La visita del Papa

León XIV llegó a España en la mañana del 6 de junio de 2026, como todo el mundo sabe. Sus citas más urgentes en Madrid incluían reuniones de estado con el rey y el presidente del gobierno. En la primera noche pasada en la nunciatura, sin embargo, el Papa durmió mal. Monseñor Gaetano D’agostino, secretario de prensa en la embajada apostólica, ha declarado recientemente que Prevost tuvo un sueño profético en el que san Miguel arcángel le mostró el futuro de Europa. Los campanarios de las iglesias veíanse trocados en altos minaretes, los partidos islamistas copaban las mayorías parlamentarias y sólo un exánime resto de íntegros cristianos resistía la persecución desde lo hondo de cuevas y catacumbas. Muchos de ellos morían martirizados en las plazas públicas, al negarse a apostatar de su fe, proclamando a Jesucristo como Hijo de Dios.

Impresionado por las imágenes de caos, abandono y destrucción, el Santo Padre canceló ese día todos los compromisos y, de manera inusitada, dirigió su comitiva a la sierra de Madrid. Tras una parada en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde se encontró con sus hermanos agustinos, el Papa expresó su intención de visitar la basílica del Valle de los Caídos. El cardenal Cobo, principal anfitrión, desaconsejó al pontífice tamaña osadía, advirtiendo de las consecuencias para la Iglesia española. Y así, cuando la comitiva dejó la comarcal M-600 para adentrarse en el bosque de Cuelgamuros, los coches de los miembros de la Conferencia Episcopal retornaron a Madrid. No estaban conformes los obispos españoles con la ruptura del protocolo y, temiendo represalias por parte del gobierno, corrieron a sus despachos con el objeto de aplacar la reacción de la hidra social comunista.

Todos hemos visto las fotos de la llegada a la explanada. La comunidad benedictina lo esperaba a la puerta de la basílica, en medio del fragor de las taladradoras y excavadoras que ya trajinaban en la obra de reconversión del Valle en museo de la Memoria. Conocemos también las imágenes del momento en el que el Santo Padre se detuvo delante del altar mayor: su postración, sus lágrimas, su profunda zozobra.

La decisión de hospedarse en la abadía sorprendió a la nación entera. Isabel Celá, egregia embajadora en el Vaticano (muy católica ella, muy socialista también) fue llamada a consultas, al tiempo que se requería al mismo nuncio, monseñor Piero Pioppo, desde la dirección del Ministerio de Exteriores. De nada sirvieron las condenas públicas ni la gestión diplomática. León XIV había decidido establecer la casa pontificia en el Valle de los Caídos por tiempo indefinido. Como respuesta a este valiente gesto, el pueblo de Dios acudió en masa hasta la Cruz de la montaña. Las fuerzas de seguridad trataron de detenerlos, hubo cargas y represión, hasta que los primeros muertos fueron ensalzados como protomártires de un resurgimiento de la fe católica y el gobierno decidió dar marcha atrás. Las obras de resignificación quedaron paralizadas, las máquinas se retiraron, los peones desaparecieron, la guardia de asalto detuvo su actuación.

El Papa comenzó a celebrar la Misa dominical en el altar mayor. Los monjes cantaban acompañados por el coro de voces blancas. La liturgia pontificia recobró una belleza olvidada. Sus Sermones martiriales, como se los conoce desde entonces, se difundieron por todo el orbe y fortalecieron la fe de millones de católicos. En ellos, el Papa condenaba los errores que, tanto dentro como fuera de la Iglesia, habían producido la decadencia de Occidente. Miles de neófitos eran bautizados diariamente. León XIV predicaba desde la Cruz más alta del mundo, convertida en faro de una humanidad herida. Los confirmó en la fe de Cristo, los animó a la esperanza. Al cabo de un año, el Papa decretó la supresión del misal de 1970 y el retorno al rito romano tradicional. Los enemigos de la Iglesia no lo soportaron más. Después, al publicarse la noticia de la muerte de León, corrió el rumor de su envenenamiento. Tras las exequias y el entierro en su amado Valle, los cardenales reunidos en Roma eligieron a Urbano IX. Han hecho falta siete pontífices más, todos ellos mártires, para que la Iglesia Católica consiga restaurar, finalmente, el esplendor perdido.

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