Categoría: La fina matraca

  • La patria: su himno y su bandera

    Al hilo de una polémica surgida en X (antiguo Twitter) recientemente, acerca de la pertinencia de hacer visibles los símbolos patrios dentro de las aulas, me he planteado las siguientes reflexiones: ¿A quién molesta la bandera de España colgada en la pared de una clase? ¿Es el aula un espacio adecuado donde pueda volver a aprenderse el amor a la patria? ¿Qué pasa en nuestro país para que estemos haciéndonos este tipo de preguntas?

    La primera de ellas tiene fácil respuesta: la bandera la sacan los alumnos y es repudiada por algunos profesores, que usan de su poder y su influencia para aherrojar ese vuelo rasante, esa tímida manifestación de afecto y orgullo. Los panolis que así actúan, bien los conozco, piensan que en el nuevo orden mundial no caben las naciones históricas. Desplegar la bicolor significa invocar una misión, un ideal colectivo que atenta contra el individualismo ramplero del que ellos presumen, irredentos prosélitos de la cultura de la cancelación. Se abre aquí una brecha generacional. Ante la ruptura de España, ante el triste derrumbe de los muros de la patria, los más jóvenes imploran su restauración, unidad y fortaleza, en tanto que los mayores esbozan sardónica sonrisa, dan media vuelta y celebran la demolición desde la atalaya de una capciosa superioridad moral. Son los títeres de la antiespaña. Las otras dos cuestiones arriba formuladas parecen más complejas, y voy a tratarlas a partir de mi experiencia.

    La fiesta grande del colegio en el que paso todas mis horas era St. Patrick´s Day, por eso del bilingüismo y sus mandangas, hasta que un grupo de profesores nos plantamos y decidimos celebrar la Hispanidad al mismo nivel que San Patricio (una fiesta, por otro lado, muy católica). La dirección nos apoyó incondicionalmente y, al cabo de tres años, el 12 de octubre se convirtió en el día más entrañable del curso. Adoptamos a la Virgen del Pilar como patrona y organizamos una procesión llena de gala y ornato, en la que acabó implicada toda la comunidad escolar y, por extensión, el pueblo entero (pertenecemos a Arroyomolinos, localidad del suroeste de Madrid). Desde entonces, el equipo docente prepara los fastos de la Hispanidad programando tres ámbitos de contenidos transversales: la obra de civilización en América, la advocación del Pilar y el conocimiento de los símbolos nacionales (bandera, escudo e himno). Yo les imparto una lección sobre la historia del pabellón de la Armada ideado por don Antonio de Valdés en 1785. Estudiamos el Real Decreto de 1843 que lo eleva a bandera nacional y, pasando por el paréntesis de la segunda república, llegamos a la actual versión, que tampoco es la mejor de todas. Como consecuencia de este saber, los alumnos adoptan su bandera con total naturalidad, y así ocurre que en muchas clases de ESO y Bachillerato resulta habitual encontrar colgada en el corcho, presidiendo el aula, la bandera constitucional de 1978. El alma de los adolescentes por mal que les pese a los odiadores de la patria suele ser un campo fértil para el cultivo de los mejores sentimientos.

    También canto con ellos el himno nacional. Me lo pidieron una vez que comentamos el triste hecho de no poder canturrearlo en los partidos de fútbol, mientras el resto de países sí lo hacen llevándose la mano al corazón. Les pongo la letra de Eduardo Marquina, la que escribió para las bodas de plata de Alfonso XIII. La de Pemán no la saco por eso de las leyes de memoria. Es lo que tiene vivir en un país socialista. Marco sinalefas y señalo los acentos en la pizarra. Ensayamos un par de veces y a última hora, después de rezar el Ave María, mis alumnos entonan su himno desafinando un poco, eso sí, qué le vamos a hacer; pero henchidos de emoción.

    Hay quien me dice que la Marcha de Granaderos no tiene letra oficial, lo cual es cierto. Existen dos versiones, y ninguna de las dos ha sido ratificada por decreto. Todos sabemos a qué responde esta maquiavélica decisión. La música orquestal está bien para desfiles o salas de concierto. Si lo que se quiere, en cambio, es unir a una comunidad política, la melodía ha de juntarse con la palabra. Porque la Patria es algo más que una circunstancia histórica o una forma constitucional. La tierra que pisamos es sagrada. Y sólo al cantarla, rodeada de un nimbo ineflable, logramos expresar todo el amor que nos inspira.

  • Los cuatro ojos

    He sido un aprensivo oftálmico toda mi vida. Al ser la actividad visual el ámbito predominante de mi cerebro, he sufrido desde niño una escopofilia que ha nutrido gozosamente mi trabajo de pintor, dibujante y escritor. Como consecuencia de esta hipertrofia, la salud de mis ojos me ha obsesionado siempre, y he sobrellevado mi doble cualidad de miope y astígmata sometiendo a los oculistas (tanto en consulta como después, en la óptica, a la hora de calibrar los cristales de mis gafas) a largos y complejos rogatorios con el propósito de paliar mis numerosas dolencias reales o imaginarias y conseguir una visión más que perfecta.

    Ahora que sobrepaso los cincuenta, sonrío al recordar las patologías más tempranas, como aquel trance en el que descubrí, entristecido, las suciedades del humor vítreo y hube de aceptar que esas culebrillas flotando en el campo visual bajo condiciones de luz muy brillante no me abandonarían nunca.

    Convertido, según digo, en un quincuagenario de tomo y lomo, asumo la decadencia sensorial como un desenlace ineludible después de cinco décadas de ancha y deleitosa apertura al mundo, a través de estos canales en los que la vista ha desempeñado una función predominante. La presbicia, como era de esperar, se ha agregado a la lista de mis achaques. Hace tres años comprobé que la lectura se volvía una tarea cada vez más costosa. Unas lentes progresivas solucionaron el problema, si bien tardé tiempo en acostumbrarme. Pero nada es comparable al momento de pasar por el quirófano. Pues no hay zona más sensible en el varón talludo quitando la parte baja que el blanco de los ojos; y a esta membrana ha venido a tocar el hábil cirujano, haciendo realidad un terror primario, presente en mi mollera desde los juegos de la infancia: el que le metan a uno el dedo en el ojo.

    No se me altere el lector con este aviso; pierda cuidado y disculpe mi querencia por la hipérbole. Porque, en verdad, ha sido cosa de poco. Un orzuelo derivado en quiste que me afeaba el párpado derecho; un absceso; una pústula extraña que debía ser extirpada más tarde que pronto (desde el preoperatorio hasta la intervención han pasado tres meses). Enfermeras y auxiliares quitaban hierro al asunto: «Usted no se preocupe, que esto va a ser rápido». Y yo les tomaba la palabra, ufano de mí, pensando que el brete iba a ser un paseíllo.

    Así que arribé al hospital contento y despreocupado. La larga espera en la antesala, sin embargo, me nubló el entendimiento; en dos horas la chaveta acaba dando demasiadas vueltas. Pasaba delante de mí todo tipo de gente: muchos ancianos; algún joven; maduritos como yo. Me sorprendió la abundancia de señoras con pañuelo en la cabeza y túnica de ribetes, y por un momento creí hallarme en alguna ciudad norteafricana. Entro al fin en boxes, me desnudan, me colocan la vía: la cosa se pone seria. A mi diestra hay un señor con desprendimiento de retina, está dilatando pupilas sin conseguirlo del todo; a mi siniestra tengo a un mozo con el pecho y los brazos cuajados de tatuajes, que calma los nervios hablando sin parar. Vienen dos enfermeros a llevárselo primero. Por el camino maldice las hemorroides que lo han traído hasta este extremo. «Oh, paradójica existencia digo en mi interior; que unos seamos operados de nuestro ojo, luminaria de la mente, mientras otros han de serlo del ojete, sumidero de inmundicias y bocina de los ocho vientos». Y comparo el quiste de mi párpado con los forúnculos que han de poblar la zona baja de aquel desdichado. Llega mi turno y soy conducido a la mesa del suplicio en una silla de ruedas. Entonces comienza la carnicería. El cirujano me reprocha haber esperado tanto tiempo en someterme a la extirpación.

    He hablado de los ojos de la cara y del ojal inmundo, pero no he dicho nada del cuarto de los óculos a los que alude el título. El cual no es otro que el ojo del cíclope, asentado en mitad de la frente, órgano ancestral, invisible e inexistente para aquellos que no quieren ver más allá de sus narices. Su designio profético, empero, que en mí es pronunciado, me fue avisando de todo y terminó por darme la respuesta. Con más de tres millones de ilegales convertidos en ciudadanos españoles, en los últimos seis años, por arte de birlibirloque, ¿cómo no va a llegar uno tarde a la mesa de operaciones?

  • Castilla mística

    Domingo Pérez es un pueblo toledano de apenas cuatrocientos habitantes. Pertenece a la comarca del Horcajo de Santa María, un pedazo de llanura comprendido entre el Tajo y el Alberche; villas y lugares en los que abundan el cereal, los olivos y las huertas. Al ser una campiña limpia de pedregales, recibe desde antaño la denominación de Tierra Dulce. La mitad de mi familia procede de allí. Cuando niño, veranos enteros los pasé en la casa de mis abuelos, disfrutando de una libertad que hoy nos resulta inconcebible. Por aquel entonces, la plaza y las callejas eran un hervidero de gentes. La población triplicaba el censo actual.

    Domingo Pérez ha sido siempre una comunidad piadosa. Su parroquia de la Purísima es la joya de la comarca; el único templo del Horcajo que se salvó de la ira de los milicianos, al estallar la guerra en el año treinta y seis. Ricos artesonados cubren la iglesia, cuya traza principal data del siglo XV, y espléndidos retablos colman sus muros blancos, la mayor parte confeccionados en el siglo XVIII, en pleno delirio churrigueresco. El amor a la Virgen María se concreta allí en la advocación del Prado, con una imagen sedente de Nuestra Señora que nada tiene que envidiar a las tallas de Talavera o de Ciudad Real. Al ser Domingo Pérez un villazgo agrícola, sus labradores han rendido culto a san Isidro desde antiguo, orgullosos además de haber acogido a su hijo san Illán, que trabajó en las tierras de Julián de Vargas, asomadas ya a la vega del Tajo, antes de hacerse ermitaño en la cueva de Bolobras, junto al fuerte Villalba. La otra gran devoción del pueblo es la que rinden a san Blas. Su cofradía ha cumplido este año tres siglos y medio de andadura. Efeméride que han celebrado por todo lo alto, editando un cronicón a cargo de Félix Martín Verdejo, historiador local. También han recibido el pasado domingo la visita apostólica de don Francisco Cerro, arzobispo de Toledo.

    No tiene otro modo de supervivencia este pueblo castellano epítome de todos los que conforman el Horcajo, que el de conservar sus fecundas tradiciones. A san Blas lo festejan con una gran hoguera nocturna, con sabrosas roscas de anisete (debidamente bendecidas) y con una procesión en la que los cofrades lucen capa, medalla y cirio como mandan los cánones de sus centenarios estatutos. Pero Domingo Pérez y todos los pueblos de la comarca están heridos de muerte. Apenas unos pocos paisanos cultivan ya la campiña, que languidece. El ganado lanar ha desaparecido. Una decena de pastores salían de careo diariamente cuando yo era niño. Las familias autóctonas que permanecen en el pueblo son cada vez menos, en tanto que nuevos pobladores comienzan a llegar atraídos por el bajo precio de las casas que malvenden los legatarios de la ciudad, presurosos de romper las últimas ataduras.

    Creen los habitantes de Domingo Pérez, los descendientes de aquellos labriegos que fundaron la Hermandad de San Blas, que su supervivencia pasa por modernizar las tradiciones. Disfrutan con la liturgia nueva, dicha en lengua vernácula; tienen olvidado el latín de san Jerónimo y no quieren saber nada de cuando el cura les daba la espalda al celebrar. Están orgullosos de haber admitido a mujeres en una cofradía masculina; esperan con ansia la llegada de las diaconisas y el momento en que una mujer sacerdote consagre el Cuerpo de Cristo en el altar mayor. Hay que adaptarse a los tiempos: ecumenismo, igualitarismo, multiculturalidad.

    El apego a las tradiciones, sin embargo, no va a servirles de nada si no se sacuden de encima el pensamiento dominante. Antes que al costumbrismo, los domingoperanos deberían acogerse a la Tradición católica, sin temor al insulto de los enemigos de España. Porque la Tradición no admite componendas. Su corpus de verdades perennes no puede negociarse, ha de aceptarse entero. Recuperar el genuino rito romano, la Misa de siempre, centraría sus espíritus en esta excelsa misión. ¿Les concedería el retorno a la liturgia antigua su querido arzobispo, don Francisco Cerro? Seguro que no, aunque a la Virgen del Prado me parece no va a gustarle nada compartir el trono con una estatuilla de Buda, el Siddhartha Gautama, ni transformar la espadaña de su ermita en un airoso minarete.

  • El bilingüismo de la Comunidad de Madrid

    Me dicen algunos lectores que he sido un poco tajante en mi afirmación de la columna anterior, en la que sostuve que el bilingüismo implantado por Esperanza Aguirre en los centros escolares de la Comunidad de Madrid ha resultado un completo fracaso. Me indica un amigo que no aporto ningún argumento al juicio declarado, y no le falta razón, pero tampoco es mi intención organizar ahora una diatriba. Adelantándome a otras objeciones venideras, voy a responder a hipotéticos reproches de la mejor manera posible.

    ¿Quién es usted para afirmar tal cosa, de dónde le viene esa autoridad? Alzo mi voz en este asunto porque no soy ajeno a él. Llevo dedicado a la enseñanza veintisiete años y conozco a fondo el sistema educativo español, hasta sus más recónditas entretelas. He sido testigo de la degradación legislativa y he sufrido en mi propia carne las consecuencias del tejemaneje de los políticos. Mi carrera profesional, como la de muchos otros compañeros, se ha visto perjudicada por el hecho de no poseer los títulos del British Council, una situación que clama al cielo (y al Tribunal Constitucional) teniendo en cuenta que el área de mi competencia las Bellas Artes nada tiene que ver con la lengua inglesa. A pesar de ello, suelo afrontar estas cuestiones evitando el rencor personal. Lo que más me preocupa es el daño causado a los alumnos.

    Y sin embargo, parece usted enemigo de que aprendan el inglés, una lengua que proporciona tantas oportunidades a los jóvenes de hoy. Nada de eso, señor. Lo que yo critico es la colonización cultural a la que llevamos sometidos desde que Eisenhower vino a ver a Franco, una rendición agravada en las últimas décadas por la querencia anglófila de los neoliberales, rasgo que también comparten los socialistas y la misma Corona (su Majestad es miembro de la Orden Jarretera).

    ¿Y por qué razón han fracasado estos programas? Porque su objetivo no era el de mejorar la enseñanza del primer idioma extranjero, una materia que ya disfrutaba de todo tipo de prebendas dentro del currículo escolar. El bilingüismo de Esperanza Aguirre, mantenido por su actual sucesora en el cargo, pretendía coaccionar a una población romance para que adoptara como segunda lengua materna el idioma de la Gran Bretaña. Se decía a los padres que sus hijos, al egresar de la enseñanza obligatoria, dominarían ambas lenguas con absoluta perfección.

    Pues los hijos de mi amigo Zutano hablan el inglés como si fueran nativos, no se crea. El dominio de una segunda lengua está al alcance de muy pocos. Y aquí reside el error de base: nunca podremos convertir Móstoles en Bristol… ¿o vamos camino de ello? Los únicos alumnos realmente bilingües que yo he conocido son aquellos cuya familia o parte de ella procede de países anglosajones. Después están los que pueden permitirse una larga estancia en el extranjero, pero éstos pertenecen a una minoría privilegiada.

    Exagera usted, hombre. Ahora nuestros chavales hablan el inglés mucho mejor que antes. Algo habremos mejorado, al fin y al cabo. Lo hablan muy bien unos pocos, insisto. Los demás solventan la asignatura como pueden, mejor o peor. Esta diferencia provoca, a menudo, situaciones de desigualdad. El programa obliga a la segregación y fomenta el elitismo, pues sólo puede elevarse el nivel creando grupos bilingües exclusivos. Imagínese, por un momento, cómo habrá de ser la fauna que atiborre el grupo de «los más torpes».

    Si el invento se mantiene, será porque funciona. Las evaluaciones oficiales presumen de transparencia, pero no son otra cosa que una sutil propaganda. Se ha dado marcha atrás en las mayores aberraciones, como enseñar la Historia de España en el idioma del pirata. Pero sigue habiendo un desajuste entre los conocimientos gramaticales y el despliegue de las materias que se imparten en inglés. En los cursos más bajos, mientras los alumnos de nivel medio aprenden a duras penas el verbo “to be”, en Science ya están estudiando la fotosíntesis o el ciclo del agua.

    ¿Y todo esto lo sacan adelante profesores españoles? Sí. Su hijo puede asistir a clase de Technology disfrutando de un pintoresco «spanglish» con acento turolense.

    Pues vaya un esperpento que han montado. Ni más ni menos, lo que yo decía: una cacharrería estrepitosa.

  • Los hermanos Brothers

    Aquella canción de La Trinca que presentaba a tres señoronas cuestionando las bravatas del cipote nacional (gruesa parodia de las hermanas Andrews, tan distintas), titulada con un pleonasmo inolvidable las Hermanas Sisters, fue una premonición de los actuales tiempos, cuando darse un garbeo por la calle Alcalá vale lo mismo que pisar las baldosas de Picadilly Circus. El idioma del pirata lo invade todo. Se presenta ante nosotros con un aire de caballero colonial, vistiendo una casaca de terciopelo azul prusiano y ribetes rojiblancos. Su cara de sierpe se disfraza con las máscaras del prestigio cultural, de la más alta ciencia, del rentable mercadeo. La lengua inglesa se extiende por las urbes, villorrios, tarimas y cotarros de esta España nuestra, esta España que agoniza, desde hace varias décadas, en medio de una crisis de identidad.

    La situación ha llegado a extremos ridículos e insoportables. Basta con observar cómo el argot urbano de nuestros jóvenes, ese hablar chulesco y reivindicativo con el que buscan diferenciarse, trae mermadas las facultades creativas y es un nítido reflejo de su precariedad a la hora de explicarse en los chateos de sus redes sociales. «Mira, bro, estoy sin datos, vaya fail». De la jerga cheli que tan bien definió y supo remedar Francisco Umbral, apenas queda nada en los muchachos madrileños de hoy. Campeando por el barrio, nosotros nos decíamos macho o tío o colega. Ahora estrechan los vínculos de una entrañable hermandad, pero en lugar de tildarse de fratres o fratelli ya que las hablas suburbanas suelen recurrir a las voces extranjeras eligen el anglicismo porque sí, porque queda «kawaii». Y además acortan el término, hasta generar ese monosílabo ruin, zarrapastroso, con el que se llenan la boca de continuo como si la mordida de una madalena se les hiciera bola. «Anda, bro, por dónde sale el boomer este, más rándom que el meme de su grandpa». Pero un servidor, a estas alturas, está curado de espanto, y no se escandaliza por oír a sus alumnos hablar a su manera, pues jerigonzas tuvo el castellano desde las primeras jarchas, qué demontre. De lo que uno echa pestes es de la dejadez con que muchos españoles manejan la lengua de Cervantes, y de la mansedumbre que les tiene clavados en el sofá, teléfono en mano, dejando que su idioma se empobrezca y se deje colonizar por esta clase de parásitos.

    Y cómo no van a rendir pleitesía al pirata de Buckingham Palace nuestros jóvenes hodiernos, si la Escuela en la que aprenden sus primeras, medianas y postreras letras presume de ser ella misma una sucursal del British Council. Y lo es realmente, al cabo de quince años de aplicar unos programas bilingües que de ninguna manera han conseguido su objetivo. Pues no otra cosa tenía en la cabeza la inventora del engendro la anglolunática Esperanza Aguirre, que gustaba de tomar el té con Emma Thomsom levantando los meñiques, no era otro su pensamiento que el de injertar la ruda fonética sajona en el árbol dorado de la lengua romance más poderosa de la tierra. No se trataba de reforzar el idioma extranjero; se buscaba, más bien, inyectar en las venas de los alumnos españoles la brea que corrió por las arterias del nefasto Horatio Nelson. Y consumaron la felonía en el centro de Castilla, en el corazón del Reino que impulsó el descubrimiento y civilización del continente americano. Pero los programas bilingües de la Comunidad de Madrid, dígase alto y claro, han supuesto un fracaso rotundo, una cacharrería estrepitosa.

    El paso del tiempo ha demostrado que aquello no fue más allá de la engañifa electoral. El chapurreo del inglés sigue siendo igual de precario, lo mismo hoy que ayer, en el alumno medio. Y lo único que han conseguido ha sido apartar al educando del cultivo de su lengua madre, acrecentar su síndrome de desarraigo y mustiar el amor que a la Patria han de profesar sus tiernos hijos. «No da cringe ni nada, bro, la chapa que ha soltado el viejo». Pues eso. La mayor estafa de nuestra democracia.

  • El premio

    Uno de los mejores papeles de Paul Newman fue aquel que representó en El premio, película de 1963 dirigida por Mark Robson y basada en la novela homónima de Irving Wallace. Paul Newman da vida aquí a Andrew Craig, un escritor de mediana edad que alcanza el reconocimiento gracias al repentino éxito de sus últimas novelas. La película comienza con la llegada de Craig a Estocolmo para recibir el premio Nobel de Literatura. Ante este favor de los hados, el escritor, sin embargo, adopta una actitud escéptica. Lo único que le interesa del galardón son los cincuenta mil dólares que lo acompañan, según declara al conocerse la noticia, delante de la prensa norteamericana. Sabemos que Andrew Craig es un hombre herido, un temperamento frágil dado a la bebida, que pierde los estribos detrás de las mujeres. El inesperado aprecio de la crítica y del público no ha conseguido edulcorar los largos años de penurias, cuando Craig era un autor ignorado que había de sobrevivir escribiendo mediocres novelas policíacas debajo de un seudónimo; años de olvido e incomprensión, que el escritor no puede perdonar a quienes ahora lo colocan en lo alto del candelero.


    En los últimos meses hemos asistido a agrias polémicas desatadas en las redes sociales, en torno al merecimiento de los premios otorgados por las grandes editoriales españolas. No voy a entrar ahora en la cuestión de si las obras premiadas son dignas o indignas de tal gratitud, porque para ello habría de tomar el trabajo de leerlas y, la verdad sea dicha, reposan en mi mesa otras lecturas más perentorias, más necesarias. Pero sí deberíamos pararnos a pensar sobre la función que los premios desempeñan, más allá de la estrategia editorial o del reconocimiento por parte de las instituciones. ¿Puede un galardón estimular y engrandecer la obra de un autor o, por el contrario, un éxito prematuro puede llegar a hundirlo bajo la losa de una multitud de nuevos lectores, a los que el autor sienta que no debe defraudar en sus libros venideros? Porque el peligro de los premios consiste, a mi parecer, en el coqueteo del escritor con los gustos aceptables, con las ideas correctas, con los vientos de la época.


    Cuando observamos a un autor encumbrado en la palestra de los medios de comunicación, tendemos a pensar que, sin lugar a dudas, su obra lo merece; que él viene a cobrar la deuda que el mundo le debía. Y suele ocurrir que el escritor consagrado prolongue su honra una vez muerto, con su nombre grabado para siempre en el Parnaso de las Letras. Así pasó con Lope de Vega, que fue querido tanto en vida como luego en su dorada posteridad. También Cervantes pudo ver cómo el Quijote se convertía en un éxito de ventas, al tiempo que el resto de su obra (salvo su teatro, que quedó eclipsado por el Fénix) era apreciado por los mejores críticos de la época. Y sucede asimismo, con frecuencia, que un escritor fracasado continúe falto de lectores al cabo de su muerte.


    Pero lejos de los azares y exigencias de la fama, apartados del desempeño profesional de la literatura, tenemos a esa otra clase de espléndidos escritores que completan sus páginas por el puro gusto de hacerlo; aquellos que escriben sin grandes pruritos, espoleados por la necesidad de transmitir ideas o vivencias. Los afortunados lectores que leen sus primicias suelen ser los mismos que, tiempo después, se encargan de conservar la obra para los siglos venideros. Santa Teresa de Jesús es el mejor ejemplo de esta categoría, y también el primitivo autor del Amadís o el anónimo ingenio que dio forma a Lázaro de Tormes. Ninguno de ellos soñaba con el éxito.


    El alago del público puede crear en el escritor una adicción (harto dañina para los más jóvenes) que le obligue a corresponder a quienes lo agasajan. Viva entonces él ajeno a los honores y, si tiene que recibirlos, que sea ya con un pie en el estribo, como remate a una larga vida de esfuerzo y dificultades.

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