Sofonisba

Como en verano tiene el profesor todo su tiempo para él, se acerca al Museo del Prado siempre que quiere. Allí disfruta de visitas selectivas, dedicando la mañana a contemplar un solo cuadro de tal autor o buscando nada más que cierto detalle —el pliegue de una saya, una cabeza aureolada— de aqueste otro. Hoy ha venido a comprobar una dudosa atribución: el retrato de Felipe II, obra de Alonso Sánchez Coello. Superado el tedioso trámite de entrada, se planta frente al cuadro, pasa un largo rato de pie, sin apenas moverse; de pronto se aleja, lo mira en la distancia, retorna a la posición inicial, se inclina y pega su nariz muy cerca de la capa pictórica. El vigilante de turno, alertado, se levanta de su butaca y lo observa con cierta inquietud, tocándose el pinganillo. La sala está tranquila hasta que irrumpe en ella un grupo de turistas. El profesor se ve rodeado de veinte personas que quieren lo mismo que él, pero no cede su puesto. Por fortuna, la charla del cicerone se hace por medio de un auricular. Es una mujer joven la que va narrando el catálogo, y lo hace en voz baja, casi murmurando. Como se encuentra a su lado, al profesor no le queda otro remedio que escuchar la perorata, que ya le ha sacado, definitivamente, de sus propios pensamientos. Entonces la mujer aborda la cuestión de la autoría, y mete el dedo en la llaga:

—El cuadro fue atribuido primero a Pantoja de la Cruz y después a Sánchez Coello. Ahora sabemos, por fin, que su verdadera autora fue Sofonisba de Angissola.

—Disculpe usted, señorita —dice entonces el viejo profesor—, pero esa atribución no está demostrada.

—¿Y cómo sabe usted eso?

—Lo sé porque he seguido la pista de esta obra desde que era niño, y a mí nadie me engaña.

—Pues está usted equivocado. Este retrato fue pintado por una mujer.

—Váyase a otro con ese cuento.

—¡Seguridad, seguridad! ¡Esta persona nos está molestando!

Y el pobre profesor se ve obligado a abandonar la sala, bajo amenaza de salir detenido por la guardia marlaskona. ¡Oh tiempos, oh costumbres, oh triste España, qué poco queda en ti de tu gloria pasada!

Sofonisba de Anguissola perteneció a la baja nobleza lombarda y vino a la corte madrileña, por capricho del duque de Alba, para servir a Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II. Sofonisba fue una pintora aficionada, incapaz de abordar los grandes géneros en los que se probaba la pericia de un artífice (historia, religión o mitología). Sofonisba nunca regentó un taller profesional, pues los comitentes habituales se hubieran negado a negociar y poner en riesgo sus ducados con una frágil mujer. Eran cosas de la época. Sofonisba de Anguissola, por avatares de la historia, ha devenido en el fetiche de la todopoderosa crítica feminista que, desde hace cuarenta años, ostenta el monopolio de museos, centros de arte, prensa y editoriales. Había que fabricar una figura coetánea que pudiera arrebatar a Teresa de Jesús el rango de mujer culta y luchadora, con los santos ovarios de enfrentarse a los tiránicos poderes varoniles; y ese icono alternativo, humanístico y pagano, adoptó la forma de Sofonisba de Anguissola.

¿Por qué razón el retrato de Felipe II fechado en 1573 —la efigie más famosa de nuestro Rey Prudente— fue realizado por Sánchez Coello y no por la azafata de la reina Isabel? La razón es lógica y sencilla; ya que la Imago Regis, esto es, la imagen oficial del monarca, no podía ser confiada a cualquiera. Toda operación de ornato o propaganda estaba en manos del pintor de cámara. Él poseía, digamos, la exclusividad. La tuvo Tiziano con el Emperador, y después Coello con Felipe II, relevado, tras su muerte, por su discípulo Pantoja de la Cruz. Ni siquiera el Greco pudo acceder a la presencia del monarca para retratarlo. Pensemos también que la efigie real estaba destinada a la veneración pública. Su índole era cuasi sacramental. Contenía parte de la esencia inmutable, de origen eterno, de aquel que se sentaba en el trono. El retrato precedía a la aparición del Rey ante la corte, y los súbditos habían de descubrirse frente a la imagen. Su confección, por tanto, no podía encomendarse a una dama de la reina. Se trataba de una trascendental cuestión de Estado.

El catálogo de Sofonisba ha sido inflado con otras falsas atribuciones, como La dama del armiño, o el Pompeo Leoni del Greco. Pero al viejo profesor nadie lo engaña. Ya es hora de vestir, nuevamente, al Rey desnudo.