El Día del Libro, para un irredento bibliómano, no significa nada, pues todos sus días están llenos de libros, todas sus hora se pasan entre libros y todos sus sueños desembocan en una biblioteca repleta, colmada, abarrotada de libros.
Otra cosa es la efeméride, la fecha, el aciago 23 de abril de 1616. Una conmemoración cada vez más devaluada, por mor de lo poco que Cervantes interesa al común de los españoles. Si el Príncipe de los ingenios hubiera podido vivir diez años más, habría tenido tiempo de acabar Las semanas del jardín y la segunda parte de La Galatea, así como el Bernardo, obras todas ellas prometidas en su dedicatoria del Persiles al conde de Lemos, que escribiera «puesto ya el pie en el estribo», tres días antes de su fallecimiento. Pero pocos somos quienes lamentamos el paso al otro mundo del autor del Quijote, y menos aún quienes celebran el fruto de sus sesenta y nueve primaveras. ¿Dónde están sus comedias en los teatros nacionales? ¿Dónde los entremeses en los tablados populares? A excepción de reducidos círculos académicos, a Cervantes ni se le lee ni se le estudia y apenas si se le conoce. Y esta fecha del 23 de abril —tildada con el apelativo más general de Día del Libro— es nada más que un día cualquiera de la larga lista de días conmemorativos, al mismo nivel que el Día de los Pingüinos o el de la Madre Tierra.
Volvamos, no obstante, a los libros, porque el mayo madrileño trae aparejada la Feria del libro antiguo y de ocasión, que se inaugura el próximo 30 de abril y va a durar hasta el 17 de mayo. Evento que tiene su prolongación en la Feria del Retiro, ya más convencional, pero igual de tentadora.
El amante de los libros dispone, pues, de mes y medio para merodear a su antojo entre casetas y casetas colmadas de volúmenes ¿Existe mayor felicidad? Y sin embargo, estos libreros que salen a las ferias y montan su tinglado no son el auténtico «bouquiniste», que llaman los franceses. El genuino librero de puesto es aquel que pasa el año entero a la intemperie, como hacen los vendedores de los quioscos verdes a la orilla del Sena. Una librería estable tiene algo de cueva geológica, con sus nichos y corredores; mientras que un puesto de libros semeja más bien un carromato de buhonero.
Para conocer a esta rara especie de los libreros de puesto, no hace falta viajar hasta la capital de Francia. Basta con darse un garbeo por la Cuesta de Moyano de Madrid. Las casetas de la Cuesta, que el año pasado cumplieron un siglo, son las más peculiares del mundo. Tienen su parte de cueva y su lado de libresca quincallería. Y luego está ese realce que da la pendiente, ese privilegio de empinada costanera al amparo de las grandes copas del Botánico, que retarda el paso del merodeador cuando se coge desde el Prado, imantando sus pisadas, imprimiendo un ritmo dulcemente pesado. El esfuerzo de subir acelera todavía más el corazón del visitante, y añade un júbilo exaltado al placer intrínseco de buscar entre pilas y ristras de libros.
No posee el castellano un término equivalente al «bouquineur» francés. El curioso, el paseante, el buquinista… Prefiero llamarlo el «hurgón», el fisgador que deambula de puesto en puesto, el que revuelve los libros que colman los cajones, repasando los lomos multiformes, abriendo este ejemplar, dejándose embriagar por el aroma a papel cetrino. Rancios grabados y legajos, volúmenes singulares, obras completas, ediciones príncipe, ejemplares intonsos: el cuerpo del bibliómano produce una chispa especial en este ambiente, una energía que moviliza todo su sistema sensitivo. Tocar, mirar, oler los libros; incluso escuchar —leyendo ya— el sonido de las palabras que bullen entre las páginas.
El placer de rondar los puestos, en fin, está entre los más costosos de esta vida, pues el que ama desea poseer y entonces llega el momento de atender a la pecunia. El verdadero librero de caseta está abierto al regateo, y este otro aspecto no forma parte del placer; es más bien un arte que hay que saber desempeñar. Y de sobra conoce el hurgón que a un chamarilero de los libros nadie lo engaña. Porque tampoco él estafa al personal.
—¿Quiere usted estos tres?
—Los quiero, pero sólo llevo veinte.
—Pues venga.
Y se cierra el trato de común acuerdo. Así compró Cervantes, más o menos, el cartapacio de Cide Hamete Benengeli, con el que pudo completar su famosa historia.