El fin del bucolismo

La sierra oeste de Madrid ha sufrido, en los días pasados, un incendio colosal. Los madrileños hemos vivido cinco jornadas de pesadilla, inmersos en el paisaje de El triunfo de la muerte, la famosa tabla pintada por Bruegel el Viejo que se conserva en el Museo del Prado. Una vez sofocadas las llamas, atravesamos ahora una desolación difícil de expresar; nos asomamos a un panorama de campo yermo y arrasado, en el que creemos descubrir las terribles escenas imaginadas por el pintor flamenco. ¿Merecemos los españoles esta danza de la muerte? ¿Merecemos el azote de estos políticos incompetentes, cuyo desgobierno y corruptelas arruinan la nación desde hace décadas? ¿Por qué se repite cada verano la misma catástrofe?

No existe una única causa que lo explique. El presidente juega con el comodín del cambio climático y anuncia, campanudo, el «pacto por la emergencia climática». Huecos discursos que no van a aportar ninguna solución. Mientras tanto, las distintas administraciones se culpan mutuamente. Los expertos, por su parte, intentan objetivar el problema con algo más de seriedad, y aluden al abandono de una masa arbórea vulnerable, cuyo encendido ha de ocurrir, por accidente o por alguna mala acción, antes o después. Se habla también de un modelo de ocupación del territorio muy distinto del que teníamos hace un siglo. La campiña española ha sufrido un cambio radical que no ha reparado, de Somosierra para abajo, en las condiciones de calor y sequedad extremos que caracterizan nuestro clima en el estío.

El bosque mediterráneo, en suma, tan distinto de los fabulosos bosques del norte de Europa, ha de ser fiel a su tipología de masa abierta, en forma de dehesa, alternada con claros naturales, zonas de pastizal, cultivos y vías pecuarias (las antiguas cañadas). Los entendidos —ingenieros de monte, geógrafos y geólogos son las voces autorizadas para tratar esta cuestión— han señalado también un factor determinante para la conservación del campo, que las políticas verdes vienen impidiendo en los últimos años: el pastoreo. Una actividad sometida a tan alto grado de control y burocracia que, de manera indefectible, comienza a desaparecer.

Pues bien: he aquí un elemento que deviene, a mi entender, en clave interpretativa de todo lo que está ocurriendo. Una referencia moral se nos ha quitado de la vista sin darnos cuenta. La figura del pastor ha desaparecido de los alcores castellanos; tampoco lo vemos ya por los cerros levantinos, ni por los oquedales malagueños, ni por los sotos o recuestas asturianos.

El pastor conduciendo su rebaño fue un icono omnipresente en el paisaje carpetovetónico hasta hace bien poco. Tan importante fue, que alumbró un género literario de gran popularidad durante el Siglo de Oro: la novela pastoril y las églogas garcilasianas. El bucolismo supuso algo más que una moda italianizante, de una artificiosidad tan ajena a nosotros, contemporáneos del metaverso. El bucolismo consiguió dar forma a un mito, el del Pastor, de raigambre platónica, que nos presenta al hombre enamorado, el zagal que se aleja de la vida fingida y engañosa de las ciudades para dedicarse, en estático ensimismamiento, al más puro y desinteresado amor. Suspiran así Elicio y Erastro por la hermosa Galatea (Cervantes pasó toda la vida prometiendo la segunda parte de su primera novela); pero también las Selvagias lamentan el olvido de sus Alanios (La Diana de Jorge de Montemayor fue la más imitada de todas las pastorelas). Junto a estos rasgos ideales del pastor lírico, en nuestra literatura abunda también la figura del rústico cabrero, de trazo más realista y aire cómico, que suele habitar entremeses y sainetes con una gracia sin igual. Y por último, una tercera dimensión del símbolo es aquella de raigambre evangélica, a la que Fray Luis de León dedicó palabras inmortales en Los nombres de Cristo: «Porque si es el oficio del pastor gobernar apacentando, sólo Cristo es pastor verdadero, porque Él solo es, entre todos cuantos gobernaron jamás, el que pudo usar y el que usa de este género de gobierno».

El fuego destruye nuestros bosques devorando el pasto que se hurta a los rebaños. El pastor, como símbolo del amor más puro, ha desaparecido del paisaje. Y nuestros gobernantes, a diferencia del Divino Pastor, conducen nuestras vidas como lobos encubiertos, sin apacentarnos en las praderas del bien, de la verdad, de la belleza. Y así, los españoles vamos, poco a poco, extinguiéndonos del mapa.