La catedral

El visitante arriba a la ciudad antigua repleto de emociones. La torre de la catedral se recorta contra un cielo azul profundo en este día soleado de mediados de febrero. Durante un largo rato contempla la portada, con su piedra vieja y desgastada. Conoce los tesoros que se guardan en su interior; ha estudiado cada detalle de sus cinco naves, la composición de todas sus capillas, el portentoso retablo del altar mayor, su rica sacristía, su sala capitular con techo artesonado y friso de murales cuatrocentistas. Quiere dirigir una plegaria a Dios y presenciar alguna secuencia de la liturgia catedralicia. Sabe, no obstante, que su deseo es vano, porque la catedral el templo primado de la Iglesia española ya no alberga el milenario culto para el cual fue creada. La catedral, desde que desapareció la antigua y venerable Misa católica, ha devenido en cascarón vacío. El visitante ha dejado de sentir ese hondo temor que lo sacude por dentro cada vez que ingresa en un espacio sacro. La catedral es ahora nada más que un museo; un portentoso museo de ochocientos años de historia, salvado del saqueo y de la furia de milicianos e iconoclastas. Pero lejos, muy lejos está de aquella exuberante fábrica en la que trajinaba el cabildo en pleno; hervidero de capellanes, racioneros, organistas, niños de coro, niños acólitos, mayordomos, seminaristas, chantres y maestrescuelas.

Antes de cruzar el pórtico de la fachada sur, debe pagar su entrada en la oficina de Patrimonio. Le ocurre con frecuencia que, al tiempo de realizar el abono, acaba desahogando su indignación, que suele recaer sobre el taquillero, el cual no tiene culpa de nada, el pobre hombre:

Yo vengo aquí a rezar, y me encuentro con este tinglado.

Pues si trae usted esas ansias, vaya a la capilla del Santísimo.

Es que yo quiero hacerlo bajo las bóvedas de piedra, sobre las tumbas de los venerables cardenales, frente a los retablos y reliquias de las viejas capillas.

Libre es usted de hacerlo entonces durante la visita.

No, no acaba de entenderme. Yo quisiera participar de la liturgia. Ver salir a un canónigo para decir la Misa en la capilla de Santiago, luego a otro para el altar de San Ildefonso; ver procesionar al cabildo con sus trajes corales y asistir al canto del Oficio divino.

Todo eso que dice ya no existe. Pero el domingo sí que sube el arzobispo a cantar la misa en el altar mayor. Y si lo que usted desea es un viaje en el tiempo, dentro del Programa Musical puede encontrar una reconstruccion del oficio litúrgico del siglo XIII.

Sigue sin entenderme, señor, yo no busco figurantes ni recreaciones, sino aprehender el alma viva de nuestra catedral.

De momento pague usted la entrada, si es tan amable. Mire la cola que se está formando.

¿Y por qué, siendo yo católico confirmado, tengo que apoquinar para entrar en el templo donde enseña mi obispo desde su cátedra?

Son doce euros, caballero, hágame el favor. Voy a tener que avisar a Seguridad.

Y como el visitante no deja de reclamar sus derechos de católico ultrajado («¡Nos han robado los templos dice en voz alta, nos han usurpado el rito milenario!»), acuden en seguida dos guardias de porra y pinganillo. Al negarse a desembolsar el dinero de la entrada, lo echan a un lado para que el público pueda ser atendido. La oficina de Patrimonio es una torre de Babel donde se habla chino, japonés, bengalí, alemán, sueco, árabe y, por supuesto, la lengua del pirata, en la que están escritas todas las cartelas. Él, por su parte, continúa exponiendo sus razones a los guardias, que no entienden la queja de que el rito mozárabe se diga ahora en castellano ramplón. Le empieza a parecer que esos dos sujetos discurren peor aún que el taquillero, y pide hablar con el caciller de la diócesis. En ese momento lo agarran de las axilas y lo sacan a la calle. «¡Simonía, simonía!», va gritando el visitante. Y unos turistas escoceses sacan fotos con su esmarfon, creyendo reconocer en su prestancia el auténtico rostro de un Quijote revivido. Al poco llega un coche de los nacionales y un agente le pide que se identifique. «¡Mi religión es la Belleza!», se le oye decir cuando ya se lo llevan. «¡Redención al Redentor!», le despiden cantando las bíblicas figuras que ocupan su sitio allí al lado, en las jambas y arquivoltas del Pórtico de los Leones.

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