La vicepresidente de las regiones vascas ha vuelto a pedir el Guernica. Acercar el cuadro a la villa de los fueros es un viejo sueño del separatismo, varias veces denegado por el gobierno central. Ahora que se avecinan los aniversarios del Estatuto vasco y del bombardeo de abril del 37, batasunos y peneuvistas aumentan su presión. La dirección del Museo Reina Sofía ha justificado la negativa alegando razones técnicas. Un aspecto que resulta crucial, cuando recordamos los problemas de conservación que ha presentado la obra desde los tiempos del MOMA neoyorquino. La debilidad del gobierno de Pedro Sánchez –apoyado, entre otros muchos enemigos de la patria española, por los herederos de la ETA y los hijos de Sabino Arana– augura una probable cesión que dejaría abierta la posibilidad de que el Guernica se guardara, por los siglos de los siglos, en tierras vizcaínas.
Pero la colección permanente del Museo Reina Sofía de Madrid tiene al Guernica como obra estelar. Sustraerlo de este emplazamiento, al que fue destinado por voluntad del pintor, mermaría significativamente la más valiosa colección de arte moderno y contemporáneo español, que tan bien complementa al Museo del Prado y que, junto al Thyssen Bornemisza y al Museo de Bellas Artes de la Academia de San Fernando, situado en la calle Alcalá, convierten a la capital de España en un foco de referencia internacional para el conocimiento del arte de la Pintura.
El sanchismo, sin embargo, está empeñado en dividir y disgregar, y no hay nada más dañino para un museo que la dispersión de su tesoro. El ministro Urtasun impulsa, en primer lugar, las devoluciones. Usa como pretexto las leyes de Memoria y se centra en las obras incautadas durante la Guerra Civil. El año pasado, Cultura devolvió siete cuadros (dos de ellos catalogados en el Prado) a la familia de Pedro Rico, el primer alcalde republicano de Madrid. La expropiación fue llevada a cabo en 1938 por la Agrupación Socialista Madrileña, siguiendo instrucciones de la Junta del Tesoro Artístico de la República.
Este tipo de dinámicas resultan peligrosas porque pueden acabar arruinando los grandes museos nacionales, siendo el Prado el más querido por nosotros, los españoles. ¿Y acaso no se trata de eso? Existe también un proyecto aún más ambicioso. Se titula «Prado extendido» y consiste en practicar una política de préstamos y depósitos por toda la geografía española.
Desatomizar el Museo del Prado, dispersar sus colecciones, regalando o prestando pinturas de valor incalculable, arriesgando en los traslados tan frágiles objetos; todo ello se nos antoja perverso e interesado. El tesón por restituir, no obstante, viene de antes. En 2011 el Prado devolvió al Monasterio de El Paular la serie completa de las escenas cartujanas de Vicente Carducho. Los cincuenta y dos lienzos fueron arrancados del claustro durante la desamortización y acabaron en el Museo de la Trinidad, que surtió al Prado de la mayor parte de su pintura religiosa del Siglo de Oro. Con lo cual, si esta práctica prospera y continúa la reposición de retablos en su emplazamiento originario, el Museo del Prado corre el riesgo de vaciarse.
Los grandes museos nacionales han atesorado sus fondos por medio, muchas veces, del espolio y la rapiña. Basta con que uno se asome al Louvre de Napoleón o al British Museum del general Wellington. Está en la esencia del coleccionismo el afán de acumular, el deseo de nutrir las cámaras, de llenar vitrinas y cubrir paredes. El ansia de incrementar ciega, con frecuencia, al coleccionista: ya se trate de reyes, prelados o gerifaltes, que no dudan en abusar de su poder cuando hace falta. El coleccionista es siempre un fetichista y adolece de extrañas patologías. Una vez completado el museo, empero, poco le importa al visitante la licitud de aquel tesoro que tanto placer le suministra.
Una sala de museo tiene algo de bazar (el arte es mercancía) y mucho de templo (la distancia entre la obra y su contemplador confiere el aura a los objetos y hace posible la experiencia estética). Los principios de acumulación y heterogeneidad están en la base de la institución museística. Quien busque adelgazar sus colecciones estará atentando contra dicho principio. Amontonar, ordenar y preservar ha de ser la norma. Nunca disgregar. Y menos todavía ir regalando.