El pasado miércoles 1 de julio, una tormenta repentina cubrió de tinieblas el Valle del Ródano, en los Alpes suizos, a las doce del mediodía. Las negras nubes venían cargadas de rayos y truenos, de agua y vientos turbulentos, y todo este conglomerado atmosférico vino a desplomarse en la pequeña aldea de Écône, allí donde se levanta el seminario fundado por Monseñor Lefebvre.
Este hecho no tendría nada de particular si no fuera porque, en ese preciso momento, se estaba celebrando una Misa pontifical. Más de quince mil personas abarrotaban la pradera, y una gran carpa cobijaba un precioso altar, en torno al cual se concentraban cientos de sacerdotes, monjas y religiosos. Celebraba Monseñor Galarreta y asistía Fellay, los dos obispos consagrados en 1988 que todavía siguen en la tierra. Todo esto tampoco tendría nada de particular, pero no hace falta explicar lo que estaba ocurriendo allí. Ante la avanzada edad de Galarreta y de Fellay, la Fraternidad de San Pío X necesitaba un relevo. Sin mandato pontificio, cuatro nuevos obispos estaban siendo consagrados en esa mañana del mes de julio.
Avanzaba la Misa y un espantoso trueno obturó los oídos de los asistentes, cuando el coro entonaba las primeras notas del Sanctus. Su correspondiente rayo extendió un fogonazo de luz cegadora, tan blanca como ningún detergente del mercado podría conseguir. Antes de la comunión, la nube descargó su tromba de agua, mientras la ventisca interfería en los equipos de sonido y el toldo de la carpa amenazaba con rasgarse. Fieles, sacerdotes y religiosos comenzaron entonces a cantar el rosario de la Virgen María, y al cabo de diez minutos la nube se retiró, retornó la luz del sol y un brillante zafiro esmaltó la cúpula celeste de tan bello paisaje alpino.
En los últimos días, he asistido a todo tipo de interpretaciones de esta teofanía. Voy a reducirlas a tres. Están, en primer lugar, los letrados materialistas que tienen vedada a la divina Providencia su manifestación a través del mundo físico. «¡Cómo va Dios a querer decirnos algo manejando una tormenta, hombre!». Estos enteradillos suelen prolongar su opinión a los relatos evangélicos, entendiendo los milagros de Jesús como preciosas figuras literarias y la resurrección final como una suerte de diacrónica alucinación colectiva. Son los mismos que dicen que Satanás es un símbolo y la sagrada Eucaristía, un mero signo.
Entre quienes nos atrevemos a dar sentido a esta clase de sucesos —vamos a decir, los cristianos «visionarios», en el mejor sentido de la palabra—, surgieron en seguida los heraldos de la Iglesia Sinodal, para declarar que aquella nube supuso un castigo de la misma especie que el diluvio del tiempo de Noé. «Lea usted el capítulo siete del Génisis, hombre, y entérese de lo que pasa cuando Dios desata las fuentes del abismo y decide abrir las compuertas del cielo». Pero yo no vi que hicieran falta arcas ni galeras ni balandros para salvar del diluvio universal a las gentes que llenaban la pradera de Écône. Me parece que esta exégesis adolece de inexactitud. Dios puede hablar a través de cuarenta días y cuarenta noches de lluvia persistente; puede hacerlo por medio de una tormenta ocasional o de una brisa suave y traviesa, como esa de ayer mismo, en el acantilado de Lampedusa, que sustrajo de la coronilla de Prevost el blanco solideo. Sirviéndose de estos elementos naturales, la voz del Señor sabe ser exacta y precisa. Un católico que reza, que se esfuerza cada día por desentrañar la voluntad de Dios, ha de tener despierto el ojo del espíritu para captar al vuelo tales acontecimientos. Hay momentos en la historia —y estamos viviendo uno de ellos— en que Dios decide manifestarse para darnos un aviso y llamar la atención sobre la gravedad y trascendencia de los hechos.
¿Acaso hemos olvidado ya lo que sucedió en Roma el 11 de febrero de 2013? Benedicto XVI acababa de renunciar a su pontificado, y esa noche un rayo quedó impreso en el cielo, prendido de la aguja de la basílica de San Pedro. Lo que vino después justificó tamaña desmesura, ese gesto tremendo y proverbial con el que, claramente, Dios nos quería decir algo. Y ahora que cada uno saque sus propias conlusiones.
Creo que la tormenta de Écône también significa una advertencia acerca del cisma ya consumado. El modernismo es la suma de todas las herejías, y sus esbirros tenían que abandonar la barca de la Iglesia. Muchos no se dan cuenta, pero al fin ha sucedido.