Castilla mística

Domingo Pérez es un pueblo toledano de apenas cuatrocientos habitantes. Pertenece a la comarca del Horcajo de Santa María, un pedazo de llanura comprendido entre el Tajo y el Alberche; villas y lugares en los que abundan el cereal, los olivos y las huertas. Al ser una campiña limpia de pedregales, recibe desde antaño la denominación de Tierra Dulce. La mitad de mi familia procede de allí. Cuando niño, veranos enteros los pasé en la casa de mis abuelos, disfrutando de una libertad que hoy nos resulta inconcebible. Por aquel entonces, la plaza y las callejas eran un hervidero de gentes. La población triplicaba el censo actual.

Domingo Pérez ha sido siempre una comunidad piadosa. Su parroquia de la Purísima es la joya de la comarca; el único templo del Horcajo que se salvó de la ira de los milicianos, al estallar la guerra en el año treinta y seis. Ricos artesonados cubren la iglesia, cuya traza principal data del siglo XV, y espléndidos retablos colman sus muros blancos, la mayor parte confeccionados en el siglo XVIII, en pleno delirio churrigueresco. El amor a la Virgen María se concreta allí en la advocación del Prado, con una imagen sedente de Nuestra Señora que nada tiene que envidiar a las tallas de Talavera o de Ciudad Real. Al ser Domingo Pérez un villazgo agrícola, sus labradores han rendido culto a san Isidro desde antiguo, orgullosos además de haber acogido a su hijo san Illán, que trabajó en las tierras de Julián de Vargas, asomadas ya a la vega del Tajo, antes de hacerse ermitaño en la cueva de Bolobras, junto al fuerte Villalba. La otra gran devoción del pueblo es la que rinden a san Blas. Su cofradía ha cumplido este año tres siglos y medio de andadura. Efeméride que han celebrado por todo lo alto, editando un cronicón a cargo de Félix Martín Verdejo, historiador local. También han recibido el pasado domingo la visita apostólica de don Francisco Cerro, arzobispo de Toledo.

No tiene otro modo de supervivencia este pueblo castellano epítome de todos los que conforman el Horcajo, que el de conservar sus fecundas tradiciones. A san Blas lo festejan con una gran hoguera nocturna, con sabrosas roscas de anisete (debidamente bendecidas) y con una procesión en la que los cofrades lucen capa, medalla y cirio como mandan los cánones de sus centenarios estatutos. Pero Domingo Pérez y todos los pueblos de la comarca están heridos de muerte. Apenas unos pocos paisanos cultivan ya la campiña, que languidece. El ganado lanar ha desaparecido. Una decena de pastores salían de careo diariamente cuando yo era niño. Las familias autóctonas que permanecen en el pueblo son cada vez menos, en tanto que nuevos pobladores comienzan a llegar atraídos por el bajo precio de las casas que malvenden los legatarios de la ciudad, presurosos de romper las últimas ataduras.

Creen los habitantes de Domingo Pérez, los descendientes de aquellos labriegos que fundaron la Hermandad de San Blas, que su supervivencia pasa por modernizar las tradiciones. Disfrutan con la liturgia nueva, dicha en lengua vernácula; tienen olvidado el latín de san Jerónimo y no quieren saber nada de cuando el cura les daba la espalda al celebrar. Están orgullosos de haber admitido a mujeres en una cofradía masculina; esperan con ansia la llegada de las diaconisas y el momento en que una mujer sacerdote consagre el Cuerpo de Cristo en el altar mayor. Hay que adaptarse a los tiempos: ecumenismo, igualitarismo, multiculturalidad.

El apego a las tradiciones, sin embargo, no va a servirles de nada si no se sacuden de encima el pensamiento dominante. Antes que al costumbrismo, los domingoperanos deberían acogerse a la Tradición católica, sin temor al insulto de los enemigos de España. Porque la Tradición no admite componendas. Su corpus de verdades perennes no puede negociarse, ha de aceptarse entero. Recuperar el genuino rito romano, la Misa de siempre, centraría sus espíritus en esta excelsa misión. ¿Les concedería el retorno a la liturgia antigua su querido arzobispo, don Francisco Cerro? Seguro que no, aunque a la Virgen del Prado me parece no va a gustarle nada compartir el trono con una estatuilla de Buda, el Siddhartha Gautama, ni transformar la espadaña de su ermita en un airoso minarete.

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