los tiempos: ecumenismo, igualitarismo, multiculturalidad.

    El apego a las tradiciones, sin embargo, no va a servirles de nada si no se sacuden de encima el pensamiento dominante. Antes que al costumbrismo, los domingoperanos deberían acogerse a la Tradición católica, sin temor al insulto de los enemigos de España. Porque la Tradición no admite componendas. Su corpus de verdades perennes no puede negociarse, ha de aceptarse entero. Recuperar el genuino rito romano, la Misa de siempre, centraría sus espíritus en esta excelsa misión. ¿Les concedería el retorno a la liturgia antigua su querido arzobispo, don Francisco Cerro? Seguro que no, aunque a la Virgen del Prado me parece no va a gustarle nada compartir el trono con una estatuilla de Buda, el Siddhartha Gautama, ni transformar la espadaña de su ermita en un airoso minarete.

  • El bilingüismo de la Comunidad de Madrid

    Me dicen algunos lectores que he sido un poco tajante en mi afirmación de la columna anterior, en la que sostuve que el bilingüismo implantado por Esperanza Aguirre en los centros escolares de la Comunidad de Madrid ha resultado un completo fracaso. Me indica un amigo que no aporto ningún argumento al juicio declarado, y no le falta razón, pero tampoco es mi intención organizar ahora una diatriba. Adelantándome a otras objeciones venideras, voy a responder a hipotéticos reproches de la mejor manera posible.

    ¿Quién es usted para afirmar tal cosa, de dónde le viene esa autoridad? Alzo mi voz en este asunto porque no soy ajeno a él. Llevo dedicado a la enseñanza veintisiete años y conozco a fondo el sistema educativo español, hasta sus más recónditas entretelas. He sido testigo de la degradación legislativa y he sufrido en mi propia carne las consecuencias del tejemaneje de los políticos. Mi carrera profesional, como la de muchos otros compañeros, se ha visto perjudicada por el hecho de no poseer los títulos del British Council, una situación que clama al cielo (y al Tribunal Constitucional) teniendo en cuenta que el área de mi competencia las Bellas Artes nada tiene que ver con la lengua inglesa. A pesar de ello, suelo afrontar estas cuestiones evitando el rencor personal. Lo que más me preocupa es el daño causado a los alumnos.

    Y sin embargo, parece usted enemigo de que aprendan el inglés, una lengua que proporciona tantas oportunidades a los jóvenes de hoy. Nada de eso, señor. Lo que yo critico es la colonización cultural a la que llevamos sometidos desde que Eisenhower vino a ver a Franco, una rendición agravada en las últimas décadas por la querencia anglófila de los neoliberales, rasgo que también comparten los socialistas y la misma Corona (su Majestad es miembro de la Orden Jarretera).

    ¿Y por qué razón han fracasado estos programas? Porque su objetivo no era el de mejorar la enseñanza del primer idioma extranjero, una materia que ya disfrutaba de todo tipo de prebendas dentro del currículo escolar. El bilingüismo de Esperanza Aguirre, mantenido por su actual sucesora en el cargo, pretendía coaccionar a una población romance para que adoptara como segunda lengua materna el idioma de la Gran Bretaña. Se decía a los padres que sus hijos, al egresar de la enseñanza obligatoria, dominarían ambas lenguas con absoluta perfección.

    Pues los hijos de mi amigo Zutano hablan el inglés como si fueran nativos, no se crea. El dominio de una segunda lengua está al alcance de muy pocos. Y aquí reside el error de base: nunca podremos convertir Móstoles en Bristol… ¿o vamos camino de ello? Los únicos alumnos realmente bilingües que yo he conocido son aquellos cuya familia o parte de ella procede de países anglosajones. Después están los que pueden permitirse una larga estancia en el extranjero, pero éstos pertenecen a una minoría privilegiada.

    Exagera usted, hombre. Ahora nuestros chavales hablan el inglés mucho mejor que antes. Algo habremos mejorado, al fin y al cabo. Lo hablan muy bien unos pocos, insisto. Los demás solventan la asignatura como pueden, mejor o peor. Esta diferencia provoca, a menudo, situaciones de desigualdad. El programa obliga a la segregación y fomenta el elitismo, pues sólo puede elevarse el nivel creando grupos bilingües exclusivos. Imagínese, por un momento, cómo habrá de ser la fauna que atiborre el grupo de «los más torpes».

    Si el invento se mantiene, será porque funciona. Las evaluaciones oficiales presumen de transparencia, pero no son otra cosa que una sutil propaganda. Se ha dado marcha atrás en las mayores aberraciones, como enseñar la Historia de España en el idioma del pirata. Pero sigue habiendo un desajuste entre los conocimientos gramaticales y el despliegue de las materias que se imparten en inglés. En los cursos más bajos, mientras los alumnos de nivel medio aprenden a duras penas el verbo “to be”, en Science ya están estudiando la fotosíntesis o el ciclo del agua.

    ¿Y todo esto lo sacan adelante profesores españoles? Sí. Su hijo puede asistir a clase de Technology disfrutando de un pintoresco «spanglish» con acento turolense.

    Pues vaya un esperpento que han montado. Ni más ni menos, lo que yo decía: una cacharrería estrepitosa.

  • Los hermanos Brothers

    Aquella canción de La Trinca que presentaba a tres señoronas cuestionando las bravatas del cipote nacional (gruesa parodia de las hermanas Andrews, tan distintas), titulada con un pleonasmo inolvidable las Hermanas Sisters, fue una premonición de los actuales tiempos, cuando darse un garbeo por la calle Alcalá vale lo mismo que pisar las baldosas de Picadilly Circus. El idioma del pirata lo invade todo. Se presenta ante nosotros con un aire de caballero colonial, vistiendo una casaca de terciopelo azul prusiano y ribetes rojiblancos. Su cara de sierpe se disfraza con las máscaras del prestigio cultural, de la más alta ciencia, del rentable mercadeo. La lengua inglesa se extiende por las urbes, villorrios, tarimas y cotarros de esta España nuestra, esta España que agoniza, desde hace varias décadas, en medio de una crisis de identidad.

    La situación ha llegado a extremos ridículos e insoportables. Basta con observar cómo el argot urbano de nuestros jóvenes, ese hablar chulesco y reivindicativo con el que buscan diferenciarse, trae mermadas las facultades creativas y es un nítido reflejo de su precariedad a la hora de explicarse en los chateos de sus redes sociales. «Mira, bro, estoy sin datos, vaya fail». De la jerga cheli que tan bien definió y supo remedar Francisco Umbral, apenas queda nada en los muchachos madrileños de hoy. Campeando por el barrio, nosotros nos decíamos macho o tío o colega. Ahora estrechan los vínculos de una entrañable hermandad, pero en lugar de tildarse de fratres o fratelli ya que las hablas suburbanas suelen recurrir a las voces extranjeras eligen el anglicismo porque sí, porque queda «kawaii». Y además acortan el término, hasta generar ese monosílabo ruin, zarrapastroso, con el que se llenan la boca de continuo como si la mordida de una madalena se les hiciera bola. «Anda, bro, por dónde sale el boomer este, más rándom que el meme de su grandpa». Pero un servidor, a estas alturas, está curado de espanto, y no se escandaliza por oír a sus alumnos hablar a su manera, pues jerigonzas tuvo el castellano desde las primeras jarchas, qué demontre. De lo que uno echa pestes es de la dejadez con que muchos españoles manejan la lengua de Cervantes, y de la mansedumbre que les tiene clavados en el sofá, teléfono en mano, dejando que su idioma se empobrezca y se deje colonizar por esta clase de parásitos.

    Y cómo no van a rendir pleitesía al pirata de Buckingham Palace nuestros jóvenes hodiernos, si la Escuela en la que aprenden sus primeras, medianas y postreras letras presume de ser ella misma una sucursal del British Council. Y lo es realmente, al cabo de quince años de aplicar unos programas bilingües que de ninguna manera han conseguido su objetivo. Pues no otra cosa tenía en la cabeza la inventora del engendro la anglolunática Esperanza Aguirre, que gustaba de tomar el té con Emma Thomsom levantando los meñiques, no era otro su pensamiento que el de injertar la ruda fonética sajona en el árbol dorado de la lengua romance más poderosa de la tierra. No se trataba de reforzar el idioma extranjero; se buscaba, más bien, inyectar en las venas de los alumnos españoles la brea que corrió por las arterias del nefasto Horatio Nelson. Y consumaron la felonía en el centro de Castilla, en el corazón del Reino que impulsó el descubrimiento y civilización del continente americano. Pero los programas bilingües de la Comunidad de Madrid, dígase alto y claro, han supuesto un fracaso rotundo, una cacharrería estrepitosa.

    El paso del tiempo ha demostrado que aquello no fue más allá de la engañifa electoral. El chapurreo del inglés sigue siendo igual de precario, lo mismo hoy que ayer, en el alumno medio. Y lo único que han conseguido ha sido apartar al educando del cultivo de su lengua madre, acrecentar su síndrome de desarraigo y mustiar el amor que a la Patria han de profesar sus tiernos hijos. «No da cringe ni nada, bro, la chapa que ha soltado el viejo». Pues eso. La mayor estafa de nuestra democracia.