La Misa católica se salvó gracias a Monseñor Marcel Lefebvre. Decimos católica en contraposición al rito impuesto por Pablo VI a comienzos de 1970. Un nuevo misal que hacía todo nuevo: desde la organización de los muebles del presbiterio hasta la creación de dudosas plegarias eucarísticas, sacadas de la manga. El Novus Ordo se planifició cuidadosamente, con el propósito de eliminar de la Misa todo aquello que pudiera ofender a los cismáticos protestantes (ahora llamados «hermanos» por aquiescencia de la nueva teología, esa que emanó del Concilio Vaticano II intentando adaptar la Iglesia al mundo). Como se ve, todo nuevo, muy nuevo, hasta el extremo de desatar en la base misma de los fieles una desconfianza —a veces rayana en el odio— hacia todo aquello que entronque con el depósito de la Tradición.
Monseñor Lefebvre no era un don nadie, mucho menos un tarado o un ególatra ávido de protagonismo. Vivió pobremente toda su vida, y el papel de portavoz de las escasas huestes que resistieron la revolución modernista detro de la Iglesia; dicha actuación le fue del todo sobrevenida. Llegó a ser delegado apostólico de Pío XII para el África francesa. Juan XXIII restringió sus funciones diplomáticas y lo nombró obispo de la pequeña diócesis de Tulle en Francia. En este tiempo, fue elegido Superior general de la Congregación del Espíritu Santo, a la que pertenecía desde sus primeros años de sacerdocio. Con el Concilio en perspectiva —un acontecimiento que, de primeras, fue bien recibido por el prelado francés—, el Papa lo nombró asistente al Trono pontificio y miembro de la Comisión Central preparatoria. Lefebvre tuvo una activa participación como padre conciliar, acaudillando el grupo más combativo contra el avance de los teólogos erráticos. Con la nueva misa ya creada, fundó el seminario de Friburgo y la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X a petición de muchos aspirantes al sacerdocio que huían de las cátedras donde se enseñaba una filosofía contraria al ser y una teología sin Dios, que minaba los principios mismos de la Revelación. Viendo que su vida se acababa, en 1988 hubo de consagrar cuatro obispos sin el permiso de Roma. Era la única manera de presevar su obra. Las consagraciones le valieron una injusta excomunión, levantada décadas después por Benedicto XVI. Y todo parece indicar que este mes de julio, al cabo de treinta y cinco años de su muerte, la misma situación volverá a repetirse.
La Fraternidad Sacerdotal de San Pío X no es sedevacantista. Los lefebvrianos tratan por todos lo medios de ser fieles a la autoridad del Papa, aunque no puedan obedecerlo. Esta imposibilidad aporta un dramatismo muy atrayente a su apostolado por todo el mundo (la Fraternidad cuenta hoy con más de setecientos sacerdotes y es, por ello, la fuerza más numerosa dentro de las filas de la Tradición). «Quisiéramos obedecer —suelen repetir—, pero no podemos hacerlo».
Ante la avanzada edad de dos de los cuatro obispos de 1988 que aún siguen vivos, la Fraternidad ha decidido consagrar nuevamente. Don Davide Pagliarani, el superior general, ha venido solicitando audiencia con el Papa León desde su elección hace más de un año, pero no ha sido atendido. Quien sí les recibió el pasado 12 de febrero fue el cardenal Tucho Fernández, sin proponer ninguna solución. Y es que Roma ha colocado la pistola encima de la mesa: no habrá acuerdo práctico (regularización canónica) si antes no se llega a un acuerdo doctrinal. Esto significa que la Fraternidad debe aceptar las insólitas orientaciones que la Iglesia ha adoptado desde el Concilio. Debe asumir el falso ecumenismo, en su versión más tóxica, formulada por Bergoglio, según la cual el pluralismo de religiones es algo querido por la Sabiduría de Dios. Y debe admitir la validez y legitimidad de la misa nueva.
Los mentideros han aireado recientemente que el Santo Oficio (hoy DDF) ya tiene preparada la excomunión Latae Sententiae, un hecho que ahondaría la brecha abierta hace cuarenta años y confirmaría el cisma de las autoridades romanas respecto de la legítima línea sucesoria de los prelados Lefebvre y Castro Mayer. Mientras tanto, el pasado lunes, León XIV recibió en los salones del Palacio Apostólico a una señora vestida de obispo que dice ser cabeza de la Iglesia Anglicana. Hubo regalitos, cortesía, mutuas bendiciones, sueños de unidad y ni una sola mención al pecado del rey Enrique.