El presidente del gobierno ha llegado sin corbata a la última sesión de control en el Congreso. Al presidente se le ve más ajado que nunca, con los mofletes hundidos, el arco cigomático sobresaliente y la piel luciendo ese lustre de rana tropical que da repelús verlo. ¿Qué podrá preocupar al señor presidente? Él presume de honradez en la tribuna. Los jueces fachas tienen acorralado a su partido, a su gobierno, a su entorno; la oposición pone el grito en el cielo; la ultraderecha afila el dardo en la palabra, que diría Lázaro Carreter. Pero el presidente no da crédito a esta encerrona, y así, como si quisiera desahogarse, se ha personado en el hemiciclo con el cuello de la camisa abierto.
¿Habrá sido consciente de este gesto? Estoy seguro de que sí, de manera que no se trataría de una acción espontánea sino, más bien, de una estrategia ideada por alguno de sus setecientos consejeros. Un ardiz para que, en este preciso instante, estemos hablando de su cuello desabrochado y olvidemos el ajuar de Zapatero, la cátedra de su esposa, el despacho invisible de su hermano, la cárcel de sus secretarios generales, la cárcel de su vicepresidente, la trena de su gorila Koldo, las cloacas de Ferraz y todas las coacciones, todos los chantajes para apartar de su cometido a los agentes de la UCO.
Nuestra nación es rehén de una organización criminal que ha tomado la Moncloa. A la luz de esta terrible situación, por primera vez en la historia, un presidente del gobierno sube a la tribuna sin corbata. He aquí un signo del final de los tiempos; una señal apocalíptica; una fanfarria que anuncia la hora postrera del Régimen de 1978.
Pero no nos engañemos: Pedro Sánchez no es un nuevo desharrapado. Sus sueños revolucionarios no coinciden con la masa sudorosa de los «sans-culottes» trabajadores; a él lo que le gusta es la casaca de fina seda de Maximilien Robespierre. Entre las dos figuras existen diferencias y concordancias. Sánchez y Robespierre se asemejan en el fanatismo, en el carácter visionario que los va alejando de la realidad conforme ésta deja de ajustarse a sus deseos y aspiraciones. Comparten también un ramalazo intransigente y una tendencia a la autocracia totalmente incompatibles con la quincalla filantrópica (democrática, diríamos hoy) que van vendiendo a su audiencia. Y siempre, al caer esta máscara —antes o después—, ha de ocurrir que rueden su cabezas. Los dos proceden también de la burguesía revolucionaria, aunque el francés nació en el seno de familia de juristas, de quienes heredó un oficio que supo desempeñar con altura y brillantez; mientras que el español viene del hampa de los prostíbulos, donde aprendió el rudo arte del chantaje, la estafa y la extorsión.
Al quitarse la corbata, Pedro Sánchez ha acentuado ese aspecto de hombre acorralado que el pueblo viene observando desde hace tiempo; ha evidenciado su derrota de cazador cazado, sin saber cómo sacudirse de encima a su propia víctima que, convertida en depredador, se abalanza sobre él con ansias de justicia. Y ante todo ha traicionado a su modelo. Porque el ciudadano Robespierre nunca hubiera consentido faltar al decoro. El Incorruptible depositó su cuello en el orificio de la guillotina sin renunciar a su peluca empolvada ni, mucho menos aún, a su corbata de fino encaje. Y parece como si, en este tramo final de su peliplo político, nuestro presidente estuviera perdiendo la compostura hasta el extremo de prescindir de ese trozo de tela que distingue a los caballeros de los villanos.
El presidente del gobierno está sufriendo lo que un mártir de Barrabás, y esto se nota en el lustre de la piel y en la traza de querer despojarse del apéndice de seda, el único elemento del traje masculino que no sirve para nada, si no es para adornar nuestra pechera y añadir una nota de color a la sobriedad del paño. Y ahora pienso yo, para ir dando fin a este monólogo, en lo que hubiera pasado si el Duque de Lerma se presentara un día a despachar con su planetaria Majestad, olvidando en el gabinete su cuello de lechuguilla. Un valido con el jubón abierto —por muy Grande de España que fuera— habría dado con sus huesos en galeras. Entonces eran otros tiempos.