El premio

Uno de los mejores papeles de Paul Newman fue aquel que representó en El premio, película de 1963 dirigida por Mark Robson y basada en la novela homónima de Irving Wallace. Paul Newman da vida aquí a Andrew Craig, un escritor de mediana edad que alcanza el reconocimiento gracias al repentino éxito de sus últimas novelas. La película comienza con la llegada de Craig a Estocolmo para recibir el premio Nobel de Literatura. Ante este favor de los hados, el escritor, sin embargo, adopta una actitud escéptica. Lo único que le interesa del galardón son los cincuenta mil dólares que lo acompañan, según declara al conocerse la noticia, delante de la prensa norteamericana. Sabemos que Andrew Craig es un hombre herido, un temperamento frágil dado a la bebida, que pierde los estribos detrás de las mujeres. El inesperado aprecio de la crítica y del público no ha conseguido edulcorar los largos años de penurias, cuando Craig era un autor ignorado que había de sobrevivir escribiendo mediocres novelas policíacas debajo de un seudónimo; años de olvido e incomprensión, que el escritor no puede perdonar a quienes ahora lo colocan en lo alto del candelero.


En los últimos meses hemos asistido a agrias polémicas desatadas en las redes sociales, en torno al merecimiento de los premios otorgados por las grandes editoriales españolas. No voy a entrar ahora en la cuestión de si las obras premiadas son dignas o indignas de tal gratitud, porque para ello habría de tomar el trabajo de leerlas y, la verdad sea dicha, reposan en mi mesa otras lecturas más perentorias, más necesarias. Pero sí deberíamos pararnos a pensar sobre la función que los premios desempeñan, más allá de la estrategia editorial o del reconocimiento por parte de las instituciones. ¿Puede un galardón estimular y engrandecer la obra de un autor o, por el contrario, un éxito prematuro puede llegar a hundirlo bajo la losa de una multitud de nuevos lectores, a los que el autor sienta que no debe defraudar en sus libros venideros? Porque el peligro de los premios consiste, a mi parecer, en el coqueteo del escritor con los gustos aceptables, con las ideas correctas, con los vientos de la época.


Cuando observamos a un autor encumbrado en la palestra de los medios de comunicación, tendemos a pensar que, sin lugar a dudas, su obra lo merece; que él viene a cobrar la deuda que el mundo le debía. Y suele ocurrir que el escritor consagrado prolongue su honra una vez muerto, con su nombre grabado para siempre en el Parnaso de las Letras. Así pasó con Lope de Vega, que fue querido tanto en vida como luego en su dorada posteridad. También Cervantes pudo ver cómo el Quijote se convertía en un éxito de ventas, al tiempo que el resto de su obra (salvo su teatro, que quedó eclipsado por el Fénix) era apreciado por los mejores críticos de la época. Y sucede asimismo, con frecuencia, que un escritor fracasado continúe falto de lectores al cabo de su muerte.


Pero lejos de los azares y exigencias de la fama, apartados del desempeño profesional de la literatura, tenemos a esa otra clase de espléndidos escritores que completan sus páginas por el puro gusto de hacerlo; aquellos que escriben sin grandes pruritos, espoleados por la necesidad de transmitir ideas o vivencias. Los afortunados lectores que leen sus primicias suelen ser los mismos que, tiempo después, se encargan de conservar la obra para los siglos venideros. Santa Teresa de Jesús es el mejor ejemplo de esta categoría, y también el primitivo autor del Amadís o el anónimo ingenio que dio forma a Lázaro de Tormes. Ninguno de ellos soñaba con el éxito.


El alago del público puede crear en el escritor una adicción (harto dañina para los más jóvenes) que le obligue a corresponder a quienes lo agasajan. Viva entonces él ajeno a los honores y, si tiene que recibirlos, que sea ya con un pie en el estribo, como remate a una larga vida de esfuerzo y dificultades.

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