La escisión que las autoridades romanas van a protagonizar el próximo 1 de julio, arrastrando a la llamada Iglesia Sinodal hasta el abismo de las tinieblas exteriores, tiene un convidado de piedra, un actor aposentado en palco preferente, que disfruta de la tragedia sin participar en ella, con aire de altivo cortesano y rictus desdeñoso. Me refiero a los institutos tradicionales que antaño fueron agrupados en la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, un corralito creado por Juan Pablo II para controlar a los sacerdotes, seminaristas y comunidades religiosas que, antes de las consagraciones de 1988, se encontraban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por Monseñor Lefebvre. La Comisión fue disuelta por Francisco en 2019, y los susodichos pasaron a depender del Dicasterio para la Defensa de la Fe. Cuando se hizo público el motu Traditionis Custodes en el año 2021, restringiendo con dureza y severidad la práctica del Vetus Ordo y abrogando el otro motu de Benedicto XVI, Summorum Pontificum, que había liberado el rito romano tradicional, estos grupos se inquietaron un tanto, pero cosa de poco. Ellos forman una disidencia perfectamente controlada, que se sirve de la esperanza en Dios para sedar y paralizar al católico perplejo que abre sus ojos a la crisis y se revuelve en su escaño. Sobre su cabeza, empero, cuelga una espada de Damocles que, tarde o temprano, caerá sobre su cerviz. Ellos semejan no darse cuenta, y se contentan con el disfrute de su áulico privilegio —la celebración de los ritos tradicionales—, al tiempo que cumplen la función para la cual fueron admitidos en la «plena comunión»: servir de obstáculo a una reacción contra los enemigos de la Iglesia que, instalados en lo más alto, tratan de demoler la doctrina católica.
Cuando uno visita un templo regido por clérigos de estos institutos, experimenta la ilusión de un viaje en el tiempo. Todo es aquí como en la época anterior al Vaticano II. El altar mayor se encuentra unido a algún portentoso retablo, y no falta en él ninguno de los elementos indispensables: gradas, sagrario con su velo, la cruz en el medio, las seis candelas, las tres sacras y un rico antipendio de costoso damasco para las solemnidades. Allí tiene lugar una liturgia tan perfecta como aquella que desempeñan los ángeles del cielo para dar gloria a Dios delante de su trono. Y si algún despistado pide la comunión en la mano, se la niegan con severa cortesía. Desde el ambón se predica la ortodoxia, y el fiel agradece ese remanso de doctrina segura, esas aguas tranquilas donde olvidar las lejanas tempestades que zarandean la nave de la Iglesia. Porque tal realidad no existe en el interior de esta bahía. La borrasca que ha provocado eso que llamamos «estado de necesidad» es nada más que una desviación ocasional —explican ellos—, una mala lectura del Concilio que el paso del tiempo irá corrigiendo.
Después, cuando uno se acerca a conversar con alguno de estos sacerdotes, los de la otrora Ecclesia Dei, descubre ante sí a un reverendo de alto copete. Sotana de buen paño, fajín con tafetán de delicado moaré, zapatos de piel brillante, gruesa dulleta en los inviernos, esclavina en el estío para ocultar la sudoracion del ala y bonete con que cubrir la testa en las mejores ocasiones. El preste reza su breviario y conoce de memoria muchos artículos de la Suma Teológica. Las próximas consagraciones del 1 de julio, sin embargo, lo entristecen sobremanera, y teme que una situación más evidente de apostasía por parte de las autoridades romanas ponga en peligro sus privilegios y haga tambalear su «plena comunión». No conviene separar el trigo de la cizaña, la Fraternidad de San Pío X debería retornar a la postura sumisa y conciliadora adoptada desde tiempos de Benedicto XVI, cuando se suprimeron las excomuniones. Y si uno le insiste en la necesidad de clarificar el combate contra la secta vaticanosegundista, entonces el clérigo desata su santa ira y carga contra el fiel y contra la obra del obispo Lefebvre (de la cual procede), acusándolos a todos de desobedientes, rebeldes, locos, iluminados y, finalmente, de cismáticos insensatos.
Los institutos y comunidades religiosas de la antigua Ecclesia Dei enmudecen ante las tropelías que socavan los cimientos de la Iglesia Católica. Su silencio ha sido comprado por los últimos ocupantes de la sede petrina, de la peor manera posible: usando la liturgia, el venerable rito romano tradicional, como moneda de cambio.