Me dicen algunos lectores que he sido un poco tajante en mi afirmación de la columna anterior, en la que sostuve que el bilingüismo implantado por Esperanza Aguirre en los centros escolares de la Comunidad de Madrid ha resultado un completo fracaso. Me indica un amigo que no aporto ningún argumento al juicio declarado, y no le falta razón, pero tampoco es mi intención organizar ahora una diatriba. Adelantándome a otras objeciones venideras, voy a responder a hipotéticos reproches de la mejor manera posible.
¿Quién es usted para afirmar tal cosa, de dónde le viene esa autoridad? Alzo mi voz en este asunto porque no soy ajeno a él. Llevo dedicado a la enseñanza veintisiete años y conozco a fondo el sistema educativo español, hasta sus más recónditas entretelas. He sido testigo de la degradación legislativa y he sufrido en mi propia carne las consecuencias del tejemaneje de los políticos. Mi carrera profesional, como la de muchos otros compañeros, se ha visto perjudicada por el hecho de no poseer los títulos del British Council, una situación que clama al cielo (y al Tribunal Constitucional) teniendo en cuenta que el área de mi competencia –las Bellas Artes– nada tiene que ver con la lengua inglesa. A pesar de ello, suelo afrontar estas cuestiones evitando el rencor personal. Lo que más me preocupa es el daño causado a los alumnos.
Y sin embargo, parece usted enemigo de que aprendan el inglés, una lengua que proporciona tantas oportunidades a los jóvenes de hoy. Nada de eso, señor. Lo que yo critico es la colonización cultural a la que llevamos sometidos desde que Eisenhower vino a ver a Franco, una rendición agravada en las últimas décadas por la querencia anglófila de los neoliberales, rasgo que también comparten los socialistas y la misma Corona (su Majestad es miembro de la Orden Jarretera).
¿Y por qué razón han fracasado estos programas? Porque su objetivo no era el de mejorar la enseñanza del primer idioma extranjero, una materia que ya disfrutaba de todo tipo de prebendas dentro del currículo escolar. El bilingüismo de Esperanza Aguirre, mantenido por su actual sucesora en el cargo, pretendía coaccionar a una población romance para que adoptara como segunda lengua materna el idioma de la Gran Bretaña. Se decía a los padres que sus hijos, al egresar de la enseñanza obligatoria, dominarían ambas lenguas con absoluta perfección.
Pues los hijos de mi amigo Zutano hablan el inglés como si fueran nativos, no se crea. El dominio de una segunda lengua está al alcance de muy pocos. Y aquí reside el error de base: nunca podremos convertir Móstoles en Bristol… ¿o vamos camino de ello? Los únicos alumnos realmente bilingües que yo he conocido son aquellos cuya familia o parte de ella procede de países anglosajones. Después están los que pueden permitirse una larga estancia en el extranjero, pero éstos pertenecen a una minoría privilegiada.
Exagera usted, hombre. Ahora nuestros chavales hablan el inglés mucho mejor que antes. Algo habremos mejorado, al fin y al cabo. Lo hablan muy bien unos pocos, insisto. Los demás solventan la asignatura como pueden, mejor o peor. Esta diferencia provoca, a menudo, situaciones de desigualdad. El programa obliga a la segregación y fomenta el elitismo, pues sólo puede elevarse el nivel creando grupos bilingües exclusivos. Imagínese, por un momento, cómo habrá de ser la fauna que atiborre el grupo de «los más torpes».
Si el invento se mantiene, será porque funciona. Las evaluaciones oficiales presumen de transparencia, pero no son otra cosa que una sutil propaganda. Se ha dado marcha atrás en las mayores aberraciones, como enseñar la Historia de España en el idioma del pirata. Pero sigue habiendo un desajuste entre los conocimientos gramaticales y el despliegue de las materias que se imparten en inglés. En los cursos más bajos, mientras los alumnos de nivel medio aprenden a duras penas el verbo “to be”, en Science ya están estudiando la fotosíntesis o el ciclo del agua.
¿Y todo esto lo sacan adelante profesores españoles? Sí. Su hijo puede asistir a clase de Technology disfrutando de un pintoresco «spanglish» con acento turolense.
Pues vaya un esperpento que han montado. Ni más ni menos, lo que yo decía: una cacharrería estrepitosa.