Los hermanos Brothers

Aquella canción de La Trinca que presentaba a tres señoronas cuestionando las bravatas del cipote nacional (gruesa parodia de las hermanas Andrews, tan distintas), titulada con un pleonasmo inolvidable las Hermanas Sisters, fue una premonición de los actuales tiempos, cuando darse un garbeo por la calle Alcalá vale lo mismo que pisar las baldosas de Picadilly Circus. El idioma del pirata lo invade todo. Se presenta ante nosotros con un aire de caballero colonial, vistiendo una casaca de terciopelo azul prusiano y ribetes rojiblancos. Su cara de sierpe se disfraza con las máscaras del prestigio cultural, de la más alta ciencia, del rentable mercadeo. La lengua inglesa se extiende por las urbes, villorrios, tarimas y cotarros de esta España nuestra, esta España que agoniza, desde hace varias décadas, en medio de una crisis de identidad.

La situación ha llegado a extremos ridículos e insoportables. Basta con observar cómo el argot urbano de nuestros jóvenes, ese hablar chulesco y reivindicativo con el que buscan diferenciarse, trae mermadas las facultades creativas y es un nítido reflejo de su precariedad a la hora de explicarse en los chateos de sus redes sociales. «Mira, bro, estoy sin datos, vaya fail». De la jerga cheli que tan bien definió y supo remedar Francisco Umbral, apenas queda nada en los muchachos madrileños de hoy. Campeando por el barrio, nosotros nos decíamos macho o tío o colega. Ahora estrechan los vínculos de una entrañable hermandad, pero en lugar de tildarse de fratres o fratelli ya que las hablas suburbanas suelen recurrir a las voces extranjeras eligen el anglicismo porque sí, porque queda «kawaii». Y además acortan el término, hasta generar ese monosílabo ruin, zarrapastroso, con el que se llenan la boca de continuo como si la mordida de una madalena se les hiciera bola. «Anda, bro, por dónde sale el boomer este, más rándom que el meme de su grandpa». Pero un servidor, a estas alturas, está curado de espanto, y no se escandaliza por oír a sus alumnos hablar a su manera, pues jerigonzas tuvo el castellano desde las primeras jarchas, qué demontre. De lo que uno echa pestes es de la dejadez con que muchos españoles manejan la lengua de Cervantes, y de la mansedumbre que les tiene clavados en el sofá, teléfono en mano, dejando que su idioma se empobrezca y se deje colonizar por esta clase de parásitos.

Y cómo no van a rendir pleitesía al pirata de Buckingham Palace nuestros jóvenes hodiernos, si la Escuela en la que aprenden sus primeras, medianas y postreras letras presume de ser ella misma una sucursal del British Council. Y lo es realmente, al cabo de quince años de aplicar unos programas bilingües que de ninguna manera han conseguido su objetivo. Pues no otra cosa tenía en la cabeza la inventora del engendro la anglolunática Esperanza Aguirre, que gustaba de tomar el té con Emma Thomsom levantando los meñiques, no era otro su pensamiento que el de injertar la ruda fonética sajona en el árbol dorado de la lengua romance más poderosa de la tierra. No se trataba de reforzar el idioma extranjero; se buscaba, más bien, inyectar en las venas de los alumnos españoles la brea que corrió por las arterias del nefasto Horatio Nelson. Y consumaron la felonía en el centro de Castilla, en el corazón del Reino que impulsó el descubrimiento y civilización del continente americano. Pero los programas bilingües de la Comunidad de Madrid, dígase alto y claro, han supuesto un fracaso rotundo, una cacharrería estrepitosa.

El paso del tiempo ha demostrado que aquello no fue más allá de la engañifa electoral. El chapurreo del inglés sigue siendo igual de precario, lo mismo hoy que ayer, en el alumno medio. Y lo único que han conseguido ha sido apartar al educando del cultivo de su lengua madre, acrecentar su síndrome de desarraigo y mustiar el amor que a la Patria han de profesar sus tiernos hijos. «No da cringe ni nada, bro, la chapa que ha soltado el viejo». Pues eso. La mayor estafa de nuestra democracia.

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