El cisma (I)

Que en la Iglesia Católica existe un cisma tácito es una realidad que pocas personas quieren reconocer. Los que denunciamos este hecho somos acusados de cismáticos, precisamente, por aquellos que vienen promoviendo la escisión desde hace la tira de años. La situación es tan compleja, el ambiente tan insano e irrespirable, que entran ganas de marcharse propinando un sonoro portazo. La Iglesia Católica vive, a día de hoy, un caos absoluto. Basta con asomarse al tenderete que ha montado el padre Ángel (Mensajeros de la Paz) en el templo de San Antón del antiguo colegio de los escolapios, en la calle Hortaleza de Madrid. Mucho humanitarismo, mucho ecologismo, mucho activismo social; y nada que eleve al visitante al conocimiento de Dios. Allí todo parece hacerse a ras de tierra, con un lamentable desprecio hacia los bienes celestiales, con una total desatención a la salvación de las almas. Si san José de Calasanz viera cómo han dejado la capilla de su colegio, demolería a garrotazos todo ese tinglado de máquinas expendedoras, mesas camilla, soflamas y cartelones.

En la Iglesia Sinodal, uno puede hacer cualquier cosa que siempre será acogido y entendido. Puedes decir una barrabasada contra la Madre de Dios, negándole el título de Correndetora (total, si el Tucho lo ha ratificado desde el mismo Dicasterio para la Doctrina de la Fe). Puedes ir a la parroquia con tu pareja gay, después de casarte en el Ayuntamiento, a que el cura te dé la bendición matrimonial. Puedes comulgar siendo un abortista belicoso o viviendo en mancebía con una mujer tan divorciada como tú. Lo que de ninguna manera va a permitirte tu obispo, faltaría más, es que te arrodilles para recibir la comunión, que combatas los errores pronunciados por los catequistas en sus moniciones del domingo o que pongas en entredicho las últimas declaraciones del Santo Padre en las que felicita el Saka Dawa al Dalai Lama. ¿Qué puede hacerse, entonces, ante esto que se ha dado en llamar «estado de necesidad»?

La opción más racional es el sedevacantismo; también la más terrible, como terrible es este trance por el que pasa la Iglesia. Un sedevacantista viene a decir, básicamente, que el Vicario de Cristo en la tierra no puede predicar el error so pena inmediata de excomunión y pérdida de la sede petrina. Sustenta este argumento en la autoridad de Paulo IV, que en 1559 hizo pública una bula en la que afirmaba eso mismo, es decir, que toda dignidad eclesiástica superior será privada ipso facto de su oficio en caso de proferir error doctrinal o alentar a los herejes. Y como la heterodoxia ha sido la tónica en todos los papas después del Vaticano II (incluido Benedicto XVI, fiel discípulo de Karl Rahner, el teólogo que inspiró los errores del Concilio), resulta que llevamos setenta años de sedevacancia sin que nadie se haya enterado de ello.

Que un fiel se declare sedevacantista lo aboca a la soledad más absoluta y hace de él un incomprendido de por vida. Que se lo digan a las monjas de Belorado, que han terminado arrojadas de su propia casa. Lo mismo ocurrió con las salesas del Tercer Monasterio de la Visitación de Madrid, aunque este caso no fue tan ventilado por la prensa. Luego están los delirios del Palmar de Troya o las supercherías de Pablo de Rojas. Y es que proclamar el vacío perpetuo de la silla de Pedro implica un imposible eclesiológico, al detener la sucesión apostólica y dar rienda suelta al combate entre los diferentes linajes. Para prevenir esto, los teólogos de alto copete advierten de la diferencia entre magisterio ordinario y extraordinario, pero a nadie se le escapa que lo que dice un Papa urbi et orbi ya esté en el pasillo de un avión o en un estadio de fútbol; lo que dice un Sumo Pontífice de cara al pueblo de Dios, eso va a misa y queda grabado en el magín de las gentes, por mucho que intenten limarle las aristas.

La Iglesia Católica no estaba preparada para la aparición de un antipapa. Hubo en el pasado papas pecadores o guerreros, pero nunca atentaron contra la doctrina. Y si alguna vez incurrieron en error, enseguida rectificaron, como hizo Juan XXII en su lecho de muerte. Bergoglio, sin embargo, ha dañado la fe de muchos. Su magisterio no fue herético, sino apóstata, pues introdujo la contradicción en aquello que habían enseñado sus predecesores. ¿Será León XIV, como dicen algunos, un prudente restaurador? Lo veremos, aunque ya está tardando en ponerse a ello.

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