Camino de Torrijos, me detengo en Alcabón. Es el último pueblo de la comarca que aún desconozco. Quizá me trajeran de niño alguna vez, pero no guardo ningún recuerdo. Aparco en la plaza del Ayuntamiento, atraído por la imponente parroquial que se destaca al fondo, en la varga de la calle mayor. Me da tiempo a sacar una sola foto con el paraguas abierto, porque un capote de nubes plomizas ha comenzado a descargar fuerte tromba de agua. Cae un rayo y después suena un trueno seco, con fragor de pedruscos que chocaran de repente. Siento los pies calados, así que busco refugio en el bar más concurrido de la plaza. Le pido un café con leche al tabernero, un café caliente que me va entonando poco a poco, mientras departo con él a intervalos, cuando sus tareas le dejan un respiro.
—Buena fábrica tienen ustedes en la iglesia —le digo.
—La pena es que ahora no va usted a poder verla por dentro. Hasta la tarde no abre el sacristán.
—¿Cuál es el santo titular del pueblo?
—Santo Tomás de Cantuariense —dice con orgullo, y pone dos botellines a dos lugareños que acaban de llegar, todavía más empapados que yo.
—No conozco a ese santo.
—Sí, hombre, sí. Ese que era de Cantérbury.
—Ah, ¿santo Tomás Becket?
—El mismo. ¡Hay que verlo en su retablo!
—¿Y sabe usted si la iglesia se salvó de los rojos, en el treinta y seis?
—Aquí no hubo desmanes ni sacrilegios, porque don Jesús Alía, un cura muy santo que murió un poco antes de la guerra, aplacó la lucha de clases.
Julián, el tabernero, entra en la trastienda y vuelve con dos raciones de pinchos morunos, grasientos y humeantes, que coloca al lado de los dos botellines. Su señora sale de la cocina y echa un vistazo al panorama, con los brazos en jarra. Luego retorna adentro y el marido me dice, mirando de reojo al quicio de la puerta, como si temiera verla de nuevo aparecer:
—Lo más notable de Alcabón es la historia de Petra Corral.
—¿Y quién es ella?
—Una muchacha que vivió en el pueblo, de cuando los franceses fueron derrotados en Talavera.
—¿Una labradora? —pregunto lleno de interés— . ¿O una noble doncella?
—Era hija de un humilde paisano. Decían que muy guapa, rubia y lustrosa como un lucero del cielo.
—¿Y qué pasó con ella?
—¿Pues qué va a pasar? Que algunos de la tropa entraron a buscarla para llevarla al huerto. La moza tenía fama en toda la comarca, aunque era muy honesta, eso sí. En el pueblo no quedaba nadie después de un saqueo general. La gente tenía mucho miedo de los fusileros, ¿sabe usted? ¡Hacían todo tipo de barbaridades!
Julián es un tabernero muy íntegro, amable y servicial; se vuelca con su clientela. Le gusta la gente y disfruta conversando. No es hombre de profundas lecturas, él mismo presume de pocas letras; pero habla un ejemplar castellano y al término de tantos años acodado en esta barra, asistiendo cada día a una rica comedia humana, su mente ha forjado unos resortes de hábil narrador que ya quisiera uno para sí.
—La chica huyó con sus padres —sigue contando— a una finca que había en Villaseca, cerca de Maqueda. Pero los soldados dieron con ella y trataron de forzarla.
—¿Y hubo resistencia?
—Hasta la muerte, sí señor. Su padre la enterró unos días después, en pleno campo, y colocó unas azucenas en sus manos. Y la tierra se llenaba de flores blancas cada primavera.
—Así que Alcabón tiene dos buenos patronos. El Cantuariense, que murió defendiendo el honor de Dios, y Petra Corral, que hizo lo mismo con el honor de su cuerpo, templo del Espíritu divino.
—Será lo que usted diga, señor.
Me despido de Julián y, al salir, habiendo escampado el cielo, un arco iridiscente anuncia sus presagios. Y viene después, cuando retomo el camino, un olor a tierra fértil y a campo verdecido que me hace vislumbrar la primera sepultura de Petra Corral, en el corazón de este llano, repleta de blancas azucenas milagrosas.