La zoomorfosis

Onofre Valle tenía diez años cuando el confinamiento. Los meses de encierro en casa, apartado de los juegos con otros niños Onofre Valle es hijo único, y los dos años y medio que vivió con su rostro tapado por la mascarilla agudizaron su retraimiento y hurañía, sus rarezas, su necesidad de distinguirse. Hicieron falta varios meses de terapia con el doctor Timoneda para superar el síndrome de la cara vacía. El proceso fue doloroso, pero al fin consiguieron retirarle el embozo y dejar sus lindas facciones de niño agraciado a la vista de todos. Acabando la pandemia, recibió un diagnóstico muy ajustado a sus características, para alivio y alegría de sus padres. Ellos esperaban que a partir de entonces, siendo tratado de manera especial, de acuerdo a su condición, desaparecerían todos los problemas.

Onofre Valle obtuvo su primer teléfono móvil a los once años. Al cabo de seis meses, su perfil de Instagram ya contaba con quinientos seguidores. Entró en contacto con integrantes de la moda Harajuku y comenzó a transformarse en un anime japonés, estilo Cosplay según un avatar Naruto Uzumaki. Volvió a la consulta del doctor Timoneda, el cual alentaba al muchacho en esta apasionante tarea de buscar la diferencia. Tranquilizó a los padres diciendo que, bueno, al fin y al cabo el chico estaba tratando de reforzar una personalidad fuera de lo común. Tiempo después, Onofre Valle alcanzó los cuatro mil seguidores al declarar en un reel su pertenencia al género fluido. Entonces comenzó a percibir la incomprensión de sus compañeros, pero este rechazo, lejos de hundirlo, lo estimuló en su proceso de significación. Onofre Valle estaba destinado a algo que no conseguía definir todavía; algo que haría de él un ser distinto y muy, muy especial; algo que llamaría la atención del mundo entero.

A los quince años conoció, viendo vídeos en Tik Tok, los primeros casos de chavales convertidos en bestias. Se miró en el espejo y entendió el origen de su sufrimiento. Tantos años soportando un rostro que no era el suyo, tantos años sin querer reconocer que su alma humana no era otra cosa que un instinto de ave lacustre. Por esta razón su cuerpo, al crecer, se había vuelto larguiducho y afilado. Ese apodo que tanto le doliera «patas de alambre» le llamaban, tenía que recibirlo ahora como un alago. Era el momento de tomar las riendas. Adoptaría la forma adecuada, corrigiendo a la cruel naturaleza. Dios había equivocado la carcasa, pero él se encargaría de rectificar su modelado.

El doctor Timoneda aconsejó a sus padres no impedir esta nueva veleidad. Recurrieron a un taxidermista para la confección de la máscara y demás accesorios. Onofre Valle embutió sus brazos en dos grandes alas de plumas negras, blancas y rosadas. Cubrió su torso con una funda de suaves hilos de cachemira y sus delgadas piernas, ahora denominadas patas con total propiedad, quedaron desnudas para siempre, a la espera de que un tatuador grabara en su piel el dibujo de las estrías. Un cirujano, por último, extirpó el meñique de cada pie e implantó una membrana entre los dedos restantes.

Su vida de Fenicoptero, vulgo flamenco rosado, no estuvo exenta de dificultades. En casa pasaba las horas muertas metido en la bañera, donde sus padres depositaban boquerones crudos para que Onofre los pescara con su prominente mandíbula inferior. En el colegio no salía de un rincón durante los recreos, sosteniéndose sobre una sola pata. Varios compañeros fueron sancionados por burlarse de él, varios profesores fueron despedidos por contradecir las pautas decretadas por los orientadores. En el aula instalaron una pecera para que el muchacho no echara de menos su natural ecosistema.

Pero todo fue en vano. Onofre Valle comenzó a añorar a otros miembros de su especie. Los encuentros con chicos de su edad, también bestializados, no eran de su agrado. Sentía pavor hacia cánidos y gatos. Los flamencos, ya se sabe, son aves sociales, y Onofre Valle suspiraba por habitar una extensa colonia en las marismas onubenses.

Una mañana de principios del otoño, emprendió el vuelo. Buscaba un clima más cálido donde pasar el invierno, en compañía de sus semejantes. Saltó desde un séptimo piso, deseoso de dejarse llevar por la corriente del cierzo.

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