Los cuatro ojos

He sido un aprensivo oftálmico toda mi vida. Al ser la actividad visual el ámbito predominante de mi cerebro, he sufrido desde niño una escopofilia que ha nutrido gozosamente mi trabajo de pintor, dibujante y escritor. Como consecuencia de esta hipertrofia, la salud de mis ojos me ha obsesionado siempre, y he sobrellevado mi doble cualidad de miope y astígmata sometiendo a los oculistas (tanto en consulta como después, en la óptica, a la hora de calibrar los cristales de mis gafas) a largos y complejos rogatorios con el propósito de paliar mis numerosas dolencias reales o imaginarias y conseguir una visión más que perfecta.

Ahora que sobrepaso los cincuenta, sonrío al recordar las patologías más tempranas, como aquel trance en el que descubrí, entristecido, las suciedades del humor vítreo y hube de aceptar que esas culebrillas flotando en el campo visual bajo condiciones de luz muy brillante no me abandonarían nunca.

Convertido, según digo, en un quincuagenario de tomo y lomo, asumo la decadencia sensorial como un desenlace ineludible después de cinco décadas de ancha y deleitosa apertura al mundo, a través de estos canales en los que la vista ha desempeñado una función predominante. La presbicia, como era de esperar, se ha agregado a la lista de mis achaques. Hace tres años comprobé que la lectura se volvía una tarea cada vez más costosa. Unas lentes progresivas solucionaron el problema, si bien tardé tiempo en acostumbrarme. Pero nada es comparable al momento de pasar por el quirófano. Pues no hay zona más sensible en el varón talludo quitando la parte baja que el blanco de los ojos; y a esta membrana ha venido a tocar el hábil cirujano, haciendo realidad un terror primario, presente en mi mollera desde los juegos de la infancia: el que le metan a uno el dedo en el ojo.

No se me altere el lector con este aviso; pierda cuidado y disculpe mi querencia por la hipérbole. Porque, en verdad, ha sido cosa de poco. Un orzuelo derivado en quiste que me afeaba el párpado derecho; un absceso; una pústula extraña que debía ser extirpada más tarde que pronto (desde el preoperatorio hasta la intervención han pasado tres meses). Enfermeras y auxiliares quitaban hierro al asunto: «Usted no se preocupe, que esto va a ser rápido». Y yo les tomaba la palabra, ufano de mí, pensando que el brete iba a ser un paseíllo.

Así que arribé al hospital contento y despreocupado. La larga espera en la antesala, sin embargo, me nubló el entendimiento; en dos horas la chaveta acaba dando demasiadas vueltas. Pasaba delante de mí todo tipo de gente: muchos ancianos; algún joven; maduritos como yo. Me sorprendió la abundancia de señoras con pañuelo en la cabeza y túnica de ribetes, y por un momento creí hallarme en alguna ciudad norteafricana. Entro al fin en boxes, me desnudan, me colocan la vía: la cosa se pone seria. A mi diestra hay un señor con desprendimiento de retina, está dilatando pupilas sin conseguirlo del todo; a mi siniestra tengo a un mozo con el pecho y los brazos cuajados de tatuajes, que calma los nervios hablando sin parar. Vienen dos enfermeros a llevárselo primero. Por el camino maldice las hemorroides que lo han traído hasta este extremo. «Oh, paradójica existencia digo en mi interior; que unos seamos operados de nuestro ojo, luminaria de la mente, mientras otros han de serlo del ojete, sumidero de inmundicias y bocina de los ocho vientos». Y comparo el quiste de mi párpado con los forúnculos que han de poblar la zona baja de aquel desdichado. Llega mi turno y soy conducido a la mesa del suplicio en una silla de ruedas. Entonces comienza la carnicería. El cirujano me reprocha haber esperado tanto tiempo en someterme a la extirpación.

He hablado de los ojos de la cara y del ojal inmundo, pero no he dicho nada del cuarto de los óculos a los que alude el título. El cual no es otro que el ojo del cíclope, asentado en mitad de la frente, órgano ancestral, invisible e inexistente para aquellos que no quieren ver más allá de sus narices. Su designio profético, empero, que en mí es pronunciado, me fue avisando de todo y terminó por darme la respuesta. Con más de tres millones de ilegales convertidos en ciudadanos españoles, en los últimos seis años, por arte de birlibirloque, ¿cómo no va a llegar uno tarde a la mesa de operaciones?

¿Es este tu nuevo sitio? Accede para activar las funciones de administrador y cerrar este mensaje
Iniciar sesión